Intención para la evangelización ‐

Intenciones de oración de septiembre: Oremos por una gestión justa y sostenible del agua, recurso vital, para que todos tengan acceso equitativo a ella.

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre"

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre" Mt 7, 7-8. No sé qué quería, pero había algo en mí que me movía a buscar, tal vez que las cosas tengan sentido, y te encontré. Me cuestionaba sobre la vida y me diste tu sabiduría para que pueda encontrar alegría y paz. Ante mis miedos y dudas, te pido que me acompañes en mi peregrinar y me das tu Espíritu Santo, el mismo que te acompaño a vos, hoy me acompaña a mí, me asiste y guía. Hoy sigo buscando más de tu Palabra, de la Verdad y el camino, con la confianza puesta en vos, Dios mío, sé que estás presente en mi vida. Ven Señor Jesús, te necesito.

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16: La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de inquietudes. La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y le sale al encuentro en todos sus pensamientos.

viernes, 4 de abril de 2014

Quinto Domingo de Cuaresma (Ciclo A)



«Yo soy la Resurrección y la Vida… y todo el que vive y cree en mí,
no morirá jamás.”
Lecturas del 6-04-14

Quinto Domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 12-14
Así habla el Señor: Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor.
Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré -oráculo del Señor-. Palabra de Dios.
 Salmo 129
R. En el Señor se encuentra la misericordia  y la redención en abundancia.
Desde lo más profundo te invoco, Señor. ¡Señor, oye mi voz!  Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria.  R.
Si tienes en cuenta las culpas, Señor,                
 ¿quién podrá subsistir? Pero en ti se encuentra el perdón, para que seas temido.  R.
Mi alma espera en el Señor,  y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor, Como el centinela espera la aurora,  espere Israel al Señor R.
Porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia: él redimirá a Israel de todos sus pecados.  R.

San Pablo a los cristianos de Roma 8, 8-11
Hermanos: Los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes.          
El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo. Pero si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes. Palabra de Dios.

Santo Evangelio según san Juan 11, 1-45
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo.»  Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»       
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.»
Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?» Jesús les respondió: « ¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.»              
Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.        
Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.»        
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.         
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»          
Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»             
Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»     
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama.» Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»               
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: « ¿Dónde lo pusieron?»
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»         
Y Jesús lloró.  Los judíos dijeron: « ¡Cómo lo amaba!»  Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.»  
Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»  Jesús le dijo: « ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: « ¡Lázaro, ven afuera!» El muerto salió con los pies y las manos atadas con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.» Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. 
Palabra del Señor.

Reflexión:

El relato de la resurrección de Lázaro es una gran catequesis sobre la vida y la fe en la resurrección. De todos los signos que hizo Jesús  es el más importante. Constituye el último de los siete elegidos por Juan para manifestar que Jesús es más fuerte que la muerte y que su vida termina dando vida.

En un ámbito dominado por la muerte de Jesús se presenta como la resurrección y la vida. En el proyecto creador de Dios las personas no están destinadas a la muerte, sino a la vida plena y definitiva.  Tal es el designio del Padre y la obra mesiánica de Jesús.  El grupo de Jesús es una comunidad de hermanos y amigos en la que rigen relaciones de afecto y amor; y que está dispuesta a afrontar el máximo riesgo para  ayudar a los que lo necesitan. La comunidad cristiana que aún ve en la muerte, la interrupción de la vida, no ha alcanzado la plenitud de la fe, por no haber comprendido la calidad de vida que Jesús comunica. El miedo a la hostilidad del mundo nace precisamente de esa falta de fe que teme morir.  Jesús no elimina la muerte física, pero para quien ha recibido de él la vida, la muerte física no es más que un sueño.

