Intención para la evangelización ‐

Intenciones de oración de Enero: Por el don de la diversidad en la Iglesia El Papa Francisco pide rezar al Espíritu Santo “para que nos ayude a reconocer el don de los diferentes carismas dentro de las comunidades cristianas y a descubrir la riqueza de las diferentes tradiciones rituales dentro de la Iglesia Católica”.

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre"

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre" Mt 7, 7-8. No sé qué quería, pero había algo en mí que me movía a buscar, tal vez que las cosas tengan sentido, y te encontré. Me cuestionaba sobre la vida y me diste tu sabiduría para que pueda encontrar alegría y paz. Ante mis miedos y dudas, te pido que me acompañes en mi peregrinar y me das tu Espíritu Santo, el mismo que te acompaño a vos, hoy me acompaña a mí, me asiste y guía. Hoy sigo buscando más de tu Palabra, de la Verdad y el camino, con la confianza puesta en vos, Dios mío, sé que estás presente en mi vida. Ven Señor Jesús, te necesito.

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16: La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de inquietudes. La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y le sale al encuentro en todos sus pensamientos.

viernes, 26 de octubre de 2012

Trigésimo domingo durante el año




Lecturas del 28-10-12
– Ciclo B –

“Jesús nos enseña a ver para que podamos seguir por el verdadero camino”

Lectura del libro del profeta Jeremías 31, 7-9
Así habla el Señor:¡Griten jubilosos por Jacob, aclamen a la primera de las naciones!
Háganse oír, alaben y digan: «¡El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!»
Yo los hago venir del país del Norte y los reúno desde los extremos de la tierra; hay entre ellos ciegos y lisiados, mujeres embarazadas y parturientas: ¡es una gran asamblea la que vuelve aquí!
Habían partido llorando, pero yo los traigo llenos de consuelo; los conduciré a los torrentes de agua por un camino llano, donde ellos no tropezarán. Porque yo soy un padre para Israel y Efraím es mi primogénito.  Palabra de Dios.
Salmo 125 
R. ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
 y estamos rebosantes de alegría!
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,  nos parecía que soñábamos: nuestra boca se llenó de risas y nuestros labios, de canciones.  R.
Hasta los mismos paganos decían:  «¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!» ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría!  R.
¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb! Los que siembran entre lágrimas  cosecharán entre canciones.  R.
El sembrador va llorando  cuando esparce la semilla,  pero vuelve cantando cuando trae las gavillas.  R.
Lectura de la carta a los Hebreos 5, 1-6
Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados. El puede mostrarse indulgente con los que pecan por ignorancia y con los descarriados, porque él mismo está sujeto a la debilidad humana. Por eso debe ofrecer sacrificios, no solamente por los pecados del pueblo, sino también por sus propios pecados. Y nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por Dios como lo fue Aarón.     
Por eso, Cristo no se atribuyó a sí mismo la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.  Palabra de Dios.
Ven a mí, Espíritu Santo, agua viva que lanza a la vida eterna: concédeme la gracia de llegar a contemplar el rostro del Padre en la vida y en la alegría sin fin.

Santo Evangelio según san Marcos 10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!» Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo.»  Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama.»  
Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»            
Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver.»
Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.  Palabra del Señor.  
 
