Intención para la evangelización ‐

Intenciones de oración de septiembre: Oremos por una gestión justa y sostenible del agua, recurso vital, para que todos tengan acceso equitativo a ella.

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre"

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre" Mt 7, 7-8. No sé qué quería, pero había algo en mí que me movía a buscar, tal vez que las cosas tengan sentido, y te encontré. Me cuestionaba sobre la vida y me diste tu sabiduría para que pueda encontrar alegría y paz. Ante mis miedos y dudas, te pido que me acompañes en mi peregrinar y me das tu Espíritu Santo, el mismo que te acompaño a vos, hoy me acompaña a mí, me asiste y guía. Hoy sigo buscando más de tu Palabra, de la Verdad y el camino, con la confianza puesta en vos, Dios mío, sé que estás presente en mi vida. Ven Señor Jesús, te necesito.

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16: La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de inquietudes. La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y le sale al encuentro en todos sus pensamientos.

viernes, 12 de abril de 2013

Tercer Domingo de Pascua


Lecturas del 14 / 04 / 13
– Ciclo C –

“¿Me amas?”
 
Hechos de los Apóstoles 5, 27b-32. 40b-41
El Sumo Sacerdote les dijo: «Nosotros les  habíamos prohibido expresamente predicar en ese Nombre, y ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina. ¡Así quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre!»   
Pedro, junto con los Apóstoles, respondió: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo. A él, Dios lo exaltó con su poder, haciéndolo Jefe y Salvador, a fin de conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados.
Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen.»  
Después de hacerlos azotar, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Los Apóstoles, por su parte, salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús.    Palabra de Dios.

Salmo 29
R. Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              
  Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.  Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro.  R.
 
Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre, porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida: si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría.  R.
 
«Escucha, Señor, ten piedad de mí;  ven a ayudarme, Señor.»  Tú convertiste mi lamento en júbilo. ¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente!  R.

Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11-14
Yo, Juan, oí la voz de una multitud de Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Seres Vivientes y de los Ancianos. Su número se contaba por miles y millones, y exclamaban con voz potente: «El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.»             
También oí que todas las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, y todo lo que hay en ellos, decían:                
«Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos.»       
Los cuatro Seres Vivientes decían: «íAmén!», y los Ancianos se postraron en actitud de adoración. Palabra de Dios.

Santo Evangelio según san Juan 21, 1-19
Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.»             
Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»                
Ellos respondieron: «No.» El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «íEs el Señor!» Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.» 
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer.»             
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.             
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»      
Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»     
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»           
Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»  Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»           
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.»              
De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.» Palabra del Señor.
 
Reflexión:
Una larga cita
 
A San Juan le gustan las cifras: la hora 10°, 5.000 personas, 30 estadios, etc.; pero generalmente dice “alrededor de “.  Aquí concreta: Pedro y sus compañeros pescaron exactamente 153 peces.  Estamos en pleno simbolismo.  ¡Pero no en lo que es irreal! Aquí lo real es tan misteriosamente rico que sólo se lo puede expresar con símbolos.
 
Observen los 7 “discípulos” y 7 veces la palabra discípulo; 7 es el símbolo de la totalidad.  Y 3 veces “manifestar”, más 3 veces “señor” para simbolizar un encuentro solemne de Jesús  en su gloria de resucitado. 
En efecto, se trata de su tercera manifestación, marcada por el papel principal de Padre: nombrado en primer lugar, toma la iniciativa de  la pesca, se precipita el primero hacia Jesús y arrastra a la orilla la red que no se rompe (símbolo…de lo que habría de ser la Iglesia), a pesar del enorme peso de los 153 peces. 
El almuerzo ofrecido por Jesús hace pensar inevitablemente en la Eucaristía en la que todo cristiano se acerca al resucitado, lo reconoce y entra en comunión con Él.
Algunos detalles simbólicos nos permiten acceder a lo que se llama “escatología”, los fines últimos.  Vemos a Jesús “a la orilla del lago” en la tierra firme de la eternidad, mientras que los discípulos (los apóstoles de todos los tiempos) bregan en las aguas de la vida terrena.  Dirigidos por Pedro, son pescadores de hombres (los peces grandes), pero no pueden pescar nada sin Jesús.
 