En la primera parte, el episodio de la resurrección de Lázaro quiere mostrar que la vida comunicada por Jesús a los suyos vence la muerte y, por lo tanto, lleva consigo la resurrección. Se desarrolla en una comunidad de discípulos que, habiendo recibido la vida definitiva, no perciben aún su calidad. Esta falta de visión está en paralelo con una falta de comprensión del mesianismo de Jesús, no se dan cuenta del poder salvador del Mesías por estar apegados en la mentalidad del AT.  Cada uno de los tres hermanos –Lázaro, María y Marta- es prototipo de la comunidad en diversos aspectos. La enfermedad de Lázaro se debe a su condición humana, que lleva consigo la muerte física, pero está rodeada por el miedo a la muerte misma; este miedo es la máxima esclavitud del hombre y la raíz de todas las esclavitudes de las que viene a liberarnos Jesús. Por eso la persona se llama Lázaro (=un enfermo) como síntesis  y caso límite de todos los que han aparecido en el Evangelio. En Lázaro se manifiesta la plenitud de la obra de Jesús en la humanidad enferma, mostrando hasta qué punto es poderosa la vida que Él comunica: ésta por ser definitiva, supera la muerte física y es así, ella misma, la resurrección.  Marta representa a la comunidad en trance de crecer en la fe.  María a la comunidad en estado de dolor.

“Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?” (1). Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que lo acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día Jesús recibe un recado: nuestro hermano Lázaro, “tu amigo”, está enfermo. Al poco tiempo, Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.       
Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él “se echa a llorar” junto a ellos. La gente comenta: “¡Cómo lo quería!“.
Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?      
El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos? 
Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y “seguir tirando”. Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo a nuestro final hemos de acercarnos de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?            
Ante el misterio último de nuestro destino no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida al que, en cierta ocasión, le escuché decir: “De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada”.      
Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la Bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y, sin verlo aún, le damos nuestra confianza.         
Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Sólo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?” .Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo veinte, cercano ya a su final, ha dicho que para él morirse es “descansar en el misterio de la misericordia de Dios”. (1) J.A. Pagola

En La segunda parte vemos la reacción de las autoridades (fariseos, sacerdotes, el Sanedrín) que condenan a muerte a Jesús, el dador de vida.  El conflicto, comenzando abiertamente al juicio del Evangelio llega aquí a su cenit. La actividad de Jesús es insoportable para la institución, que ve en Él un peligro y una amenaza a sus intereses.

Se delimitan así los campos y se dibuja el dilema que se presenta ante el pueblo: Jesús ha terminado su actividad como dador de vida, las autoridades, al condenarlo, manifiestan claramente su verdadera condición de agentes de muerte.  El Mesías y la institución son incompatibles. El pueblo deberá optar ahora entre uno y otra. La “hora” del Mesías, que va a comenzar, será la de la decisión.

Encontramos un Jesús humano y divino a la vez.  Por una parte: su conocimiento sobrehumano (conoce la muerte de Lázaro) su autoconciencia mesiánica (“Yo soy la resurrección y la vida”), su obrar milagroso; ese dejarse llamar “Señor”, “Mesías”, “Hijo de Dios”.
Por otra parte: sus relaciones humanas, sus amistades, sus emociones profundas, su llorar, su oración, su voz potente… El Jesús así presentado, el revelador tan humano, se encuentra en el centro de la historia con su autoafirmación: “Yo soy la resurrección y la vida”.

Nuestra vida amenazada por las guerras, el terrorismo, la violencia, la explotación, la injusticia… frente a esta cultura de la muerte es urgente que los cristianos, los creyentes  en la vida, luchemos y trabajemos por una cultura de la vida y la dignidad del hombre. Una cultura de vida marcada sobre todo en el respeto, en la tolerancia, la solidaridad y el amor fraterno.

Creer en Dios es creer en la vida.  La fe en la resurrección es fe en la vida, en la esperanza que transforma el mundo con el Evangelio de la vida.

Un Mundo mejor es posible:
Francisco

“A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual”

La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. “Si los bienes materiales y el dinero se convierten en el centro de la vida, nos atrapan y nos esclavizan”

En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente.

Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza!
Extracto del mensaje del Papa Francisco
para la Cuaresma 2014

Aclaración: Se han utilizado para la preparación de la presente: El libro del Pueblo de Dios. CELAM/CEBIPAL.
P Daniel Silva 2011.