Reflexión 
No perder el  contacto – Hay que ver
Esas reuniones en las que “se comparte” el Evangelio con los demás son un buen medio para penetrar en sus riquezas gracias a las diferentes reacciones: “Mira, yo no había pensado en eso”.  Se puede incluso vivir momentos desconcertantes cuando el Espíritu inspira a algunos: “A mí, lo que más me impresiona del texto… A mí, desde que oí esta llamada…”.
La única sombra es que a veces algunos grupos se pierden en discursos o ideas o en descripción de hechos (¡y hasta de anécdotas!) y llegan a olvidar… la cita que se tiene de Jesús.  Lo que hay que recoger en su contacto, su mirada, su voz, sus gestos, todo lo que deja transparentar su ser y lo que nos introduce a través de Él en el sentido profundo de lo que quiere ofrecernos.
En este sentido, Marcos resulta precioso.  ¡Qué reportaje tan vivo esta curación de Bartimeo! Estamos entre la gente, un ciego grita, le dicen que se calle, grita más fuerte todavía y le toca a Jesús en el corazón.  Jesús espera esos gritos, escucha nuestra fe, salta de gozo cuando es firme:“Llámenlo”.  La gente, como siempre, cambia inmediatamente de actitud.  Si antes se quejaba del ciego, ahora lo anima: “¡Ten confianza! ¡Te está llamando!”.
Dios quiere que sepamos decir: “Él te llama”.  Pero que sepamos también escuchar cuando alguien –o un libro, o una voz interior- nos dice:”El te llama”. Bartimeo arroja su manto que le molesta para ir corriendo hacia Jesús.  También aquí la imagen es dinamizante.  Despojarse de todo estorbo, despertarse de la vida cómoda, separarse de todo lo que nos tiene lejos del Señor.
Tener una confianza de hierro.  Como todo el mundo, Bartimeo sabe que Jesús es el carpintero de Nazaret.  Muchos tropiezan en ello.  Pero él grita su fe; es el primero en proclamar bien alto que el nazareno es el hijo de David, el Mesías.  Estando ya en la luz, el ciego dice: “Maestro”.  Pide con tanta fe, que el poder de Jesús puede transformarlo de arriba abajo.  La última palabra de esta Evangelio es la que más nos tiene que movilizar: “Lo siguió por el camino
Lo que significa “tu fe te ha salvado” es la salvación en que uno entra cuando sigue a Jesús.  Bartimeo recobra la vista y mucho más: unos ojos para ver tan bien a Jesús que se convierte en discípulo suyo.
No se había engañado Jesús al escuchar los gritos de esa fe vigorosa.  Sin duda no es aún la fe plena que se desarrollará después de la resurrección, pero ya Bartimeo está seguro de estar ante el Mesías, está seguro de la fuerza misma de Dios lo va a tocar en Jesús y, una vez hecho, no vacila un segundo: si Jesús es la fuerza de Dios, hay que seguirle.
Nosotros que sabemos de Jesús mucho más que Bartimeo, ¿tenemos ojos para mirarlo? ¿Hasta sentir en nosotros ese deseo que ha hecho nacer a los santos: ¿”Quiero seguirte”?
Para que oremos…
La ceguera del espíritu.  En aquel ciego-mendigo, Jesús descubrió a toda esa humanidad por la que había venido al mundo.  Entonces recordó el anuncio del profeta Jeremías que hemos oído en la primera lectura.  Entre esa gente que llora, de la que habla el profeta, también estamos nosotros, como Bartimeo, sentados en el camino de la vida, sin saber por dónde seguir, sin ver un camino claro.  El mundo y la historia se nos presentan como un libro cerrado; sólo tocamos sus tapas, pero no lo leemos.  Escuchamos pasajes del Evangelio domingo a domingo, descubrimos situaciones similares a las nuestras… y seguimos sin ver.
La luz de la fe.  La fe nos salva dándonos la vista.  Cuando fuimos bautizados, todos recibimos por medio de los padrinos un cirio encendido, al antiguo símbolo de la fe, como visión nueva de las cosas.  Detengámonos unos momentos para repensar en qué sentido la fe es luz y qué es eso que nos hace ver como nuevo.
Entre sus muchos aspectos, podemos considerar los siguientes:
La fe ilumina la propia vida dándole un sentido
La fe nos hace ver al prójimo como a un hermano.
La fe nos hace ver la historia como el camino en el que Dios realiza la salvación.
Concluyendo…
Mucho podríamos decir acerca de esta visión que nos produce la fe… Pero quizá lo dicho sea suficiente como para que nos preguntemos si realmente creemos que nuestra fe concreta nos ha iluminado la vida y la historia, nos ha abierto los ojos, o si, en cambio, a pesar de llamarnos cristianos, no estamos en el camino tanteando a oscuras o dejándonos llevar como niños.
La fe fue la salvación de Bartimeo, porque la fe le hizo ver.  Por eso el ex ciego es presentado como prototipo del discípulo de Jesús.
Sea cual fuera nuestra actual situación, veamos poco o mucho, no estará de más que hoy le digamos al Señor:
“Maestro, te ruego que me
devuelvas la vista
Padre Daniel
Año de la Fe:
El Papa Benedicto XVI nos convoca a celebrar el año de la fe que dio Comienzo el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, para ello seguimos reflexionando el contenido de la
                                                                                                                                                                                                                    Carta  Apostólica Pota Fidei
Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.
Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado.

