Intención para la evangelización ‐

Intenciones de oración de Enero: Por el don de la diversidad en la Iglesia El Papa Francisco pide rezar al Espíritu Santo “para que nos ayude a reconocer el don de los diferentes carismas dentro de las comunidades cristianas y a descubrir la riqueza de las diferentes tradiciones rituales dentro de la Iglesia Católica”.

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre"

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre" Mt 7, 7-8. No sé qué quería, pero había algo en mí que me movía a buscar, tal vez que las cosas tengan sentido, y te encontré. Me cuestionaba sobre la vida y me diste tu sabiduría para que pueda encontrar alegría y paz. Ante mis miedos y dudas, te pido que me acompañes en mi peregrinar y me das tu Espíritu Santo, el mismo que te acompaño a vos, hoy me acompaña a mí, me asiste y guía. Hoy sigo buscando más de tu Palabra, de la Verdad y el camino, con la confianza puesta en vos, Dios mío, sé que estás presente en mi vida. Ven Señor Jesús, te necesito.

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16: La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de inquietudes. La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y le sale al encuentro en todos sus pensamientos.

sábado, 1 de julio de 2017

El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí

  

Décimo tercer domingo durante el año
Ciclo A, Lecturas del 2-7-17

Dios mío, envía ahora tu Espíritu sobre mí y que abra mis ojos y mis oídos a tu Palabra, que me guíe y asista al meditar tus enseñanzas, para que tu Palabra penetre en mi corazón, y me conduzca a la Verdad completa. 
Amén

Segundo libro de los Reyes 4, 8-11. 14-16a
Un día, Eliseo pasó por Sunám. Había allí una mujer pudiente, que le insistió para que se quedara a comer. Desde entonces, cada vez que pasaba, él iba a comer allí. Ella dijo a su marido: “Mira, me he dado cuenta de que ése que pasa siempre por nuestra casa es un santo hombre de Dios. Vamos a construirle una pequeña habitación en la terraza; le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y así, cuando él venga, tendrá dónde alojarse”. Un día, Eliseo llegó por allí, se retiró a la habitación de arriba y se acostó. Pero Eliseo insistió “¿Qué se puede hacer por ella?”.
Guejazí respondió: “Lamentablemente, no tiene un hijo y su marido es viejo”. “Llámala”, dijo Eliseo. Cuando la llamó, ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: “El año próximo, para esta misma época, tendrás un hijo en tus brazos”. Palabra de Dios.

Salmo 88
R. Cantaré eternamente el amor del Señor.
Cantaré eternamente el amor del Señor, proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones. Porque tú has dicho: “Mi amor se mantendrá eternamente, mi fidelidad está afianzada en el cielo”. R.
¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte! Ellos caminarán a la luz de tu rostro; se alegrarán sin cesar en tu nombre, serán exaltados a causa de tu justicia. R.
Porque tú eres su gloria y su fuerza; con tu favor, acrecientas nuestro poder. Sí, el Señor es nuestro escudo, el Santo de Israel es realmente nuestro rey. R.

Carta de san Pablo a los Romanos 6, 3-4. 8-11. Hermanos: ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva. Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él. Al morir, él murió al pecado, una vez por todas, y ahora que vive, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Palabra de Dios

Evangelio según san Mateo 10, 37-42
Dijo Jesús a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquél que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo, por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa”. Palabra del Señor.