Traerán finalmente al Señor los famosos 153 peces, o sea todos los elegidos: 153 es un número especial: si se suman las cifras de 1 al 17, tenemos 153 y cuando se presentan esas cifras por puntos (1 = 1 punto, 2 = 2 puntos, etc.) disponiendo una sobre otra esas líneas de puntos, se obtiene un triángulo perfecto cuyo tres lados tienen 17 puntos.  Como 17 es igual a 10 (la multitud) más 7 (la totalidad), vemos que 153 simbolizan muy bien la idea de la masa de cristianos que encontrarán a Cristo en la orilla de la eternidad.
 
Así, pues, la eternidad será ese cara a cara con Jesús y el banquete con Él, o sea la entrada en su vida y en su gozo.  No es necesario saber más para soñar en el cielo.  Pero ¿está permitido esto? ¿Por qué?  Los que pretenden que el cielo nos distrae de la realidad sólo tienen una idea mutilada de lo real.  La realidad entera comienza en el oleaje y las tempestades de la vida de aquí abajo y se extiende hasta la vida sin fin.
 
Pero, como San Juan no deja de repetir, es aquí abajo donde todo se juega.  Cada día que pasa es infinitamente precioso y decisivo, porque podemos acumular citas con Cristo que nos preparen para el encuentro final.  Jesús nos ha dicho: “Cada vez que ayudas a alguien con amor, te encuentras conmigo” (Mt. 25, 40).  Y cada vez que nos acercamos a la Eucaristía, a la oración, al Evangelio, tenemos una cita con Él.
 
Lo esencial es ese movimiento que arroja hacia Cristo, como a Pedro: “Cuando comprendió que era el Señor, se tiró al agua”.  El mismo impulso que nos ha llevado en cada una de estas meditaciones nos arrojará algún día a sus brazos.  Para una cita muy larga.
 
P. Daniel Silva
 
Diálogo entre Jesús y Pedro:
“¿Me amas? “ “¿Me amas?... ¿Me amas?”.
“Para siempre, hasta el final de mi vida”
 
  Pedro tenía que seguir su camino acompañado de esta triple pregunta: «¿Me amas?» Y medir todas sus actividades según la respuesta que entonces había dado: cuando fue convocado ante el Sanedrín; cuando lo encarcelaron en Jerusalén, de cuya prisión no podía salir, y sin embargo, salió. Y... en Antioquia, y después más lejos todavía, de Antioquia a Roma. Y ya en Roma, cuando habiendo perseverado hasta el final de sus días, conoció la fuerza de las palabras según las cuales otro le conduciría donde él no quería.
Y sabía también que, gracias a la fuerza de esas palabras, en la Iglesia «los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones» y que «el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar»(Hch. 2,42.48).
Pedro ya no pudo jamás desprenderse de esta pregunta: “¿Me amas?” La lleva consigo donde quiera que vaya. La lleva a través de los siglos, a través de las generaciones. 
 
La pregunta de Jesús, “¿Me amas?... Es también para mí. ¿Qué le voy a contestar al Señor de la vida? Sé que un mundo mejor es posible, pero tengo que decidirme, soy libre de elegir qué camino seguir, al igual que Pedro, puedo ser víctima o protagonista de mi vida junto a nuestro Maestro en los ambientes que me toca vivir y decir:
                             Jesús misericordioso en vos confió.
 
Cuento: “un regalo, para que puedan disfrutarlo todos”
 
Pasó la Semana Santa....y todo parece volver a la normalidad...
¿Cómo vivimos este tiempo pascual que estamos transitando? ¿Con las mismas ganas y voluntad con la que hemos celebrado la resurrección de Cristo? ¿Nos sentimos portadores de un precioso mensaje de salvación que no debe dejar de anunciarse?
Los invito a compartir un relato que nos permitirá reflexionar un poco más sobre el tema:
 