Cuadro de texto: Círculo Bíblico San José
Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Domínico.
http://miencuentroconjesus1.blogspot.com

Si  querés recibir la hojita por e-mail pedila:
 miencuentroconjesus@yahoo.com.ar

 


viernes, 28 de marzo de 2014

Cuarto Domingo de Cuaresma



Lecturas del 30-03-14
Cuarto Domingo de Cuaresma (Ciclo A)
“El ciego fue, se lavó y, al regresar,  veía”
Primer libro de Samuel 16, 1b. 5b-7. 10-13a
El Señor dijo a Samuel: «¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos al que quiero como rey.» Purifíquense y vengan con migo al sacrificio. Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab y pensó: «Seguro que el Señor tiene ante él a su ungido.»
Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón.» Así Jesé hizo pasar ante Samuel a siete de sus hijos, pero Samuel dijo a Jesé: «El Señor no ha elegido a ninguno de estos.»      Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿Están aquí todos los muchachos?» El respondió: «Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño.» Samuel dijo a Jesé: «Manda a buscarlos, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí.» Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo, porque es este.» Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David. Palabra de Dios.
Salmo 22
R. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.
El Señor es mi pastor,  nada me puede faltar.   
El me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas.  R.
Me guía por el recto sendero,  por amor de su Nombre. Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza.  R. 
Tú preparas ante mí una mesa,  frente a mis enemigos; unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa. R
Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor, por muy largo tiempo.  R.
Carta de Pablo a los cristianos de Éfeso 5, 8-14
Hermanos: Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia. Es verdad que resulta vergonzoso aun mencionar las cosas que esa gente hace ocultamente. Pero cuando se las pone de manifiesto, aparecen iluminadas por la luz, porque todo lo que se pone de manifiesto es luz. Por eso se dice: Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará.  Palabra de Dios.
  
