Intención para la evangelización ‐

Intenciones de oración de septiembre: Oremos por una gestión justa y sostenible del agua, recurso vital, para que todos tengan acceso equitativo a ella.

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre"

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre" Mt 7, 7-8. No sé qué quería, pero había algo en mí que me movía a buscar, tal vez que las cosas tengan sentido, y te encontré. Me cuestionaba sobre la vida y me diste tu sabiduría para que pueda encontrar alegría y paz. Ante mis miedos y dudas, te pido que me acompañes en mi peregrinar y me das tu Espíritu Santo, el mismo que te acompaño a vos, hoy me acompaña a mí, me asiste y guía. Hoy sigo buscando más de tu Palabra, de la Verdad y el camino, con la confianza puesta en vos, Dios mío, sé que estás presente en mi vida. Ven Señor Jesús, te necesito.

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16: La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de inquietudes. La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y le sale al encuentro en todos sus pensamientos.

sábado, 21 de agosto de 2021

“Señor, ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna”

 

Vigésimo primer domingo, Lecturas 22-8-21, Ciclo B  

Dios mío, envía ahora tu Espíritu sobre mí y que abra mis ojos y mis oídos a tu Palabra, que me guie y asista al meditar tus enseñanzas, para que pueda saborearla y comprenderla, para que tu Palabra penetre en mi corazón, y me conduzca a la Verdad completa. Amén  

Lectura del libro de Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b

Josué reunió en Siquém a todas las tribus de Israel, y convocó a los ancianos de Israel, a sus jefes, a sus jueces y a sus escribas, y ellos se presentaron delante del Señor. Entonces Josué dijo a todo el pueblo: «Si no están dispuestos a servir al Señor, elijan hoy a quién quieren servir: si a los dioses a quienes sirvieron sus antepasados al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes ahora habitan. Yo y mi familia serviremos al Señor.»  El pueblo respondió: «Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. Porque el Señor, nuestro Dios, es el que nos hizo salir de Egipto, de ese lugar de esclavitud, a nosotros y a nuestros padres, y el que realizó ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios. El nos protegió en todo el camino que recorrimos y en todos los pueblos por donde pasamos. Por eso, también nosotros serviremos al Señor, ya que él es nuestro Dios.» Palabra de Dios.  

Salmo 33, R. ¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!  

Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios. Mi alma se gloría en el Señor: que lo oigan los humildes y se alegren.  R.

Los ojos del Señor miran al justo y sus oídos escuchan su clamor; pero el Señor rechaza a los que hacen el mal para borrar su recuerdo de la tierra.  R.

Cuando ellos claman, el Señor los escucha y los libra de todas sus angustias. El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos.  R.

El justo padece muchos males, pero el Señor lo libra de ellos.  El cuida todos sus huesos, no se quebrará ni uno solo.  R.

La maldad hará morir al malvado, y los que odian al justo serán castigados; pero el Señor rescata a sus servidores, y los que se refugian en él no serán castigados.  R.  

Carta Pablo a los cristianos de Éfeso 5, 21-32 

Hermanos: Sométanse los unos a los otros, por consideración a Cristo. Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer, como Cristo es la Cabeza y el Salvador de la Iglesia, que es su Cuerpo. Así como la Iglesia está sometida a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a su marido.  
Maridos, amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. El la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada. Del mismo modo, los maridos deben amar a su mujer como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo. Nadie menosprecia a su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida.  Así hace Cristo por la Iglesia, por nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia. En cuanto a ustedes, cada uno debe amar a su propia mujer como así mismo, y la esposa debe respetar a su marido. Palabra de Dios.

Santo Evangelio según san Juan 6, 60-69

Muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»  Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen.» En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.                    
Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.»           
Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo.     
Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?»  Simón Pedro respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.»   Palabra del Señor.

 Reflexión   

Señor ¿A quién iremos?  

El evangelio de hoy trae la parte final del Discurso del Pan de Vida. Se trata de la discusión de los discípulos entre sí y con Jesús y de la conversación de Jesús con Simón Pedro. Nos muestra las exigencias de la fe y la necesidad de un compromiso firme con Jesús y con su propuesta. “Este lenguaje es duro. ¿Quién puede escucharlo?” con esta expresión se refleja cómo diversos discípulos se volvieron atrás y ya no estaban dispuestos a recorrer el camino de Jesús. Hoy a nosotros nos puede pasar lo mismo. Estamos en un tiempo en que la vida cristiana debe ser vivida a la intemperie, a contracorriente, proclamando unos valores que el mundo entiende como contravalores y podemos ceder a la tentación de cobijar en nuestro corazón este pensamiento: esto es muy duro, ¿Quién puede cargar con esto? La decisión de quedarse o marcharse dependerá de que hayamos experimentado fuertemente su “pan de vida” y sus “palabras de vida eterna”. Llega la hora del desenlace. La disyuntiva es clara: o acceder a la verdadera Vida, o permanecer enredados en la pura materialidad. ¿En qué camino nos encontramos? ¿Cuál es nuestra decisión?  