"Cuando Dios repartió las cualidades a los animales, los picaflores se encontraron entre los más beneficiados.
Algunos cuentan que, el día en que estos agradables pajaritos recibieron toda su belleza y la gracia para volar, fueron, todos juntos, a dar una vuelta por diversos rincones de la creación. Así fue que descubrieron un hermoso lago de aguas quietas donde se reflejaban como si fuera un gran espejo. Al advertir que eran ellos, los picaflores, los que formaban las hermosas imágenes que aparecían sobre las aguas, no podían dejar de mirarse.
La bandada pasaba horas y horas, observándose y alegrándose por todo lo que Dios les había dado. Pero, con el transcurso de los días y entretenidos en su vuelo, no paraban ni para comer, entonces fueron adelgazando y su danza perdió la gracia que tenía originalmente.
Los picaflores empezaron a preocuparse y convocaron a una gran reunión para buscar soluciones.
Después de intercambiar ideas, decidieron enviar a uno de ellos, para que hablara con el mismísimo Dios.
-¿Qué hacen ustedes con los dones que recibieron?-preguntó Dios Padre.
El picaflor le contó que pasaba el día deleitándose sobrevolando el lago y agradeciendo con su danza esos dones que habían recibido. Dios les dijo:
-Eso me parece muy bien, pero siempre que yo hago un regalo, es para que puedan disfrutarlo todas mis criaturas. Vayan al campo, busquen las flores, aliméntense de ellas y lleven el polen de una a otra. Ellas los están esperando.
El jovencito comunicó a los demás el mensaje de Dios, y desde ese día, no sólo los picaflores disfrutan de las virtudes recibidas, sino también todos aquellos que los vemos volando por los jardines".

(De "Cuentos rápidos para leer despacio 2", María Inés Casalá-Juan Carlos Pisano-SAN PABLO).
 
Francisco, algunas reflexiones:
 
 
 
 

"Tres Palabras: alegría, cruz y jóvenes".(24 de marzo).                                                                           
                       
"Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por nosotros, abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro."
 (30 de marzo).                                                                              
"Tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame" (7 de  abril).               
Lecturas de la semana
Lunes 15: Hech. 6, 8-15; Sal. 118; Jn. 6, 22-29.
Martes 16: Hech. 7, 51—8, 1; Sal. 30; Jn. 6, 30-35.
Miércoles 17: Hech. 8, 1-8, Sal.  65; Jn. 6, 35-40.
Jueves 18: Hech. 8, 26-40; Sal. 65; Jn. 6, 44-51.
Viernes 19: Hech. 9, 1-20; sal. 116; Jn. 6, 52-59.
Sábado 20: Hech. 9, 31-42; Sal. 115; Jn. 6, 60-69
 
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y María:
 
Cuadro de texto: Círculo Bíblico San José
Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Domínico.
http://miencuentroconjesus1.blogspot.com

Si  querés recibir la hojita por e-mail pedila:
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sábado, 6 de abril de 2013

Segundo Domingo de Pascua, de la Divina Misericordia


“Yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre”
 

Lecturas del 7 / 04 / 13
Segundo Domingo de Pascua, de la Divina Misericordia
– Ciclo C –
 
 
Lectura Hechos de los Apóstoles 5, 12-16     
Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu, bajo el pórtico de Salomón, pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos.
Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres. Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos. La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban curados. 
Palabra de Dios.    

Salmo 117
¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!     
Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor! Que lo diga la familia de Aarón: ¡es eterno su amor! Que lo digan los que temen al Señor: ¡es eterno su amor! R. La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos. Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él. R  .Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor: el Señor es Dios, y él nos ilumina. R       
Libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19               
Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba exiliado en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: «Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias: a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea.»
Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro. Su cabeza y sus cabellos tenían la blancura de la lana y de la nieve; sus ojos parecían llamas de fuego; sus pies, bronce fundido en el crisol; y su voz era como el estruendo de grandes cataratas. En su mano derecha tenía siete estrellas; de su boca salía una espada de doble filo; y su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza.            
Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: «No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo.
Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro.» 
Palabra de Dios.   
 