Reflexión

Cuando leemos desprevenidamente los textos bíblicos de este domingo, nos encontramos frente a tres inspiradores temas, aparentemente desarticulados entre ellos: la hospitalidad, el sentido del bautismo y las opciones radicales que nos exige el seguimiento de Jesús. Pero cuando dejamos que la Palabra de Dios resuene en nuestro interior, empezamos a descubrir una trama sutil que une estos tres relatos.
Empecemos por el texto de san Pablo en su Carta a los Romanos, en donde nos describe el sentido profundo del bautismo, mediante el cual participamos de la muerte y resurrección del Señor. En palabras simples, nacemos a una vida nueva. Para muchas familias, el bautismo es una hermosa fiesta en la que celebramos el gozo del nacimiento de un niño. Eso es cierto, pero para el creyente el significado va mucho más allá. A pesar de los Cursos de Preparación al Sacramente del Bautismo que se ofrecen a los padres y padrinos, pocas veces logramos transmitir que, a partir del rito en la fuente bautismal, esa creatura, fruto del amor de sus padres, empieza a recorrer un fascinante camino de transformación interior. La gracia divina hace de él un ser diferente. Esta realidad nueva la expresa el texto de la Aclamación antes de la proclamación del Evangelio: “Ustedes son linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable”.
Este proceso de transformación interior se irá dando en la medida en que participamos en la vida sacramental de la Iglesia. Así entendemos que el bautismo no es un acontecimiento aislado, cuya memoria se conserva en unas fotografías, sino el comienzo de un camino de transformación en Cristo.
Esta vida nueva que iniciamos debe implicar cambios profundos en nuestra manera de actuar.
El texto del II Libro de los Reyes nos aporta ricos elementos humanos y teológicos. Allí se nos cuenta que una familia de la ciudad de Sunem acogía en su casa al profeta Eliseo cuando debía viajar en cumplimiento de la misión que le había sido confiada. Tenemos que reconocer que se da un fuerte contraste entre la cálida hospitalidad de las culturas orientales, y el individualismo egoísta que impera en nuestras grandes ciudades, habitadas por millones de seres anónimos y solitarios.
La hospitalidad de estos pueblos se desarrolló como una forma de protección para los viajeros que debían recorrer largas distancias en medio de una carencia total de infraestructura. El huésped era sagrado. Se lo acogía con un profundo respeto y se le proporcionaba lo necesario para continuar el viaje. Esta solidaridad se ha perdido en la cultura urbana, en la que cada uno busca sobrevivir de manera aislada.
Tenemos que redescubrir los vínculos de la solidaridad. Tenemos que abrir la puerta a los necesitados. Es el llamado apremiante que nos hace el Papa Francisco. La pobreza y la violencia han expulsado a millones de seres humanos de su terruño. Lo han perdido todo. Y cuando llegan como desplazados a los centros urbanos, la gente los evita como si fueran portadores de una enfermedad contagiosa.
Esta vida nueva que se nos ha comunicado en el bautismo debe ser el comienzo de una sensibilidad nueva de solidaridad con los más vulnerables. Recordemos que al final del camino terrenal no seremos juzgados por los rezos y prácticas penitenciales, sino por las manifestaciones concretas de solidaridad y acogida que hayamos realizado: “Tuve hambre y me diste de comer, estuve desnudo y me vestiste”.

Este domingo meditamos la parte final del Discurso sobre la Misión (Mt 10,1-42). Este discurso contiene frases y consejos de Jesús que enseñan a desarrollar la misión del anuncio de la Buena Noticia de Dios. Jesús no engaña y señala con claridad la dificultad que comporta la misión. “¿Cuál es la exigencia fundamental de Jesús para los que van a la misión?”

“El que encuentra su vida, la perderá: y el que pierda su vida por mí, la encontrará”.
Jesús exige renunciamiento a la realización arbitraria de la vida; exige la lucha contra el egoísmo y la obstinación; exige entregar y arriesgar la vida para Él y su Reino.
Sabemos y experimentamos cada día nuevamente que el egoísmo está muy dentro de nosotros mismos. Por eso, ninguno de nosotros, si quiere ser colaborador en el Reino de Jesús, puede desistir de esta lucha diaria. Así tenemos un vasto campo para nuestra auto educación. E incluso, si no podemos aniquilar este virus del mal hasta el fin de nuestra vida, lo que importa es que estemos luchando contra él hasta el último día.
Sólo esta abnegación de sí mismo, sólo esta renuncia del amor egoísta hace al hombre libre, abierto y generoso por el amor a Dios y por el amor a los demás. Toda nuestra vida tiene que ser un esfuerzo diario para des-centrarnos de nosotros mismos por la construcción de un nuevo mundo, un mundo lleno de amor, de entrega, de magnanimidad.        

Cada uno por su camino y según los dones de la gracia está llamado a cumplir servicial y desinteresadamente sus tareas humanas, por amor a los suyos y a todos los hombres, y, en definitiva, solamente así vamos a encontrar la vida eterna.