Las palabras de Jesús dichas anteriormente (Discurso del Pan de Vida) provocan una fuerte resistencia entre los discípulos, que las consideran excesivas.  Han interpretado mal el anuncio de su muerte (El pan que voy a dar es mi carne para que el mundo viva), considerándolo una debilidad y un fracaso y, en consecuencia, se niegan a seguirle.  Conservan la concepción del Mesías rey que manifestaron con ocasión de reparto de panes.  Jesús les explica que su muerte es condición para la vida y que su realidad humana contiene la fuerza del Espíritu.  A pesar de su explicación, la mayor parte le abandona.

Los discípulos que ahora le abandonan, los judíos que murmuran y la gente que pretende hacerle rey y que le busca porque comió pan hasta saciarse, son las mismas personas con distintos nombres.  Representan a aquellos que se entusiasmaron con Jesús en un primer momento, considerándole como un profeta, pero no se decidieron a dar el paso decisivo de la fe cristiana, la entrega.  

“¿Esto los escandaliza?” Venimos de domingos acompañados por el signo del pan, donde Jesús clarifica su identidad y su misión: nos ubica. Vino porque el Padre lo envía y busca hacer su voluntad. 

Por si no se entiende, nos vuelve a clarificar: el Espíritu y la palabra son vida y dan vida. ¿Esto nos escandaliza? Si la Palabra no se transforma en vida, de nada sirve saberla, aprenderla. El Espíritu es vida y nos impulsa desde dentro, nos orienta hacia la vida verdadera, plena… es como el olfato: percibe desde dentro, atraído por el afuera… vida que busca Vida.  

Los discípulos encuentran duro el lenguaje de Jesús.  Les asusta el precio que es necesario pagar por tener vida, por seguirle y por seguir su causa.  Jesús, no obstante, da un paso más en sus enseñanzas, aunque esto signifique el alejamiento de algunos de sus seguidores. Opone el “espíritu” que es vida y fuerza, a la carne, a lo puramente material, es decir, entre dos concepciones de la persona y, en consecuencia, de Jesús y de su misión.  La condición indispensable para ser verdadero discípulo y poder identificarse con Él es la visión de la persona como “espíritu”, es decir, como realizada por la acción creadora del Padre, no meramente como “carne” o movida por los intereses egoístas.

A estas dos concepciones de la persona corresponden dos visiones de Jesús.  El Mesías “según la carne” es el rey que ellos han querido hacer, el que impone su gobierno, un Mesías político y triunfante. 

El Mesías “según el Espíritu” es el que se hace servidor de las personas hasta dar su vida por ellas, para comunicarles vida plena, es decir, libertad y capacidad de amar como Él.  La aceptación de tal Mesías implica la asunción de su persona y mensaje.  

En una sociedad que, tras proclamar la revalorización del cuerpo, muchos de los caminos emprendidos conducen a su trivialización y banalización, no son fáciles de entender las palabras de Jesús: “El Espíritu es quien da la vida; la carne no…”

Por otro lado, los diferentes medios martillean nuestros oídos con noticias, discursos y comunicados de última hora. Nos hemos convertido en una especie de pequeño radar impactado constantemente por palabras e imágenes que llegan de todo el mundo.  

¿A dónde iremos?  El problema no es “adónde” ir, sino a “quién”.  Hay una nube de gurús y maestros apostados en el camino “comprensivos” de nuestras debilidades, persuasivos, suministradores de palabras amigables, que nos ofrecen tranquilidad, seguridad, felicidad, novedad, etc., pero que nos dejan con el vacío, porque sus palabras son huecas.  Pedro prefiere permanecer al lado de Jesús, aunque no entienda mucho, porque sólo en Él ha encontrado palabras de vida. 

Hoy, Jesús nos desafía, nuestra vida es, toda ella, un camino de libertad y opciones, queramos o no, tenemos que elegir.  Unas veces lo hacemos conscientemente, otras de manera inconsciente, todas tienen su importancia.  Pero hay algunas, muy pocas, que nos marcan y orientan definitivamente.  El evangelio nos recuerda uno de esos momentos que marcó a Pedro y a los otros discípulos. Y nosotros, ¿a quién iremos? 

Toma Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo lo que tengo y poseo.

Tú me lo diste; A ti Señor, lo devuelvo; Todo es tuyo: dispone según tu voluntad.

Dame tu amor y tu gracia, Que esto me basta. Amén (San Ignacio de Loyola)

“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna” (Jn 6,54)

 Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día » (Jn 6, 54). Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el « secreto » de la resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico «fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte ». 