Evangelio según san Juan 9, 1-41
Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?»  «Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.»               
El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.
Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?» Unos opinaban: «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»               
El decía: «Soy realmente yo.»  Ellos le dijeron: « ¿Cómo se te han abierto los ojos?» El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: "Ve a lavarte a Siloé". Yo fui, me lavé y vi.» Ellos le preguntaron: «¿Dónde está?»  El respondió: «No lo sé.» El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»
Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?»  Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» El hombre respondió: «Es un profeta.»                     
Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»   
Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.» Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.» Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.»  Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?»         
El les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»                
Ellos lo injuriaron y le dijeron: « ¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.» El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»
Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: « ¿Crees en el Hijo del hombre?» El respondió: « ¿Quién es, Señor, para que crea en él?»  Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»  Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él. 
Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven.» Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?»            
Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: "Vemos", su pecado permanece.»  Palabra del Señor
Reflexión:
Soy luz del mundo. El encuentro de Jesús con un ciego (de nacimiento)-mendigo nos permite vivir en forma progresiva un itinerario de “iluminación”.
Jesús es luz que orienta el sentido de la vida de todo hombre en la dirección del proyecto de Dios: “Yo soy la luz del mundo, el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8,12).
Hoy notamos cómo desde el principio del relato, Jesús dice: “Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”. Esta “luz” vino al mundo y permanece en el mundo. Está en el mundo pero no es evidente, como predicaba el Bautista: “En medio de vosotros está uno a quien no conocéis” (Mt 1,26). La “luz” se ha hecho presente de manera escondida en la encarnación de Jesús, por tanto hay que descubrirla.
¿Por qué se le da tanta importancia a la luz? En el pensamiento bíblico, lo primero en ser creado es la “luz” (Génesis 1,3) y está estrechamente relacionada con la “vida” (una reflexión del pueblo en la Biblia: lo mismo que pasa cuando no hay “agua”, pasa cuando no hay “luz”, no hay vida). Por eso la “luz” aparece en la Escritura como símbolo de salvación (“El Señor es mi luz y mi salvación”, Salmo 27,1). Más aún, se afirma que Dios es luz (“Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna”, 1Juan 1,5). Solamente quien se deja iluminar está en comunión con Jesús y viceversa. La iluminación se da en la medida en que se “escucha” a Jesús y se le sigue.
Jesús va al encuentro del ciego y lo sana. La primera palabra que aparece en el texto es el verbo “ver”: Jesús “vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento”.  Jesús “vio” al ciego de nacimiento y los discípulos también, pero lo curioso es que Jesús y los discípulos no vieron lo mismo:
• Los discípulos vieron a un ciego, y por detrás del ciego vieron el “pecado” (-enfermedad).         
• Jesús vio un ciego, pero no vio en esa ceguera un castigo de Dios; más bien, vio que “era preciso” aquel ciego para que Dios se manifestase en Él.
Aquí los discípulos establecen una relación entre enfermedad y castigo con el pecado, no resulta extraño, así se pensaba en tiempos de Jesús. Pero Jesús tiene otro punto de vista:            
• Rechaza este tipo de explicación: “ni él pecó ni sus padres”.         
• Plantea, el sentido de lo que va hacer: “es para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Jesús anuncia que por medio de su “obra” se verá con claridad que Él mismo es la luz del mundo que saca a todo hombre de las tinieblas del pecado.
El sanado se encuentra con sus familiares y conocidos. El ciego, ahora vidente, se encuentra con su círculo de vecinos aquellos con los que sostiene relaciones habituales y estrechas y se sorprenden: ¡Ya no es un mendigo! Su situación de desgracia ahora es cosa del pasado, pero ¿se trata de la misma persona o no?  Ante esta duda sobre su verdadera identidad, el mismo sanado toma la palabra para confirmar: “soy yo”. Entonces cuenta lo que Jesús le  “hizo”.
El sanado es llevado donde los fariseos. El “que antes era ciego” es conducido a los fariseos. De repente el evangelista nos recuerda que hay algo que no está bien: “era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos”. 
La primera conclusión a la que llegan es que –puesto que no cumple estrictamente la ley del sábado- Jesús sería un “pecador”, es decir, que lo suyo no viene de la comunión con Dios. Pero surgen otras opiniones: “¿Cómo puede un pecador realizar semejantes signos?”. De nuevo es el sanado quien reflexiona sobre el valor del signo realizado en él.  Se le pregunta: “¿Tú qué dices de él, “Es un profeta”.  Quiere decir, en otras palabras, que la obra realizada por Jesús sí es la de un enviado de Dios.