Compromiso esperado para recorrer este camino de la fe iniciado con el bautismo. Nos impresiona la radicalidad de las palabras del Señor: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Estas palabras de Jesús no pueden interpretarse como un desprecio de las relaciones familiares. En este texto encontramos varios mensajes: El seguimiento de Jesucristo no puede considerarse como una actividad más que incorporamos en nuestra agenda. No es una dedicación de tiempo parcial. Todo el proyecto de vida debe quedar marcado por esta impronta.
El amor a Jesucristo no es un amor más que coexiste con otros amores, por sublimes que éstos sean. Ocupa el centro de nuestros afectos. Todo lo demás está en relación con Él.

Tomar la cruz significa ser coherentes con las enseñanzas del Señor, y esto nos llevará a confrontaciones con personas que tienen visiones diferentes frente a la honestidad, el manejo de los recursos públicos, la fidelidad, etc.
La sociedad de consumo, en nombre del libre desarrollo de la personalidad, ha mirado con permisividad ciertos comportamientos que termina por aceptar como normales. La radicalidad de la cruz nos pide llamar a las cosas por su nombre y establecer una clara frontera entre los valores y los anti-valores.

Vamos descubriendo que la vida cristiana como camino de santificación que se inicia con el bautismo, debe transformar el ámbito de nuestra vida personal e íntima para irradiar a la comunidad. La vida nueva que se inicia con el bautismo debe expresarse en acciones de solidaridad y acogida hacia los necesitados y configurar una nítida escala de valores que será la guía para la toma de decisiones.


La esperanza cristiana como fuerza de los mártires. Cuando, en el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos en misión, no los ilusiona con quimeras de fácil suceso; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios implica siempre una oposición. Y usa incluso una expresión extrema: «Serán odiados – odiados – por todos a causa de mi Nombre» (Mt 10,22). Los cristianos aman, pero no siempre son amados…
Los cristianos son pues hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal: porque en el mundo se manifiesta en diversas formas el egoísmo y la injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. No por un espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.
Y la primera indicación es la pobreza. Cuando Jesús envía a sus discípulos en misión, parece que pone más atención en el “despojarlos” que en el “vestirlos”. De hecho, un cristiano que no es humilde y pobre, desapegado de las riquezas y del poder y sobre todo desapegado de sí, no se asemeja a Jesús. El cristiano recorre su camino en este mundo con lo esencial para el camino, pero con el corazón lleno de amor. La verdadera derrota para él o para ella es caer en la tentación de la venganza y de la violencia, respondiendo al mal con el mal. Jesús nos dice: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). Por lo tanto, sin fauces, sin garras, sin armas. El cristiano mejor dicho deberá ser prudente, a veces también astuto: estas son virtudes aceptadas por la lógica evangélica. Pero la violencia jamás. Para derrotar al mal, no se puede compartir los métodos del mal.
Vaticano, 28 de junio 2017

Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y María. Padre Nicolás Schwizer Inst. Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Lectio Divina: los sábados 16 hs. en:

Círculo Bíblico San José
Parroquia San José: Brandsen 4970
V. Domínico.
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sábado, 24 de junio de 2017

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.

Décimo segundo domingo
durante el año
Ciclo A, Lecturas del 25-06-17



Dios mío, envía ahora tu Espíritu sobre mí y que abra mis ojos y mis oídos a tu Palabra, que me guíe y asista al meditar tus enseñanzas, para que tu Palabra penetre en mi corazón, y me conduzca a la Verdad completa. 
Amén

Lectura del libro del profeta Jeremías 20, 10-13
Dijo el profeta Jeremías: Oía los rumores de la gente: «¡Terror por todas partes! ¡Denúncienlo! ¡Sí, lo denunciaremos!» Hasta mis amigos más íntimos acechaban mi caída: «Tal vez se lo pueda seducir; prevaleceremos sobre él y nos tomaremos nuestra venganza.»               
Pero el Señor está conmigo como un guerrero temible: por eso mis perseguidores tropezarán y no podrán prevalecer; se avergonzarán de su fracaso, será una confusión eterna, inolvidable.
 Señor de los ejércitos, que examinas al justo, que ves las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos!, porque a ti he encomendado mi causa.   
¡Canten al Señor, alaben al Señor, porque él libró la vida del indigente del poder de los malhechores! Palabra de Dios. 

Salmo 68 
R. Respóndeme, Dios mío, por tu gran amor.