Santo Evangelio según san Juan 20, 19-31   Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»         
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!» El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»                
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. 
Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»  Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.» Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»   
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»            
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.        
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su nombre.
Palabra del Señor.  
Reflexión:
Aparición a los discípulos
 
Los discípulos experimentan una cierta dificultad en reconocer no sólo la verdad de la resurrección, sino también la identidad de Aquél que está ante ellos, y aparece como el mismo pero al mismo tiempo como otro: un Cristo 'transformado'. No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que El ya no se encuentra en la condición anterior, y ante El están llenos de reverencia y temor.
Pero Jesús les lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe, signo de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento de las riquezas de su corazón y a la salvación.
Cuando, luego, se dan cuenta, con su ayuda, de que no se trata de otro, sino de El mismo transformado, aparece repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe. Es como un despertar de fe: 'He visto al Señor' (Jn 20, 18 'Señor mío y Dios mío' (Jn 20, 28).). Entonces una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del misterio del dolor y de la muerte, que se concluye en la gloria de la nueva vida! Este será uno de los elementos principales del mensaje de salvación que los Apóstoles han llevado desde el principio al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las gentes.  Juan Pablo II
 
La incredulidad de Tomás. Tomás representa la figura de aquel que no hace caso del testimonio de la comunidad ni percibe los signos de la nueva vida que en ella se manifiestan.
En lugar de integrarse y participar de la misma experiencia, pretende obtener una demostración particular, una prueba individual. Además no busca a Jesús, fuente de vida, sino a una reliquia del pasado que pueda constatar palpablemente.
Jesús, que no abandona a los suyos, se la concede, pero no aisladamente, sino en el seno de la comunidad.
 
Las dudas de la fe. Tomás se ha aislado de la comunidad, duda, no percibe los signos de la nueva vida que se le manifiesta. La figura de Tomás representa a muchas personas, candidatas a la comunidad, llenas de duda. En él se refleja:       
Cómo el proceso de la fe comienza por verificar en la realidad humana a Dios; en las heridas corporales de los que sufren, la presencia de la vida. Ante ello resulta difícil creer.       
Cómo ciertos requisitos indispensables para no caer en la incredulidad o en la indiferencia: escuchar la Palabra de Dios, dar primacía al testimonio, formar parte de la comunidad. Quien esto realiza, aunque no haya visto al Resucitado con sus ojos, tiene la certeza de que el que murió en la cruz vive y está muy próximo, está en medio, creando y dando paz, vida y una razón por la que vivir y luchar.
Resucitar la fe y reanimar la vida. Muchas veces la fe es demasiada convencional y vacía, costumbre religiosa sin vida, inercia tradicional, formalismos externos sin compromiso; muchas palabras y poco espíritu vivificador. El encuentro con el Resucitado fue, sin embargo, para los primeros creyentes, una experiencia que reanimó su fe y su vida.
El encuentro con el Resucitado es lo que transforma a estas personas, las reanima, las llena de alegría y paz verdadera, las libera del miedo y cobardía, les abre horizontes nuevos e impulsa a anunciar la Buena Noticia y dar testimonio.      
El Señor nos invita a ser creyentes, con todas las dificultades del “ver”, ser testigos de la reconciliación en un mundo dividido e injusto, y a compartir la “vida”, donde se dan sombras de muerte.          
Vivir sin haber experimentado la resurrección.   
Los que nos consideramos creyentes vivimos, a menudo, como los discípulos del Evangelio, “al anochecer”, “con las puertas cerradas”, “llenos de miedo”, “temerosos de las autoridades”. Estamos inmersos en la vieja creación; no hemos visto ni experimentado al Resucitado; la humanidad nueva parece ausente en nuestras vidas. Nuestras comunidades están a veces replegadas, ocultas, sin dar testimonio; es como si no tuvieran alegría, perdón y vida que transmitir. A pesar de ser este día “el primero de la semana”, el primero de la nueva creación, nosotros seguimos aferrados a lo viejo, a lo de antes.
 