No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).       
Amor Misericordioso que se conmueve ante las necesidades del hombre.
Queridos hermanos: Como para que no queden dudas de que la Clave del actuar de Dios es EL AMOR, este Domingo la Palabra es un CANTO AMOROSO que comienza mostrando el Amor del Padre hacia su Pueblo exiliado y culmina con la compasión de Jesús al clamor del mendigo ciego.
este Amor no es la respuesta a un ejemplo de buena conducta, es un AMOR MISERICORDIOSO, es el Amor que se conmueve ante la miseria del hombre.
El Pueblo de Israel sufrió el Exilio por haberse apartado del Dios Verdadero para refugiarse en los ídolos paganos, el Pueblo de Israel TAMBIEN ESTABA CIEGO, recordemos que en el contexto bíblico la enfermedad está estrechamente ligada al pecado, la ceguera estaba asociada a una opción equivocada "el ojo es la lámpara del cuerpo" (Mt.6,22).
Así lo vive Bartimeo, el mendigo ciego del Evangelio, alguien que muestra su fe en Jesús llamándolo Hijo de David, por eso "grita cada vez más fuerte, es ese Jesús el que puede sacarlo de su ceguera y NO OTRO. Ante la pregunta de Jesús él responde “Maestro que yo pueda ver", no solo es el Hijo de David, es el Maestro.
Como buen Hijo del Padre, Jesús tiene misericordia de Bartimeo y el ciego "comienza a ver", y, de ahí en más lo siguió.
Vemos que el Señor le dice "tu fe te ha salvado", el ver es más que el buen funcionamiento de los ojos, ES RECONOCER AL DIOS VERDADERO Y SEGUIRLO.
Hoy en día nos parecemos bastante a Bartimeo, aunque nos duela, en cuanto a la ceguera. Nos dejamos deslumbrar por las ofertas de un mundo que NO QUIERE VER, quizás porque VERLO IMPLICA SEGUIRLO.
En este AÑO DE LA FE roguemos al Señor la Fe de Bartimeo, primero para que nadie nos impida llamarlo y segundo para tener la certeza que solo EL SEÑOR puede curarnos, así lo podremos SEGUIR.
Prof.  Martha Pereyra o.c.s.
 Lecturas de la Semana
Lunes  29Ef. 4, 32—5,8; Sal 1 Lc. 13, 10-17.
Martes 30: Ef. 5, 21-33.;  Sal 127; Lc. 13, 18-21.
Miércoles 31: Ef. 6.1-9; Sal 144; Lc. 13, 22-30.
Jueves 1: Apoc. 7, 2-4. 9-14;  Sal 23; 1Jn. 3, 1-3; Mt. 5, 1-12.
Viernes 2:Apoc.21, 1-5.6-7; Sal 26;  1Cor. 15, 20-23; Lc.24, 1-8.
Sábado 3: Flp. 1, 15.18-26; Sal 41; Lc. 14, 1.7-11.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y María.
Círculo Peregrinoqueremos compartir con vos la Palabra del Señor, por eso podemos ir a tu casa a visitarte a vos o algún familiar enfermo.
Lectio Divina: También podes venir para compartirla  el primer y tercer sábado de cada mes a las 16 hs. en:       
Círculo Bíblico San José
Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Domínico.
Si  querés recibir la hojita por e-mail pedila a: miencuentroconjesus@yahoo.com.ar

viernes, 19 de octubre de 2012

Vigésimo noveno domingo durante el año


Lecturas del 21-10-12 – Ciclo B –

“Jesús nos enseña que servir a Dios en el amor es una donación gratuita de uno mismo”
Lectura del libro del profeta Isaías 53, 10-11
El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él.
A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos.   Palabra de Dios.