Por ti he soportado afrentas y la vergüenza cubrió mi rostro; me convertí en un extraño para mis hermanos, fui un extranjero para los hijos de mi madre: porque el celo de tu Casa me devora, y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian.  R.
Pero mi oración sube hasta ti, Señor, en el momento favorable: respóndeme, Dios mío, por tu gran amor, sálvame, por tu fidelidad.
Respóndeme, Señor, por tu bondad y tu amor, por tu gran compasión vuélvete a mí.  R.
Que lo vean los humildes y se alegren, que vivan los que buscan al Señor: porque el Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos.        
Que lo alaben el cielo, la tierra y el mar, y todos los seres que se mueven en ellos.  R.

Carta de san Pablo a los Romanos 5, 12-15
Hermanos: Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. En efecto, el pecado ya estaba en el mundo, antes de la Ley, pero cuando no hay Ley, el pecado no se tiene en cuenta. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso en aquellos que no habían pecado, cometiendo una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que debía venir.             
Pero no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos. Palabra de Dios.

Evangelio según san Mateo 10, 26-33
Jesús dijo a sus apóstoles: No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.                
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres. Palabra del Señor.


 Reflexión    

El Evangelio de hoy contiene un pasaje del largo discurso de Jesús a los Doce, a quienes envió a anunciar la Buena Noticia. Y para eso les da una serie de instrucciones y los alienta a no sentir temor de dar testimonio. Lo que recibieron gratis, debían darlo gratuitamente. Jesús reveló muchas cosas a los Doce, las cuales deben proclamar desde los tejados. Esta misión de la Iglesia se identifica hoy con la comunicación social, que, desde lo alto, donde giran los satélites, o desde la “nube” de Internet, debe ingresar a los hogares para llevar paz. Comunicar buenas noticias siempre ha sido riesgoso.

Esto lo padeció el profeta Jeremías, que denunció las amenazas que sufría por decir la verdad. Esta es una realidad que acompaña a los discípulos misioneros de todos los tiempos, e incluso en el nuestro.
Las palabras de Jeremías son el grito de esperanza y de seguridad cuando se encuentra solo en medio de sus enemigos. “Pero Yahvé está conmigo, él, mi poderoso defensor; los que me persiguen no me vencerán” grita Jeremías, y en este domingo también nosotros somos invitados a repetir estas palabras, cada vez que sentimos que las dificultades o los problemas nos agobian.
Con demasiada frecuencia nos encontramos angustiados y atemorizados por las dificultades de la vida. Con gente que vive constantemente preocupada por los acontecimientos adversos y por los obstáculos que se agrandan cuando uno solo cuenta con las fuerzas humanas para salir adelante. Pero el Señor nos invita a comportarnos y a vivir como verdaderos hijos de Dios. A tener confianza en la providencia de nuestro Padre Dios, y a vivir como hijos que confían en un Dios misericordioso, que cuida de nosotros.
Jesús declara el inmenso amor que nos tiene y el gran valor que posee para Dios cada uno de sus hijos.
La filiación divina, que no es más que el convencimiento y la certeza de que somos verdaderos Hijos de Dios, nos hace fuertes en medio de los obstáculos con que tropezamos todos los días.
El Señor es mi luz y mi salvación. ¿A quién temeré? De la seguridad de ser Hijos de Dios surge una moral de victoria que no se confunde con la petulancia ni con la ingenuidad, sino que es la firmeza alegre de todo cristiano de saber que, a pesar de las dificultades y las limitaciones, la victoria la ha ganado Cristo con su gloriosa Resurrección.

Pero todos nosotros somos apóstoles y fuimos llamados a la evangelización. Es por eso que las palabras de Jesús las tenemos que tomar también como dirigidas a cada uno de nosotros, y la confianza a que nos exhorta el Señor, también la tenemos que tener en nuestra labor apostólica.
Jesús nos dice que no nos preocupemos demasiado cuando recibimos una calumnia o se murmura de nosotros cada vez que proclamamos una verdad del Evangelio, o difundimos sus enseñanzas. No les tengan miedo a los hombres. Nada hay oculto que no llegue a ser descubierto, ni nada secreto que no llegue a saberse, dice el Señor.
Si alguna vez nos callamos, debería ser porque es el momento oportuno de callar, por prudencia o por caridad, pero no por miedo o por cobardía. No somos amigos de la oscuridad y de los rincones, sino de la luz, de la claridad en la vida y en la palabra. Vivimos tiempos en que se hace necesario proclamar la verdad sin ambigüedades, porque la mentira y la confusión son difundidas a diario de muchas formas, incluso por los medios de comunicación.