Necesitamos que el Señor se haga presente y reconocerlo en sus signos. Pero, ¿Cuáles son sus signos? ¿Cómo y cuándo se hacen presentes?      
Los signos de su presencia. La donación de la paz.
Podemos decir que para los primeros discípulos, la resurrección fue una experiencia que los llenó de paz. No hay texto de aparición del resucitado en el que no salgan las expresiones “paz a ustedes”, “no tengan miedo”.
Aquel grupo de hombres y mujeres decepcionados, angustiados por el fracaso de su líder más querido, impotentes para dar ya un sentido a nuevos proyectos de vida, encuentran en Jesús resucitado una fuerza y una paz que los librará del miedo.
Quizá sea éste el núcleo de la experiencia pascual: el encuentro con Alguien vivo, capaz de liberarnos del desencanto y descubrirnos el camino hacia la paz.
Siempre el saludo invariable del Resucitado es: “Paz a ustedes”. Hoy la palabra “paz”, desgraciadamente, apenas significa otra cosa que ausencia de guerra, cese de hechos violentos de sangre, o el no tener conflictos personales. En la cultura bíblica, por el contrario, paz o “shalom” designa la armonía del ser humano consigo mismo y con los demás, con la naturaleza y con Dios, el disfrute gozoso y exultante de la vida, la convivencia en el respeto y la justicia.   
El soplo creador que infunde aliento de vida. Al soplar y darles el Espíritu, Jesús confiere a los discípulos la misión de dar vida y les capacita para ello. De hecho, “Espíritu”, “soplo”, “hálito de vida”, es lo mismo. El verbo que usa el evangelista aquí “sopló” es el mismo que se encuentra en Gn. 2, 7, para indicar la animación del hombre al infundirle Dios un aliento de vida. Con aquel aliento se convirtió el hombre en un ser viviente; con ese nuevo aliento de Jesús resucitado, el ser humano es re-creado. Por eso, hoy, la resurrección se hace presente, se vive y se reconoce donde se lucha por la vida y se combate contra todo lo que deshumaniza y mata. Creer hoy en la resurrección es comprometerse por una vida más humana, más plena, más feliz.                
La experiencia del perdón. Los discípulos han experimentado al resucitado como alguien que les perdona y les ofrece la amnistía y salvación. Ninguna alusión al abandono de los suyos, ningún reproche por la cobarde traición; ningún gesto de exigencia para reparar la injuria. 
Vivimos en una sociedad que nos es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón es la “virtud de los débiles”, que se resignan y se doblegan ante las injusticias, porque no saben luchar y arriesgarse. Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen nunca una verdadera solución, si no se introduce en ellos la dimensión del perdón. El perdón no es sólo la liquidación de conflictos pasados; al mismo tiempo despierta esperanzas y energías en quien perdona y en aquel que es perdonado.           El perdón es la virtud de la persona nueva, de la persona resucitada.
 
Los estigmas de Jesús: Las señales de los clavos en las manos y la herida en el costado, o sea, los estigmas de su amor y sufrimiento por los otros, son signos de su presencia. Hoy se puede ver, advertir, experimentar, conocer, descubrir la presencia del Resucitado en aquellos que llevan en sí estas señales de sufrimiento, amor y marginación.
En los pobres y olvidados, en los marginados, en los excluidos de la sociedad del bienestar, en los que sufren dolor y miseria, en los abandonados en la calle… Ahí se hace presente el Resucitado. ¡Ellos son los signos de vida!
Pbro. Daniel Silva. (2010)
 
 
Francisco: Regina Coeli
"Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada persona" 1 de abril
“Queridos hermanos y hermanas: ¡Buena Pascua a todos ustedes!... Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada persona – especialmente a quien sufre – y a todas las situaciones más necesitadas de confianza y esperanza.
Cristo ha vencido el mal de modo pleno y definitivo, pero nos corresponde a nosotros, a los hombres de todos los tiempos, acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad.
Por esto me parece importante subrayar lo que hoy le pedimos a Dios en la liturgia: “Oh Padre, que haces crecer tu Iglesia dándole siempre nuevos hijos, concede a tus fieles que expresen en su vida el sacramento que han recibido en la fe” (Oración Colecta del Lunes de la Octava de Pascua).
 