Las autoridades judías entrevistan a los padres del sanado. Esta nueva escena –dejando de lado por algunos instantes al hombre sanado- se concentra en la entrevista, con carácter oficial, que las autoridades judías les hacen a los progenitores del sanado.  En el ambiente se ha sembrado una duda sobre la veracidad del hecho (La palabra del sanado ya no es suficiente, hay que tomar otros testimonios.
Jesús va al encuentro del sanado por segunda vez. Vamos llegando a la cumbre del relato. Recordemos que cuando el ciego volvió de la piscina de Siloé, donde recuperó la vista, ya no encontró a Jesús. Sin embargo, durante los episodios anteriores hemos visto cómo la persona de Jesús siempre ha estado en su mente y cómo, por todos los interrogatorios a que ha sido sometido -interrogatorios que lo han presionado para que tome una posición definida ante la identidad de Jesús-, el rostro de Jesús se le ha ido volviendo más claro y luminoso. 
Justamente por declarar abiertamente quién es Jesús, la situación se pone peligrosa para el ciego de nacimiento y este pobre hombre es expulsado de su comunidad. El hecho es que las autoridades cierran conscientemente los ojos ante la evidencia del signo, ante la luz.
(1) Encontrar… El ciego-mendigo de nacimiento queda desvalido, sin el apoyo de su comunidad de fe. Jesús entonces, por segunda vez, entra en acción: sale a su encuentro: “encontrándolo”. El que era ciego aunque no lo “ve” físicamente ha aprendido del “ver” de la fe: sabe bien quién es Jesús.
(2) Reconocer… Pero falta un paso. Para darlo, Jesús lo ayuda con una palabra revocatoria, haciéndolo capaz de ver más a fondo.
Jesús se le revela como el “Hijo del hombre”. No lo afirma de una vez, lo lleva a descubrirlo mediante la didáctica de la pregunta: “¿Tú crees en el Hijo del hombre?”, este título es profundo: Jesús se le está revelando como el Hijo de Dios encarnado, como aquel que no ha venido a la tierra en el esplendor de la gloria (ver Daniel 7,13) sino en la humana sencillez y como aquel que está a punto de ser exaltado en la Cruz (ver Juan 3,14; 6,35; 12,23.34).
Quizás este Jesús que ahora tiene al frente –con el cual está hablando - no sea físicamente como se lo había imaginado, sin embargo a estas alturas del proceso de fe ya está bien formado para acogerlo porque sabe de su identidad más profunda.
Ahora se resuelve el suspenso para el ciego-mendigo que fue sanado: “Le has visto, el que está hablando contigo, ese es”.
(3) Adorar. El sanado afirma que cree en Jesús –sellando así su reconocimiento-  y se postra ante él, un gesto de respeto y entrega con el cual admite estar ante divinidad.
Esta postración en el suelo, a los pies de Jesús, es el momento culminante de este encuentro salvífico. La fe se expresa exteriormente y el conocimiento se vuelve adoración prolongada.
En todo este arco de la historia narrada, mediante la curación y en el saber conducirlo a la fe, Jesús ha sido para este hombre –que es nuestro modelo- luz y cada vez más luz.  El ciego recobró la vista inmediatamente, pero la luz de la fe fue gradual: “no se”; “es un profeta”, “viene de Dios”; “Creo, Señor”.
De esta manera el ciego de nacimiento no sólo abrió los ojos, sino que también descubrió una ruta definida para su existencia: la persona de Jesús de Nazaret, el Verbo Encarnado que su amor “hasta el fin” lo conduce hasta el Padre.
En fin, siendo la luz del mundo, Jesús le concedió el don de la vista al ciego de nacimiento acompañado del don de la luz (iluminación) en orden a la contemplación de la realidad divina (sugerimos ver también Hebreos 6,4-5, ¡un texto bautismal!).
Oremos con el Evangelio…
El proceso del ciego de nacimiento: es una progresiva iluminación que fue recibiendo en lo relativo a la fe: pasó de ser un hombre común a ser un creyente, y en este sentido el signo que hizo Jesús con él de abrirle los ojos, no es más que la exteriorización de un proceso mucho más hondo que se dio en el interior del hombre.
Habiendo llegado a este punto, la lección de Jesús nos da luz y nos mira cara a cara y nos interpela: “¿En qué situación estás hoy?”, “¿Te sentís llamado a vivir un encuentro conmigo como lo hizo el ciego de nacimiento?”, “¿Tú crees en el Hijo del hombre?”
Jesús ha venido de parte de Dios, al encuentro del hombre, para llevarlo a la comunión con él. Ese es el sentido de su “trabajar en las obras de Dios”.
Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de verdad: concédeme llegar al conocimiento de la verdad en toda su plenitud.
Ven a mí, Espíritu Santo, agua viva que lanza a la vida eterna: concédeme la gracia de llegar a contemplar el rostro del Padre en la vida y en la alegría sin fin.
Amén
Un Mundo mejor es posible:
Francisco
Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se "vació", para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15).
“El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre”.
El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, Cristo lo ha derramado en nuestro corazón, para hacernos hijos de Dios y para que nuestra vida sea guiada, animada y alimentada por él. Esto es precisamente lo que entendemos al decir que el cristiano es un hombre espiritual: una persona que piensa y actúa siguiendo la inspiración del Espíritu Santo.
“Si los bienes materiales y el dinero se convierten en el centro de la vida, nos atrapan y nos esclavizan”
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de la presente: El libro del Pueblo de Dios. CELAM/CEBIPAL.
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viernes, 21 de marzo de 2014