El testimonio de los primeros cristianos evidenciaba que era imposible ser discípulo de Cristo, si no se pagaba antes el alto costo de la persecución o el martirio.
La expresión “no tengan miedo” refuerza la idea de que anunciar el evangelio es para valientes. Este miedo había llevado a algunos de la primera comunidad a una forma alternativa de testimonio, por eso se buscaba “acomodar” el mensaje de Jesús como una cuestión intimista o solo de sacristía. Pero Jesús dice lo contrario: “lo que está encubierto será descubierto”, es decir, su mensaje ha de proclamarse hasta las últimas consecuencias. La lucha por la justicia, muchas veces, choca contra los intereses mezquinos de algunos, y se corre el riesgo de recibir amenazas de diferentes sectores sociales.

Quédate conmigo, Señor.

Quédate conmigo, Señor, porque Yo soy débil y necesito de tu fortaleza, para que no caiga tan frecuentemente. 
Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi vida y sin Ti Yo estoy sin fervor. 
Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi luz y sin ti yo estoy en la oscuridad. 
Quédate conmigo, Señor, para mostrarme tu voluntad. 
Quédate conmigo, Señor, para que yo pueda escuchar Tú voz y seguirte. 
Quédate conmigo, Señor, porque se hace tarde y el día se está terminando, y la vida pasa. Es necesario que renueve mi fortaleza, para que yo no pare en el camino y por eso yo te necesito.  Se está haciendo tarde y tengo miedo de la oscuridad, las tentaciones, la aridez, la cruz, los sufrimientos. Oh como te necesito, mi Jesús, en esta noche de exilio. 
Quédate conmigo, esta noche, Jesús, en la vida con todos los peligros, yo te necesito. Déjame reconocerte como lo hicieron tus discípulos en la partición del pan, para que la Comunión Eucarística sea la luz que dispersa la oscuridad, la fuerza que me sostiene, el único gozo de mi corazón. P. Pio
      




No dejemos que las falsas sabidurías de este mundo nos desvíen; sigamos a Jesús como única guía segura que da sentido a nuestra vida.

No miremos para otro lado ante las nuevas formas de pobreza y marginación que impiden a las personas vivir dignamente.

Nadie es una isla, autónomo e independiente de los demás: solamente podemos construir el futuro juntos, sin excluir a nadie.

Jesús se ha dejado «partir», se parte por nosotros. Es la Eucaristía. Y pide que nos demos, que nos partamos por los demás.

El amor pide una respuesta creativa, concreta. No bastan los buenos propósitos: los demás no son números, sino hermanos que hemos de cuidar.

La Iglesia resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor.

Cada uno de nosotros, como miembro vivo del Cuerpo de Cristo, está llamado a promover la unidad y la paz.

La humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes.

Las 12 promesas del Sagrado Corazón de Jesús son:
A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado.
Daré la paz a las familias.
Las consolaré en todas sus aflicciones.
Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte.
Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas.
Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.
Las almas tibias se harán fervorosas.
Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección.
Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.
Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos.
Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.
A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y María. Hojita s. Pablo
Lectio Divina: los sábados 16 hs. en:

Círculo Bíblico San José
Parroquia San José: Brandsen 4970
V. Domínico.

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sábado, 17 de junio de 2017

"El Cuerpo y la Sangre de Jesús, nos hace pasar de ser multitud a ser comunidad"



Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Ciclo A, Lecturas del 18-06-17

Dios mío, envía ahora tu Espíritu sobre mí y que abra mis ojos y mis oídos a tu Palabra, que me guíe y asista al meditar tus enseñanzas, para que tu Palabra penetre en mi corazón, y me conduzca a la Verdad completa. 
Amén

Libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a
Moisés habló al pueblo diciendo: «Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años.
Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos. Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.                      
No olvides al Señor, tu Dios, que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud, y te condujo por ese inmenso y temible desierto, entre serpientes abrasadoras y escorpiones. No olvides al Señor, tu Dios, que en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca, y en el desierto te alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres.» Palabra de Dios.

Salmo 147
R. ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión! El reforzó los cerrojos de tus puertas y bendijo a tus hijos dentro de ti.  R.
El asegura la paz en tus fronteras y te sacia con lo mejor del trigo. Envía su mensaje a la tierra, su palabra corre velozmente.  R.
Revela su palabra a Jacob, sus preceptos y mandatos a Israel: a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos.  R.