Salmo 32
 R. Señor, que tu amor descienda sobre nosotros, conforme a la esperanza que tenemos en ti.

La palabra del Señor es recta  y él obra siempre con lealtad;  él ama la justicia y el derecho, y la tierra está llena de su amor.  R.
Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,  sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y sustentarlos en el tiempo de indigencia.  R.
Nuestra alma espera en el Señor: él es nuestra ayuda y nuestro escudo.       
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros, conforme a la esperanza que tenemos en ti.  R.   
Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16
Hermanos: Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado.
Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.  Palabra de Dios.

Santo Evangelio según san Marcos 10, 35-45
Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.»
El les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?»
Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria.»    
Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?»        
«Podemos», le respondieron. 
Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados.»       
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.»  Palabra del Señor.
Reflexión
Cómo nos salvamos. El cáliz del servicio
El episodio  sucede inmediatamente después de que Jesús anunciara por tercera vez a los apóstoles sus sufrimientos y su muerte humillante en Jerusalén.  Marcos contrasta las palabras y la actitud de Jesús con la ambición y el egoísmo de los apóstoles.  Parece que cuanto más se aproxima la hora de la pasión de Jesús, más es la resistencia de sus discípulos a aceptarla.
Nosotros estamos tan acostumbrados a ver a Jesús crucificado  porque desde niños tenemos esta imagen; pero en tiempos de Jesús la idea de un mesías sufriente y muerto en la cruz  en manos de los odiados opresores del pueblo, era totalmente ajena a la mentalidad judía y considerada como blasfemia. Es comprensible entonces que los discípulos se resistieran. Quedaron defraudados totalmente ante la muerte de Jesús y que les costó mucho descubrir su significado.  Sólo a partir de la resurrección repasarán los hechos vividos junto a Jesús y se preguntarán cómo les fue posible pasar tanto tiempo con Él sin avizorar la novedad del mensaje, como así también las discusiones tenidas acerca de los primeros puestos y otras similares, pasarán a ser signos de toda una actitud que puede en cada momento infiltrarse en el creyente.
Marcos no descarta la posibilidad de que cada hombre sienta cierta repugnancia por el camino que traza Jesucristo.  Incluso la misma Iglesia, a pesar de su profesión de fe cristiana, parece seguir apegada más de la cuenta a un enfoque demasiado mundano del mesianismo de Jesucristo.  Les pasó a los discípulos resistiendo a esta forma de concebir hasta que creyeron.  Ellos no anuncian una fe fácil y cómoda, a tal punto a quienes más difícil y dura les resultó fue a ellos mismos.
Decíamos anteriormente que nosotros estamos acostumbrados a ver la imagen de Jesús crucificado.  Pero nos podemos preguntar una  vez más si hemos aceptado hasta sus últimas consecuencias la actitud de Jesús y la llamada que nos hace a seguirlo.
Tres eran los apóstoles líderes del grupo: Pedro, Santiago y Juan. Estos dos últimos hermanos entre sí, llamados por su impetuosidad “los hijos del Trueno” protagonizan el evangelio de hoy.  Suponiendo que debía estar lejos el día de la inauguración del reino de Cristo, se adelantaron al resto de sus compañeros y le dijeron a Jesús: “Maestro, queremos que hagas lo que vamos a pedir”.