Es verdad, el bautismo que nos hace hijos de Dios, la Eucaristía que nos une a Cristo, deben convertirse en vida, es decir, traducirse en actitudes, comportamientos, gestos y elecciones. La gracia contenida en los Sacramentos pascuales es un potencial de renovación enorme para la existencia personal, para la vida de las familias, para las relaciones sociales. Pero todo pasa a través del corazón humano: si yo me dejo alcanzar por la gracia de Cristo resucitado, si le permito que me cambie en ese aspecto mío que no es bueno, que puede hacerme mal a mí y a los demás, yo permito a la victoria de Cristo que se afirme en mi vida, que extienda su acción benéfica. ¡Éste es el poder de la gracia! Sin la gracia no podemos hacer nada. Sin la gracia no podemos nada. Y con la gracia del Bautismo y de la Comunión eucarística puedo llegar a ser instrumento de la misericordia de Dios. De esa bella misericordia de Dios.
Expresar en la vida el sacramento que hemos recibido: he aquí, queridos hermanos y hermanas, nuestro empeño cotidiano, pero diría también ¡nuestra alegría cotidiana! ¡La alegría de sentirse instrumentos de la gracia de Cristo, como sarmientos de la vid que es Él mismo, animados por la linfa de su Espíritu!
Oremos juntos, en el nombre del Señor muerto y resucitado, y por intercesión de María Santísima, para que el Misterio pascual obre profundamente en nosotros y en nuestro tiempo, para que el odio deje el lugar al amor, la mentira a la verdad, la vendetta al perdón, la tristeza a la alegría”. Oremos juntos a la Virgen.                                           
                                                   Fuente: Vaticano  
                                                                         
                                                         
Lecturas de la Semana
 
Lunes 8: Is. 7, 10-14; 8.10; Sal. 39; Heb. 10, 4-10; Lc. 1, 26-38.
Martes 9: Hech. 4, 32-37; Sal 92; Jn. 3,7-15.
Miércoles 10: Hech. 5,17-26; Sal 33; Jn.3, 16-27.
Jueves 11: Hech. 5, 27-33; Sal. 33; Jn. 3, 31-36.
Viernes 12:  Hech. 5, 34-42;  Sal 26;  Jn. 6, 1-15.
Sábado 13: Hech. 1, 12-14; Sal. Lc. 1, 46-55; Lc.1, 26-38.
 
 
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y María:
 
Cuadro de texto: Círculo Bíblico San José
Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Domínico.
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sábado, 30 de marzo de 2013

Santas Pascuas de Resurrección

“¡Felices Pascuas, Cristo está vivo, venció a la muerte, ha resucitado!,
que todos vivamos con ese espíritu de resurrección”   
“Nosotros somos testigos de su resurrección”.
Lecturas del 31 / 03 / 13
– Ciclo C –
Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43        
Pedro, tomando la palabra, dijo: «Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él.             
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección                . 
Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre.» Palabra de Dios.    
Salmo 117          
             R. Este es el día que hizo el Señor:   
           alegrémonos y regocijémonos en él.
   
¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor! R.              La mano del Señor es sublime, la mano del Señor hace proezas. No, no moriré: viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.                La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos. R.                
Carta de Pablo a los Colosenses 3, 1-4          
Hermanos: Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.                 
Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.               
Palabra de Dios.   
Secuencia
Cristianos, ofrezcamos al Cordero pascual nuestro sacrificio de alabanza. El Cordero ha redimido a las ovejas: Cristo, el inocente, reconcilió a los pecadores con el Padre.        
La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable: el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive.
Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino? He visto el sepulcro del Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado. 
He visto a los ángeles, testigos del milagro, he visto el sudario y las vestiduras. Ha resucitado a Cristo, mi esperanza, y precederá a los discípulos en Galilea.        
Sabemos que Cristo resucitó realmente; tú, Rey victorioso, ten piedad de nosotros.      

Santo Evangelio según san Juan 20, 1-9       

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»      
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.    
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.   