Primera carta Pablo a los Corintios 10, 16-18
La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo?
Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?             
Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan. 
Pensemos en Israel según la carne: aquellos que comen las víctimas, ¿no están acaso en comunión con el altar? 
Palabra de Dios.
Evangelio según san Juan 6, 51-58
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.  Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.  
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»
Palabra del Señor.

Reflexión: 
Reavivar la memoria de Jesús. La última Cena es el gesto privilegiado en el que Jesús, ante la proximidad de su muerte, recapitula lo que ha sido su vida y lo que va a ser su crucifixión. En esa Cena se concentra y revela de manera excepcional el contenido salvador de toda su existencia: su amor al Padre y su compasión hacia los humanos, llevado hasta el extremo. Por eso es tan importante una celebración viva de la eucaristía. En ella actualizamos la presencia de Jesús en medio de nosotros. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto de su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento a Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino. Hemos de escuchar con más hondura el mandato de Jesús: "Hagan esto en memoria mía". En medio de dificultades, obstáculos y resistencias, hemos de luchar contra el olvido. Necesitamos hacer memoria de Jesús con más verdad y autenticidad. (1)

El misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo es un misterio de Amor, pues la presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada es muestra del infinito Amor de Dios por nosotros, sus criaturas, pues en la Eucaristía se hace presente nuevamente el sacrificio de Cristo en la cruz, es decir, su entrega de Amor por nosotros los hombres.
“Quien come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él” (Jn.6, 56.)
Es así como, recibiendo a Jesucristo en la Eucaristía, dice el Señor a Santa Catalina de Siena, “... el alma está en Mí y Yo en ella. Como el pez que está en el mar y el mar en el pez, así estoy Yo en el alma y ella en Mí, (Mar de Paz cf. “El Diálogo”).
Jesucristo murió, resucitó y subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre, pero también permanece en la hostia consagrada, en todos los sagrarios del mundo, y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser alimento de nuestra vida espiritual.  Es este el gran misterio que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres. Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse. Cierto que se ha quedado -dijéramos- como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver. En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad -cuerpo, alma y espíritu- para dar a nuestra vida, su Vida, para dar a nuestra oscuridad, su Luz.
Y nuestra alma necesita de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el Bautismo, gracia que es la semilla de nuestra vida espiritual.

“Comunión Eucarística”. En la segunda lectura san Pablo nos presenta la Eucaristía como misterio de comunión: "El cáliz que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?". Comunión significa intercambio, compartir. La regla fundamental de compartir es ésta: lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío. Probemos aplicar esta regla a la comunión eucarística y nos daremos cuenta de la "enormidad" del tema.            
¿"Qué tengo yo específicamente 'mío' "? La miseria, el pecado: esto es exclusivamente mío. ¿Y qué tiene "suyo" Jesús que no sea santidad, perfección de todas las virtudes? Entonces la comunión consiste en el hecho de que yo doy a Jesús mi pecado y mi pobreza, y Él me da su santidad. Se realiza el "maravilloso intercambio", como lo define la liturgia.       

Leamos cómo prosigue el texto inicial de san Pablo: "Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". Está claro que en este segundo caso la palabra "cuerpo" no indica ya el cuerpo de Cristo nacido de María, sino que nos indica a "todos nosotros", indica aquel cuerpo de Cristo más amplio, que es la Iglesia. Esto significa que la comunión eucarística es siempre también comunión entre nosotros. Comiendo todos del único alimento, formamos un solo cuerpo.
Si estamos divididos entre nosotros, nos odiamos, no estamos dispuestos a reconciliarnos, no vamos a poder tener verdadera comunión con Cristo…

Al darnos la sagrada forma, el sacerdote dice: "El cuerpo de Cristo", y respondemos: "¡Amén!". Ahora sabemos a quién decimos "Amen", o sea, sí, te acojo: no sólo a Jesús, el Hijo de Dios, sino también al prójimoEn la fiesta del "Corpus Cristi" no puedo ocultar un pesar.
Hoy seguimos preguntando: "¿Dónde está Dios?", y no nos percatamos de que está con nosotros y se ha hecho comida y bebida para estar aún más íntimamente unido a nosotros. Juan el Bautista debería repetir tristemente: "En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis". La solemnidad del "Corpus Cristi" nació precisamente para ayudar a los cristianos a tomar conciencia de esta presencia de Cristo entre nosotros. (2)

Cristo nos alimenta uniéndonos a él. (3) El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que «quien coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51). Pero esta «vida eterna» se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: «El que me come vivirá por mí» (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio «creído» y «celebrado» contiene en sí un dinamismo que lo convierte en principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana.