Tercer Domingo de Cuaresma (Ciclo A)




" El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”
Lecturas del 23-03-14

Tercer Domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Lectura del libro del Éxodo 17, 1-7
Toda la comunidad de los israelitas partió del desierto de Sin y siguió avanzando por etapas, conforme a la orden del Señor.
Cuando acamparon en Refidím, el pueblo no tenía agua para beber. Entonces acusaron a Moisés y le dijeron: “Danos agua para que podamos beber”. Moisés les respondió: “¿Por qué me acusan? ¿Por qué provocan al Señor?”.
Pero el pueblo, torturado por la sed, protestó contra Moisés diciendo: «¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado?»               
Moisés pidió auxilio al Señor, diciendo: «¿Cómo tengo que comportarme con este pueblo, si falta poco para que me maten a pedradas?»           
 El Señor respondió a Moisés: «Pasa delante del pueblo, acompañado de algunos ancianos de Israel, y lleva en tu mano el bastón con que golpeaste las aguas del Nilo. Ve, porque yo estaré delante de ti, allá sobre la roca, en Horeb.
Tú golpearás la roca, y de ella brotará agua para que beba el pueblo.»           Así lo hizo Moisés, a la vista de los ancianos de Israel.     
Aquel lugar recibió el nombre de Masá -que significa «Provocación»- y de Meribá -que significa «Querella»- a causa de la acusación de los israelitas, y porque ellos provocaron al Señor, diciendo: « ¿El Señor está realmente entre nosotros, o no?»  Palabra de Dios. 
 

Salmo 94
R. Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
 «No endurezcan su corazón.»
¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva! ¡Lleguemos hasta él dándole gracias,  aclamemos con música al Señor!  R.
¡Entren, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!  Porque él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que él apacienta,  las ovejas conducidas por su mano.  R.
Ojalá hoy escuchen la voz del Señor: «No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto, cuando sus padres me tentaron y provocaron,  aunque habían visto mis obras.»  R.

Carta de Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8      Hermanos: Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores.           
Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Palabra de Dios.

Evangelio  san  Juan 4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42
Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.             
Una mujer de Samaria fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.» Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: « ¡cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva.»   
«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?»       
Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna.»      
 «Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla.» «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar.»
Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.»           
La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo.» Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo.»
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él. Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo.»
Palabra del Señor.

Ven a mí, Espíritu Santo, agua viva que lanza a la vida eterna: concédeme la gracia de llegar a contemplar el rostro del Padre en la vida y en la alegría sin fin.
Amén
Reflexión:

Descubriendo a Jesús. El evangelio de este domingo nos retrata el camino pedagógico de un encuentro con Jesús. Se trata de un itinerario de descubrimiento de la persona de Jesús quien viene al mundo como Verbo para que lo comprendamos y lo acojamos en la fe, recibiendo así “el don de Dios”. Precisamente el eje del relato está en el proceso de conocimiento de la persona de Jesús.

Es un encuentro que va da del pozo físico al pozo del corazón: del corazón humano que por sí mismo no puede producir vida, al corazón de Dios de donde viene el don inagotable de la vida.

Es un encuentro verdaderamente salvífico que conduce de la lejanía de Dios a la experiencia plenificante de la adoración de Dios.

Es un encuentro que va de la disgregación a la congregación. En el encuentro con el Verbo se da un proceso que quiebra dicotomías, reconciliando hombre-mujer (conflictos de género), judío-samaritano (enemigos políticos), verdadero-falso adorador de Dios (discriminaciones religiosas).

Es un encuentro que integra lo personal y lo comunitario, la experiencia personal y la misión. La samaritana vive su experiencia personal de Jesús (y se convierte en apóstol) confesando su fe en su comunidad. El encuentro salvífico de Jesús con la samaritana es el punto de partida de la misión: de la samaritana misma y de los discípulos.
La última frase –y momento culminante- de todo el pasaje es: “Sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del Mundo”.  El núcleo es una experiencia de conocimiento (ver Jn 1,10-13), un conocimiento en la fe que va más allá de la simple profesión de boca y se concreta en la acogida del Verbo en el mundo de los hombres: “Le rogaron que permaneciera con ellos… Y permaneció allí…”.