La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, a los ángeles, a los santos apóstoles, a los gloriosos mártires y a todos los santos. Es un aspecto de la Eucaristía que merece ser resaltado: mientras nosotros celebramos el sacrificio del Cordero, nos unimos a la liturgia celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero » (Ap 7, 10). La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino.

San Juan Pablo II (1920-2005), Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, 18-19.

Décimo tercer domingo, “Dios, es el Dios de la Vida”

 Décimo cuarto domingo, “Dios ”El Mesías, el hijo de Dios, es el carpintero, uno de nosotros”

 Décimo quinto domingo,  “La misión siempre nace del corazón transformado por el amor de Dios”

 Décimo sexto domingo, “Eran como ovejas sin pastor”

 Décimo séptimo domingo, “Vivir el reino de Dios, es compartir  nuestro pan”

 Décimo octavo domingo, “El Pan espiritual que sacia los anhelos más profundos del corazón”

 Décimo noveno domingo, “Yo soy el pan de Vida”

Vigésimo domingo, María, lugar de encuentro con Dios

 

Aclaración: Se han consultado para la preparación del siguiente texto: El libro del Pueblo de Dios. Centro Bíblico del CELAM. Donbosco.org.ar. Dominicos.org. José Antonio Pagola. ACIprensa.  

Círculo Bíblico San José  

“Tu palabra es una lámpara a mis pies y una luz en mi camino” Sal 119 

sábado, 14 de agosto de 2021

"María, lugar de encuentro con Dios"

   

Asunción de la Virgen María

Vigésimo domingo, Lecturas 15-8-21, Ciclo B  

Dios mío, envía ahora tu Espíritu sobre mí y que abra mis ojos y mis oídos a tu Palabra, que me guie y asista al meditar tus enseñanzas, para que pueda saborearla y comprenderla, para que tu Palabra penetre en mi corazón, y me conduzca a la Verdad completa. Amén  

Apocalipsis 11, 19a.12,1-6a.10ab.

Se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza. Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz. Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono, y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un refugio.  Y escuché una voz potente que resonó en el cielo: "Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías” Palabra de Dios.  

Salmo 44, R. De pie a tu derecha está la reina, Señor.

Una Hija de reyes está de pie a tu derecha: es la reina adornada con tus joyas y con oro de Ofir. R

¡Escucha, hija mía, mira y presta atención!
Olvida tu pueblo y tu casa paterna, y el rey se prendará de tu hermosura. Él es tu señor: inclínate ante él. R

Las vírgenes van detrás, sus compañeras la guían, con gozo y alegría entran al palacio real. R  

1° Carta de Pablo a los Corintios 15,20-27a.

Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Porque la muerte vino al mundo por medio de un hombre, y también por medio de un hombre viene la resurrección.
En efecto, así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos, luego, aquellos que estén unidos a él en el momento de su Venida. En seguida vendrá el fin, cuando Cristo entregue el Reino a Dios, el Padre, después de haber aniquilado todo Principado, Dominio y Poder. Porque es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos los enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será vencido es la muerte, ya que Dios todo lo sometió bajo sus pies". Palabra de Dios. 
 

Evangelio según San Lucas 1,39-56.

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor". María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz". Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre". María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. Palabra del Señor.

 
La Asunción de María al cielo  

«La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo» (CIC, 974). Cada 15 de agosto celebramos el dogma de la Asunción de la Virgen María a los cielos.  

María, lugar de encuentro con Dios*. Como Iglesia celebremos con gozo el misterio de la Asunción de María a los cielos. Ella fue, y es, lugar de encuentro con Dios. La misión de María es servir y cooperar a la salvación humana, olvidada de sí misma, atiende en primer lugar al Salvador, su hijo Jesús; la encontramos presente en los momentos de dolor, de angustia y de sacrificio, para comprobarlo basta acudir a Nazaret, a Belén, en la huida de Egipto y sobre todo observar su actitud en la calle de la amargura y en el calvario, ahí está María manifestando la fidelidad y obediencia al plan de salvación del Padre.  

Sabe que Dios ha hecho maravillas en ella para servicio de los hermanos de su Hijo, Ella es el candelero, instrumento y medio, que sostiene y brinda a todos los hombres la Luz. Sabe que únicamente le corresponde ser lugar de encuentro de Dios con el hombre y el hombre con Dios. María es la Virgen fiel que aceptó la misión del Padre hasta las últimas consecuencias. La vemos, como dicen los Hechos (1,14), presidiendo discretamente, como Madre, el nacimiento oficial de la Iglesia. Le correspondía hacerlo desde que recibiera junto a la cruz el mandato de su Hijo, de velar por sus seguidores: “Mujer ahí tienes a tu hijo” (Jn. 9,26). Desde ese momento María ejerce la maternidad espiritual de los creyentes, como nueva Eva Madre de los vivientes.