          Reflexión 
               DOMINGO DE PASCUA
El nacimiento de nuestra fe
Los cuatros evangelistas, que a menudo se muestran tan diferentes entre sí, empiezan de la misma forma su ultimo capitulo, el de la resurrección: “El primer día de la semana”.  En el amanecer de aquel día nace la fe pascual, nuestra fe.
Al principio fue tan sólo una conmoción en la sombra (Aún estaba oscuro”) indica Juan, “el discípulo preferido de Jesús”, se preocupa de subrayar debidamente la presencia de otra preferida  María de Magdala: la fe y el amor están estrechamente ligados entre sí.  Al llegar al final de los cuatro evangelios, si hay  algo claro para nosotros es precisamente la certeza de que toda nuestra vida se basa en ese binomio fe-amor.
María ve la piedra quitada, corre a avisar a Pedro y a Juan y les dice algo tan terrible a propósito de Jesús que la idea de muerte hace aún más pesada: “No sé dónde lo han puesto”.  No piensa más que en un cadáver, en un objeto.  Tan cerca de lo que va a ser nuestra fe, todavía nos encontramos ante un abismo infranqueable.
Pero Pedro y Juan van corriendo y descubren los primeros signos de “otra cosa”: el sepulcro vacío, el sudario y las vendas cuidadosamente enrolladas.  ¡Es el choc!  Pedro sigue todavía perplejo (=asombrado” dirá Lucas siempre mesurado).
Más intuitivo que Pedro, Juan da el inmenso paso de la fe: “Ve y creyó”. El evangelista insiste en este fantástico “creyó” que en adelante va a separar dos mundos, el de antes y el después de la resurrección: “Hasta entonces no habían entendido lo que dice la Escritura: que tenía que resucitar de la muerte”.
Ve, comprender, creer son las palabras-clave del nacimiento de nuestra fe.  El evangelista dice de sí mismo: “Vio y creyó”.  Y contará que María dijo: “¡He visto!”.  Luego los discípulos “ven” y finalmente Tomás vio y creyó.
Pero el resucitado proclama entonces la gran bienaventuranza: “Dichosos los que creen sin haber visto”.  Esa es la oportunidad que se nos ofrece: un largo río de fe nos vincula a aquella mañana de la resurrección.  La fe no es una meditación sobre Dios, sino un don de Dios que nos abre a lo que los primeros creyentes vieron y comprendieron: el sepulcro vacío, las apariciones de Jesús Resucitado, el testimonio de la Escritura.
Un don de Dios, pero una batalla de hombre.  Desde el principio, la fe tuvo que desprenderse de la sombra, de las vacilaciones y de la torpeza en comprender. “No sé”, dice María de Magdala: esa es la primera palabra de la mañana de la fe.  “No habían comprendido”, suspirará Juan; y Jesús se quejará también de los peregrinos de Emaús: ¿No comprenden? ¡Qué lentos son para creer!
La mayor parte de nosotros hemos recibido fácilmente la fe y nos hemos quedado en la facilidad pasiva.  “Desde luego, yo soy cristiano, y hasta practicante”.  Pero el aire que respiramos es mortal para nuestras creencias y nuestra práctica.  En un clima de lucro y consumo, en la agresión permanente de los científicos, de los medios de comunicación, etc, creer en la resurrección exige un cultivo de la fe.  Muchos padres se desalientan por el abandono de sus hijos y preguntan cómo pueden transmitirles mejor la fe.  La primera respuesta es una cuestión: ¿qué fuerza de fe, qué inteligencia de la fe tenemos nosotros para transmitírsela a ellos?
Una reflexión sobre este punto nos infundirá quizás el deseo de conocer mejor la Biblia y de seguir la puesta al día de la fe en la enseñanza de la Iglesia.  Esa fe sigue siendo ciertamente la fe de la mañana de la Pascua, pero no cesa de enriquecerse con las formas de vivirla en culturas diferentes.  No basta con cantar “¡Cristo ha resucitado!”; es preciso advertir todas las consecuencias que esto lleva consigo en el mundo entero y en nuestra propia vida.
P. Daniel Silva
Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría: dame mirada y oído interior, para que no me apegue a las cosas materiales, sino que busque siempre las realidades del Espíritu.
“¡Cristo ha resucitado de entre los muertos      dándonos a todos la vida!”.
Este es el Domingo que le da sentido a todos los domingos en el que, con la ayuda del Espíritu Santo, queremos hacer una proclamación de júbilo y de victoria que sea capaz asumir nuestros dolores y los transforme en esperanza, que nos convenza de una vez por todas que la muerte no es la última palabra en nuestra existencia.               
A la luz de esta certeza hoy brota lo mejor de nosotros mismos e irradia con todo su esplendor nuestra fe como discípulos de Jesús.  Efectivamente, somos cristianos porque creemos que Jesús ha resucitado de la muerte, está vivo, está en medio de nosotros, está presente en nuestro caminar histórico, es manantial de vida nueva y primicia de nuestra participación en la naturaleza divina, de nuestro fundirnos como una pequeña gota de agua en el inmenso mar del corazón de Dios.        
Y nos levantamos con una nueva mirada sobre el mundo porque la resurrección de Jesús tiene un significado y una fuerza que vale para toda la humanidad, para el cosmos entero y, de manera particular, para los dolorosos acontecimientos que afligen a la humanidad.