Un camino progresivo hacia la fe en Jesús salvador. Ante el relato del encuentro de la samaritana con Jesús, se imponen dos consideraciones. Jesús es quien toma la iniciativa. Él se anticipa a la mujer. Él comienza el diálogo y lo conduce. La mujer pone su parte: tiene sed, toma el cántaro, va al pozo donde está Jesús. Pero está cerrada a todo diálogo. Sin embargo, está abierta a la felicidad.
Apenas Jesús rompe la frialdad del encuentro y sugiere que existe otra agua, la mujer se interesa: “Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed y, no necesite venir hasta aquí a sacarla”.
Gracias al diálogo con Jesús, la mujer va cambiando progresivamente. Primero, lo llama “judío”. Luego, “señor”. Después, “profeta”.Finalmente, “mesías”. Y mediante el anuncio que ella hace a sus compaisanos y del encuentro con Jesús, estos profesan: “es verdaderamente el Salvador del mundo”.

La verdadera adoración. Es la que Brota del conocimiento del rostro del Padre y de su actuar, revelados en la persona de Jesús. Y está anclada en la trasparencia de la vida, de manera que no hay contradicción entre fe y actuar.

Adorar en espíritu y verdad.  Supone superación de templos y lugares sagrados, y de un culto y ritos vacios.                                    El nuevo templo es Jesús y él vive en quien cree.  Para adorar al Padre lo que importa es la actitud, no los lugares.  Actitud donde obra el Espíritu de Jesús, que nos da.
Jesús le enseña a la samaritana a ser auténtica adoradora de Dios haciéndole caer en cuenta que la cuestión no es de lugar sino el modo: “Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraran al Padre...” “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad”.

Jesús expresa que esta manera de relacionarse con Dios está establecida por el mismo Dios a quién él ahora llama claramente “Padre”. Dios Padre busca adoradores que lo adoren: Como Padre, En Espíritu, En Verdad

Como Padre.  No se puede adorar a quien no se conoce. No se puede adorar a quien no descubrimos vivo y eficaz como Señor y Creador dentro de nuestra propia historia.  No se puede adorar cuando no se toma conciencia de su actuar creativo dentro de la propia vida.
Jesús es quien verdaderamente conoce al Padre y quien nos revela su rostro de manera nueva y definitiva (“A Dios nadie la visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado”, Jn 1,18) en su propio rostro (“si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre”, Jn 8,19).

El problema, entonces, ya no es judío ni samaritano. La revelación de Dios ha dado un nuevo paso hacia delante. Por esto, en adelante, es decir, a partir del anuncio de Jesús, será posible conocer a Dios de una manera nueva y definitiva y reconocerlo mediante una forma de oración, también nueva, que exprese este conocimiento: el reconocimiento de Dios (=adoración) como Padre que vivifica a sus hijos.

En Verdad. La “Verdad” es Jesús mismo (“Yo soy... la Verdad”, Jn 14,6) en cuanto lo reconocemos como Palabra salvífica de Dios venida al mundo (“La Gracia y la Verdad nos han llegado por Jesucristo”, Jn 1,17).
Pero la verdad es también el obrar cristiano, como verdadero discípulo de Jesús.  Nuestra tarea es realizar nuestras acciones en Dios (“Obrar en la Verdad”, Jn 3,21), iluminados por la enseñanza de Jesús (“Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”, Jn 8,31-32).