Es indispensable la presencia de María en la Iglesia como Madre, vemos providencialmente la devoción tan profunda y arraigada en el alma del pueblo cristiano a lo largo de toda la historia, siendo Ella la primera evangelizadora.                                                                                                                                          *P. José Correia.  

La Asunción de María es anticipación de nuestra propia resurrección. Esta fiesta tiene un doble sentido: La feliz partida de María de esta vida y la Asunción de su cuerpo al cielo. La respuesta para los católicos de por qué es importante, la encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica, que dice en el numeral 966: “La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos”.  

La Virgen no experimentó corrupción en el cuerpo al final de su vida terrena. La Escritura no da detalles sobre los últimos años de María sobre la tierra desde Pentecostés hasta la Asunción, solo sabemos que la Virgen fue confiada por Jesús a San Juan. Al declarar el dogma de la Asunción de María, Pío XII no quiso dirimir si la Virgen murió y resucitó enseguida, o si marchó directamente al cielo. Muchos teólogos piensan que la Virgen murió para asemejarse más a Jesús, pero otros sostienen que ocurrió el “Tránsito de María” o Dormición, que se celebra en Oriente desde los primeros siglos.

En lo que ambas posiciones coinciden es que la Virgen María, no experimentó la corrupción de su cuerpo y fue asunta al cielo, donde reina viva y gloriosa, junto a Jesús.

“La realidad estupenda de la Asunción de María manifiesta y confirma la unidad de la persona humana y nos recuerda que estamos llamados a servir y glorificar a Dios con todo nuestro ser, alma y cuerpo”. (Papa Francisco)  

Contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios”. (Benedicto XVI 2010).  

Rasgos de María*  

María, «la madre de mi Señor» Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es antes que nada la Madre de nuestro Señor. De ahí arranca toda su grandeza. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. Son inseparables. «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».  

María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.  

María, la evangelizadora. María ofrece a todos la salvación de Dios, que ha acogido en su propio Hijo. Esa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no solo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.  

María, portadora de alegría. El saludo de María comunica la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate... el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa. *José Antonio Pagola  

"Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz". 

 
Nuestra Señora de la Asunción 

15 de agosto Fiestas Patronales de Nuestra Diócesis Avellaneda-Lanús  

¡Plegaria a María!  

María, Madre del sí, tu escuchaste a Jesús y conoces el timbre de su voz y el latido de su corazón. Estrella de la Mañana, háblanos de Él y cuéntanos tu camino para seguirlo en la ruta de la fe.  

María que en Nazaret viviste con Jesús, imprime en nuestra vida tus sentimientos, tu docilidad, tu silencio que escucha y hace florecer la Palabra en opciones de verdadera libertad.  

María, háblanos de Jesús, para que la frescura de nuestra fe brille en nuestros ojos y caliente el corazón de quien nos encuentra, como lo hiciste visitando a Isabel que en su vejez gozó contigo por el don de la vida.  

María. Virgen del Magníficat, ayúdanos a llevar alegría al mundo y, como en Caná, impulsa a todo joven, empeñado en el servicio a los hermanos, a hacer sólo lo que Jesús dirá.  

María, puerta del cielo, ayúdanos a elevar la mirada. Queremos ver a Jesús, hablar de Él, anunciar a todos, su santo amor. Amén  

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque el Señor ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1, 48-49).

Décimo segundo domingo, “¿Por qué tienen miedo?”  

Décimo tercer domingo, “Dios, es el Dios de la Vida”  

Décimo cuarto domingo, ” El Mesías, el hijo de Dios, es el carpintero, uno de nosotros”  

Décimo quinto domingo,  “La misión siempre nace del corazón transformado por el amor de Dios”  

Décimo sexto domingo, “Eran como ovejas sin pastor”  

Décimo séptimo domingo, “Vivir el reino de Dios, es compartir  nuestro pan”  

Décimo octavo domingo , “El Pan espiritual que sacia los anhelos más profundos del corazón”  

Décimo noveno domingo, “Yo soy el pan de Vida”  

Aclaración: Se han consultado para la preparación del siguiente texto: El libro del Pueblo de Dios. Centro Bíblico del CELAM. Donbosco.org.ar. Dominicos.org. José Antonio Pagola. ACIprensa.   

Círculo Bíblico San José  

“Tu palabra es una lámpara a mis pies y una luz en mi camino” Sal 119

“Maria, esperanza de la resurrección”


Hola, les comparto la reflexión de las lecturas del domingo 15 de agosto 2021, Asunción de la Virgen María, del padre Juan José Milano.