"De la misma manera que el Padre, que vive, me ha enviado y que yo vivo por Él, de la misma manera aquellos que me coman, vivirán por Mi»

Comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente.
Análogamente a lo que san Agustín dice en las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor imagina que se le dice: «Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí». 
En efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. 
Cristo nos alimenta uniéndonos a él; «nos atrae hacia sí».

La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latreía.

A este respecto, las palabras de san Pablo a los Romanos son la formulación más sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios: «Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable» (Rm 12,1).


      
                                                                                                     
" Esta tarde también nosotros estamos en torno a la mesa del Señor, a la mesa del Sacrificio eucarístico, en el que Él nos dona su cuerpo una vez más, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, en el nutrirse de su Cuerpo y de su Sangre, que Él nos hace pasar del ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él.                  
Entonces tendremos todos que preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo la Eucaristía? ¿La vivo en forma anónima o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con tantos hermanos y hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?           

Esta tarde, una vez más, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su cuerpo, se hace don, y también nosotros experimentamos la “solidaridad de Dios” con el hombre, una solidaridad que no se acaba jamás, una solidaridad que nunca termina de sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo, la muerte.    
También esta tarde Jesús se dona a nosotros en la Eucaristía, comparte nuestro mismo camino, es más se hace alimento, el verdadero alimento que sostiene nuestra vida en los momentos en los que el camino se hace duro, los obstáculos frenan nuestros pasos.
Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, aquel del servicio, del compartir, del donarse, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si es compartido se convierte en riqueza, porque es la potencia de Dios, que es la potencia del amor que desciende sobre nuestra pobreza para transformarla.                       
Esta tarde entonces preguntémonos, adorando a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor que se dona a mí, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño espacio y no tener miedo de donar, de compartir, de amarlo a Él y a los demás?                        
Seguimiento, comunión, compartir. Oremos para que la participación a la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo aquello que somos. Entonces nuestra existencia será verdaderamente fecunda. Amén. (mayo 2013)

Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. J A Pagola. R. Cantalamessa. «Sacramentum Caritatis», B XVI.
Lectio Divina: los sábados 16 hs. en:

Círculo Bíblico San José
Parroquia San José: Brandsen 4970
V. Domínico.

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sábado, 10 de junio de 2017

“Dios Amor nos invita al gozo de su vida en comunidad"

 
Solemnidad de la Santísima Trinidad

 Ciclo A, Lecturas del 11-06-17

Dios mío, envía ahora tu Espíritu sobre mí y que abra mis ojos y mis oídos a tu Palabra, que me guíe y asista al meditar tus enseñanzas, para que tu Palabra penetre en mi corazón, y me conduzca a la Verdad completa. Amén
  
Lectura del libro del Éxodo 34, 4b-6. 8-9 
Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos.
El Señor descendió en la nube, y permaneció allí, junto a él. Moisés invocó el nombre del Señor.
El Señor pasó delante de él y exclamó: «El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad.»              
Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: «Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia.» Palabra de Dios.

Salmo: Dn. 3, 52. 53. 54. 55. 56

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres. Bendito sea tu santo y glorioso Nombre.
R. Alabado y exaltado eternamente.
Bendito seas en el Templo de tu santa gloria. R. Aclamado y glorificado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el trono de tu reino.
R. Aclamado por encima de todo y exaltado eternamente.
Bendito seas tú, que sondeas los abismos    
 y te sientas sobre los querubines.
R. Alabado y exaltado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el firmamento del cielo.      
R. Aclamado y glorificado eternamente.
  
2° carta de Pablo a los Corintios 13, 11-13
Hermanos: Alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz. Y entonces, el Dios del amor y de la paz permanecerá con ustedes.
Salúdense mutuamente con el beso santo. Todos los hermanos les envían saludos.
La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes. Palabra de Dios.
Evangelio según san Juan 3, 16-18
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.     
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Palabra del Señor.