La forma es atrevida.  Saben que Jesús ahora tiene pocos seguidores y aprovechan su situación de “fieles” para exigir algo por esa fidelidad.  Están buscando una recompensa a su fe.
Se trata de una actitud muy común entre nosotros, suponemos que Dios se encuentra muy necesitado de nosotros y que de alguna manera está obligado a recompensar nuestros buenos servicios.  Mas como Dios no suele darse por aludido surge nuestra oración, al modo de los hijos del trueno: impetuosa y atrevida.
No faltan los que hasta esconden una velada amenaza: “Si no me concedes tal cosa,  no iré más a misa o abandonaré la Iglesia”.  Esta manera de proceder descubre cuán lejos se está de una fe concebida como servicio.
Servir a Dios en el amor es una donación gratuita de uno mismo; quien ama por la recompensa que puede darle el amado, en realidad se ama a sí mismo.
Los apóstoles tenían una fe muy inmadura; buscaban la recompensa y seguían a Jesús por esa recompensa.  De aquí vieron que Jesús era aprisionado, todos lo abandonaron.  ¿Para qué sirve un Dios que ya no nos puede ofrecer nada?
Lo mismo nos sucede con las devociones a los santos y a la Virgen María.  Veneramos al santo más famoso en conceder favores, y hasta llegamos a discutir qué virgen es la que más oye a sus devotos.
¿Qué tiene que ver todo esto con una fe auténtica?  Esto es lo que debemos plantearnos hoy.  La religión cristiana no es una lotería de beneficencia ni una compañía de seguros; tampoco Dios o los santos son gerentes de las mismas.
La fe cristiana es el seguimiento de Jesús.  Es a nosotros mismo a quienes debemos exigir esto o lo otro.  De lo contrario, no solamente no superamos la etapa del Antiguo Testamento, sino que podemos con mucha facilidad convertir el cristianismo en una religión pagana con su panteón de dioses sujetos al capricho de los hombres.
Y ante la proposición de los dos hermanos, Jesús asiente… Ellos entonces, le piden dos principales carteras del nuevo gobierno.  Jesús les deja llevar las cosas hasta el preciso momento en que pueda hacerles descubrir esto “nuevo” que es la fe.  Llegado el momento les dice: “No saben lo que piden” O sea no tienen ni idea de lo absurdo del pedido, no han comprendido nada de lo que significa ser el Cristo y de lo que implica seguirlo.
Seguir a Cristo es compartir su cruz.  Por eso, a su vez, le pregunta: “¿Son capaces de beber el cáliz que yo he de beber…?”  Lo más insólito es la respuesta de los dos: “Podemos”
No podemos dudar de la sinceridad de ambos, aunque cuando  pronunciaron enfáticamente “podemos” no imaginaban todo su alcance.
Jesús confirma que ambos lo seguirán por el camino del sufrimiento, pero les aclara, para que no queden dudas, que eso no les da derecho a  alguna  recompensa.
Por qué el seguir a Cristo con la cruz de cada día no nos da derecho a recompensas especiales, lo explicará enseguida Jesús  a todo el grupo apostólico. Hay una sola forma de seguir a Jesús, y bebiendo su misma copa, bautizándose  en la muerte de uno mismo. Cada día  hay que morir al propio ego, a la vanidad, al orgullo, al egoísmo, etc. Y cada vez que comulgamos, nos unimos a Cristo que derrama su vida por amor a los hombres.  Comulgar es comprometerse a compartir el mismo gesto de Jesús.  En cada misa, Jesús vuelve a preguntarnos: ¿Puedes beber esta copa que yo bebo?