En Espíritu. Se trata de la experiencia del estar sostenido en la relación con el Padre por el Espíritu Santo.  Él es quien nos centra permanentemente en Jesús (“Es Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa”, Jn 16,13), el perfecto adorador del Padre.
Orar “en Espíritu” es presupuesto fundamental de la oración cristiana.  La oración no es el resultado del esfuerzo humano porque no podemos alcanzar a Dios o conocerlo en su verdadera realidad únicamente con nuestras fuerzas.  El hombre es “carne”, es decir, es limitado, es débil, es caduco.  Dios, por el contrario “es Espíritu, es decir, lleno de una infinita e indestructible fuerza de vida.
El Espíritu es el don de Jesús, simbolizado en el Evangelio como un “agua viva” que mana de su interior, de su costado atravesado por la lanza, que trae la alegría y la plenitud de vida en todos los momentos de la existencia, del cual renacemos por el agua, el cual reciben todos los que creen en él.
En fin, la relación con Dios no se construye desde nuestros presupuestos.  La verdadera adoración a Dios, actitud que abre e inserta nuestra vida en la infinita grandeza del Dios Padre que nos da la vida, sólo puede hacerse sostenida por el Espíritu e iluminada por la Verdad.

La adoración es un don de Dios y se nos da en la persona de Jesús. Por medio de él es que renacemos del Espíritu (Jn 3,5). Es en él que descubrimos la verdad de Dios y de nosotros mismos (“Soy Rey, para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”, Jn 18,37).

Oremos con el Evangelio…

Profundizar en las palabras y gestos de Jesús. Es un hombre cargado de cercanía y amor. ¿Qué es lo que más me impresiona de sus gestos, actitudes y palabras?

Escuchar y meditar el Evangelio supone una gran sorpresa.  El encuentro con Jesús nunca nos deja indiferente: interroga nuestra vida y nos estimula a seguir sus pasos.  ¿Cómo resuena hoy en mí este Evangelio?

Un Mundo mejor es posible:
Francisco

“Él es la fuente inagotable de la vida divina e nosotros...

Queridos hermanos y hermanas: El tiempo pascual es por excelencia el tiempo del Espíritu Santo que culmina con la Solemnidad de Pentecostés. En el Credo profesamos la fe en el Espíritu Santo, que es Dios, «Señor y dador de vida». Él es la fuente inagotable de la vida divina en nosotros. Es «el agua viva» que Jesús prometió a la Samaritana para saciar para siempre la sed, para colmar los anhelos más profundos y más altos del corazón humano. Porque Jesús ha «venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).

El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, Cristo lo ha derramado en nuestro corazón, para hacernos hijos de Dios y para que nuestra vida sea guiada, animada y alimentada por él. Esto es precisamente lo que entendemos al decir que el cristiano es un hombre espiritual: una persona que piensa y actúa siguiendo la inspiración del Espíritu Santo. Así, la existencia del cristiano, dice san Pablo, es animada por el Espíritu Santo y rica de sus frutos, que son: «Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí» (Ga 5,22-23). El don precioso del Espíritu Santo es, pues, la vida misma de Dios, en cuanto verdaderos hijos suyos por adopción.                   

Resumen de la catequesis, pronunciado por el Santo Padre Francisco, el 8/5/13:

"Lo importante no es mirar desde lejos o ayudarlo desde lejos, sino ir al encuentro. Eso es lo cristiano, lo que nos enseña Jesús. Ir al encuentro de los más necesitados. Como Jesús que iba siempre al encuentro de la gente. Él iba a encontrarlos".

“Si los bienes materiales y el dinero se convierten en el centro de la vida, nos atrapan y nos esclavizan”


"No traigo oro ni plata, sino algo más valioso: Jesucristo"

"No nos dejemos vencer por el pesimismo , por esa amargura que el diablo nos ofrece cada día; no caigamos en el pesimismo y el desánimo: tengamos la firme convicción de que, con su aliento poderoso, el Espíritu Santo da a la Iglesia el valor de perseverar y también de buscar nuevos métodos de evangelización, para llevar el Evangelio hasta los confines de la Tierra",

Aclaración: Se han utilizado para la preparación de la presente: El libro del Pueblo de Dios. CELAM/CEBIPAL. Mons. C J Giaquinta. P Daniel Silva 2011.



Cuadro de texto: Círculo Bíblico San José
Parroquia San José:
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