La Buena Nueva de la Resurrección de Jesús es palabra poderosa que impulsa nuestra vida.       
Por eso en este Tiempo de Pascua que estamos comenzando tenemos que abrirle un surco en nuestro corazón a la Palabra, para que la fuerza de vida que ella contiene sea savia que corra por todas la dimensiones de nuestra existencia y se transforme en frutos de vida nueva.    

Es así como la Buena Noticia que Cristo ha resucitado cala hondo: se entreteje con nuestras dudas, con nuestro ensimismamiento en la tristeza, delatando nuestra pobre visión de la vida y mostrándonos el gran horizonte de Dios desde donde podemos comprender el sentido y el valor de todas las cosas.
Cristo resucitado se hunde en nuestro corazón y desata una gran batalla interior entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la desesperación, entre la resignación y la consolación. 
“El Señor ha resucitado, no temamos vivir como resucitados” (1).         Por nuestro encuentro con el resucitado, somos liberados, purificados, perdonados, reconciliados. A partir de este momento ya no somos simples espectadores, a partir de este encuentro vivencial somos protagonistas de esta acción sagrada y salvífica.             
La iniciativa salvadora de Dios reclama de nuestra parte una respuesta personal que no debe quedar en meros gestos individuales, externos y aislados. Abarca toda nuestra vida. Provoca una renovación total; un cambio profundo, definitivo, que debe estar presente en los criterios, los juicios, las actitudes, los comportamientos y los compromisos. Es mucho más que la adhesión a un “código de convivencia y buenas costumbres”         
La Pascua de Jesús debe incidir en nuestra propia Pascua. Este es su mensaje: “Permanezcan en mi amor para que den fruto”. El fruto consiste en “que se amen unos a otros” (Jn 13,34).    
“Que se amen como yo los he amado”. Y “Nadie tiene mayor amor que dar la vida por los amigos”. (Jn.15, 13).       
Felices Santas Pascuas
El circulo Bíblico san José quiere en este momento tan especial de nuestras vidas agradecer a Dios por todos las gracias recibidas en estos años: por el Espíritu Santo que nos asiste en nuestro peregrinar, por su Palabra que nos trae sabiduría para que día a  día nos guie en cada ambiente que nos toca vivir,  el saber que estamos siempre acompañados por la oración de todos los que nos consideramos hijos de Dios, por la bendita comunidad de san José, por nuestro Pastor parroquial y por todos aquellos que participan en esta hojita semanal.
No podemos dejar de decir que creemos que un mundo mejor es posible, creemos que acompañados por el Dios de la vida, que venció a la muerte una vez y para siempre, nada es imposible, por eso con nuestro corazón gozoso por la resurrección del Señor queremos decirte que tengas una Feliz Santa Pascua y que juntos podamos llevar la buena nueva que nos trajo Jesús a todos aquellos que la necesiten.
Círculo Bíblico San José
Lecturas de la Semana
Lunes 1: Hech. 2, 14.22-23; Sal. 15; Mt. 28, 8-15.
Martes 2: Hech. 2, 36-41; Sal 32; Jn. 20,11-18.
Miércoles 3: Hech. 3,1-10; Sal 104; Lc.24, 13-35.
Jueves 4: Hech. 3, 11-26; Sal. 8; Lc. 24, 35-48.
Viernes 5:  Hech. 4, 1-12;  Sal 117;  Jn. 21, 1-14.
Sábado 6: Hech. 4, 13-21; Sal. 117; Mc.16, 9-15.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y María: Misioneros Oblatos.
Cuadro de texto: Círculo Bíblico San José
Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Domínico.
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