En un grupo donde las ambiciones tratan de escalar, pronto surge la indignación y el resentimiento de los demás. Así sucedió con los otros diez.  Jesús, con toda paciencia, vuelve a catequizarlos sobre el tema del servicio a la comunidad.  Jesús no niega que los apóstoles han de ocupar en su Iglesia cierto puesto de relevancia y jerarquía. Pero la pregunta es otra: ¿Qué significa tener autoridad dentro de la Iglesia? Jesús distingue dos formas de ejercer la autoridad.  Una es la común a los gobernantes y los poderosos pues, hacen sentir que son dueños de la comunidad y lo hacen pesar. “Así no debe ser entre ustedes”
En la Iglesia, la autoridad debe ser algo diametralmente distinto, incluso opuesto.  “El que quiera ser grande que se haga servidor de todo”  La comunidad cristiana es la comunidad siempre lista, con ese sí alegre y generoso.  Una comunidad cristiana –con sus pastores a la cabeza- no puede esperar que le traigan problemas: debe buscarlos allí donde están para aportar una solución.  Ella debe ser la presencia viva de Cristo.  Una Iglesia servidora podrá olvidarse del sufrimiento propio, pero deberá ser la primera en levantar el grito cuando alguien,  cualquier persona, sufra las injusticias propias del tiempo. 
El problema está en saber quiénes están dispuestos a asumir ese dolor y a derramar esa sangre.  Quienes lo hagan, tienen derecho a llamarse cristianos.  Los demás seguiremos en el catecumenado…
                                                                                                                           P. Daniel Silva
                                                                                                                                                                                          Oración: ¿qué le digo?
No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido; ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte clavado en esa cruz y escarnecido; muéveme el ver tu cuerpo tan herido; muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera, que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiere, pues, aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera. Amén.
                                                                                                                                                      Himno de la Liturgia de las Horas
Año de la Fe: El Papa Benedicto XVI nos convoca a celebrar el año de la fe que dio Comienzo el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, para ello seguimos reflexionando el contenido de la
Carta  Apostólica Pota Fidei
 «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida.         
 Lecturas de la Semana
Lunes  22Ef. 2, 1-10; Sal 99 Lc. 12, 13-21.
Martes 23: Ef. 2, 12-22.;  Sal 84; Lc. 12, 35-38.
Miércoles 24:  Ef. 3.2-12; Sal Is. 12, 2-6; Lc. 12, 39-48.
Jueves 25: Ef. 3, 14-21;  Sal 32; Lc. 12, 49-53.
Viernes 26: Ef.  4, 1-6; Sal 23;  Lc. 12, 54-59.
Sábado 27: Ef. 4, 7-16; Sal 121; Lc. 13, 1-9.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y María.
Círculo Peregrinoqueremos compartir con vos la Palabra del Señor, por eso podemos ir a tu casa a visitarte a vos o algún familiar enfermo.
Lectio Divina: También podes venir para compartirla  el primer y tercer sábado de cada mes a las 16 hs. en:       
Círculo Bíblico San José
Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Domínico.
Si  querés recibir la hojita por e-mail pedila a: miencuentroconjesus@yahoo.com.ar

viernes, 12 de octubre de 2012

Vigésimo octavo domingo durante el año


Lecturas del 14-10-12
– Ciclo B –
“Jesús nos llama a entregarnos a nosotros mismos”
 
Lectura del libro de la Sabiduría 7, 7-11
Oré, y me fue dada la prudencia, supliqué, y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría. La referí a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. 
La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso.             
Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable. Palabra de Dios

Salmo 89 
R: Señor, sácianos con tu amor,  y cantaremos felices.
 
Enséñanos a calcular nuestros años,  para que nuestro corazón alcance la sabiduría. ¡Vuélvete, Señor! ¿Hasta cuándo...? Ten compasión de tus servidores.  R. 
Sácianos en seguida con tu amor, y cantaremos felices toda nuestra vida. Alégranos por los días en que nos afligiste,  por los años en que soportamos la desgracia.  R. 
Que tu obra se manifieste a tus servidores, y que tu esplendor esté sobre tus hijos.  Que descienda hasta nosotros la bondad del Señor; que el Señor, nuestro Dios, haga prosperar la obra de nuestras manos.  R. 
 
Lectura de la carta a los Hebreos 4, 12-13
La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. 
Ninguna cosa creada escapa a su vista, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas.  Palabra de Dios.
 
Santo Evangelio según san Marcos 10, 17-30
Cuando se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?» 
Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.»         
El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.»             
Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.» 
El, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes. 
Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!”           
Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.» 
Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»              
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible.»          
Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»           
Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.» Palabra del Señor.
   
Reflexión 
 
La Palabra siempre es eficaz y nos ayuda a mirar hacia dentro de nosotros mismos, por eso comienza ayudándonos a discernir qué es lo más importante en nuestra oración.
La Sabiduría en la Escritura no consiste en conocimientos adquiridos en la Universidad, es algo que VIENE DE DIOS y a ÉL HAQUE PEDIRLA.
 
El Señor, a través del Evangelista de Marcos nos ejemplifica la enseñanza. Vemos a un hombre de recta conciencia, un judío cumplidor de los Mandamientos que el Padre entregó a Moisés, pero NO ERA SUFICIENTE, intuía que le faltaba algo, no era feliz y recurre al que todos llamaban rabí, maestro.
Jesús "lo mira con amor", ve en su corazón y sabe que el hombre es sincero. ¿Qué le faltaba a este hombre? ¿Solamente desprenderse de sus bienes materiales? ¿Es que Jesús condena a los ricos? Creer esto sería interpretar superficialmente la respuesta del Señor, por supuesto que el rico tiene que preocuparse por el pobre, pero Jesús va más allá, va directo al corazón. Esos bienes a los que nos aferramos somos NOSOTROS MISMOS, con nuestras limitaciones, nuestros deseos de sobresalir sobre los demás.
 
Jesús nos llama a vivir "con los pies en la tierra pero el corazón en el cielo". Nos llama a entregamos a nosotros mismos, claro que SOLOS NO PODEMOS, únicamente abrazados a Él, con la mirada fija en su entrega hasta dar la vida y aferrados a su Palabra hecha Oración podremos alcanzar la Felicidad Eterna, el Reino de los Cielos.
Al Reino de los Cielos entraremos "con las manos vacías y el corazón lleno de nombres", los nombres de esos hermanos que más nos necesitan.
 
Que María Santísima., Nuestra Señora de la Asunción, Modelo de entrega y docilidad nos ayude en nuestro peregrinar y Sta. Teresa de Jesús, Maestra de Oración nos enseñe a discernir cómo y qué tenemos que pedir.
Martha Pereyra  o.c.s.
 
 
Año de la Fe
 
El Papa Benedicto XVI nos convoca a celebrar el año de la fe que dio Comienzo el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013
 Seguimos publicando: Carta  Apostólica Pota Fidei del Sumo Pontífice Benedicto XVI
Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.
Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).
Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.
Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar.
Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19). Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.
También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.
 
14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).
 
La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo.
Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P3, 13; cf. Ap 21, 1).

15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.
 
«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.
Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.
 
 
 Ven a mí, Espíritu Santo, agua viva que lanza a la vida eterna: concédeme la gracia de llegar a contemplar el rostro del Padre en la vida y en la alegría sin fin. 
  
Lecturas de la Semana
 
Lunes  15Gál.4, 22-24.26-27.31—5,1; Sal 112; Lc. 11, 29-32.
Martes 16: Gál. 5, 1-6.;  Sal 118; Lc. 11, 37-41.
Miércoles 17: Gál. 5.18-25; Sal 1; Lc. 11, 42-46.
Jueves 18: 2Tim. 4, 10-17b;  Sal 144; Lc. 10, 1-9.
Viernes 19: Ef.  1, 11-14; Sal 32;  Lc. 12, 1-7.
Sábado 20: Ef. 1, 15-23; Sal 8; Lc. 12, 8-12.
 
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y María.
 
 
Círculo Peregrinoqueremos compartir con vos la Palabra del Señor, por eso podemos ir a tu casa a visitarte a vos o algún familiar enfermo.
Lectio Divina: También podes venir para compartirla  el primer y tercer sábado de cada mes a las 16 hs. en:       
Círculo Bíblico San José
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