Reflexión:
“Dios Amor nos invita al gozo
de su vida en comunidad”

«Dios no es soledad, sino comunión perfecta. Del Dios comunión surge la vocación de toda la humanidad a formar una sola gran familia, en la que las diferentes razas y culturas se encuentran y se enriquecen recíprocamente». (1)

La Iglesia celebra hoy el misterio central de nuestra fe, el misterio de la Santísima Trinidad, fuente de todos los dones y gracias; el misterio de la vida íntima de Dios. Este misterio que no podemos comprender totalmente, sí podemos vivirlo, ya san Pablo, se despedía de las comunidades cristianas diciendo:

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor
del Padre y la comunión del Espíritu Santo,
esté siempre con ustedes”

Hoy la liturgia quiere destacar que a la luz del misterio pascual se revela plenamente el centro del cosmos y de la historia: Dios mismo, Amor eterno e infinito. Toda la revelación se resume en estas palabras: "Dios es amor" (1Jn 4, 8. 16); y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla, sino más bien exaltando sus potencialidades. Jesús nos ha revelado el misterio de Dios: él, el Hijo, nos ha dado a conocer al Padre que está en los cielos, y nos ha donado el Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo. La teología cristiana sintetiza la verdad sobre Dios con esta expresión: una única sustancia en tres personas. Dios no es soledad, sino comunión perfecta. Por eso la persona humana, imagen de Dios, se realiza en el amor, que es don sincero de sí. (2)

La Trinidad, escuela de relación. ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que existe Dios como para añadirnos el enigma de que es «uno y trino»? A diario aparece quien no estaría a disgusto con dejar aparte la Trinidad, también para poder así dialogar mejor con judíos y musulmanes que profesan la fe en un Dios rígidamente único.          
La respuesta es que los cristianos creen que Dios es trino ¡porque creen que Dios es amor! Si Dios es amor debe amar a alguien. No existe un amor al vacío, sin dirigirlo a nadie. Nos interrogamos: ¿a quién ama Dios, para ser definido amor?

Una primera respuesta podría ser: ¡ama a los hombres! Pero los hombres existen desde hace algunos millones de años, no más. Entonces, antes, ¿a quién amaba Dios? No puede haber empezado a ser amor desde cierto momento, porque Dios no puede cambiar.

Segunda respuesta: antes de entonces amaba el cosmos, el universo. Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años. Antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para poderse definir amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a uno mismo no es amor, sino egoísmo, o como dicen los psicólogos, narcisismo.                  
He aquí la respuesta de la revelación cristiana. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, a quien ama con amor infinito, que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que los une. Allí donde Dios es concebido como poder absoluto, no existe necesidad de más personas, porque el poder puede ejercerlo uno solo; no así si Dios es concebido como amor absoluto.             
La teología se ha servido del término naturaleza, o sustancia, para indicar en Dios la unidad, y del término persona para indicar la distinción. Por esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres personas. La doctrina cristiana de la Trinidad no es un retroceso, un pacto entre monoteísmo y politeísmo. Al contrario: es un paso adelante que sólo el propio Dios podía hacer que lo diera la mente humana.     
La contemplación de la Trinidad puede tener un precioso impacto en nuestra vida humana. Es un misterio de relación. Las personas divinas no tienen relaciones, sino que son relaciones. Los seres humanos tenemos relaciones -entre padre e hijo, entre esposa y esposo, etcétera--, pero no nos agotamos en esas relaciones; existimos también fuera y sin ellas. No así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.            
La felicidad y la infelicidad en la tierra dependen en gran medida, lo sabemos, de la calidad de nuestras relaciones. La Trinidad nos revela el secreto para tener relaciones bellas. Lo que hace bella, libre y gratificante una relación es el amor en sus diferentes expresiones. Aquí se ve cuán importante es que se contemple a Dios ante todo como amor, no como poder: el amor dona, el poder domina. Lo que envenena una relación es querer dominar al otro, poseerle, instrumentalizarlo, en vez de acogerle y entregarse.                      
Debo añadir una observación importante. ¡El Dios cristiano es uno y trino! Ésta es, por lo tanto, la solemnidad de la unidad de Dios, no sólo de su trinidad. Los cristianos también creemos «en un solo Dios», sólo que la unidad en la que creemos no es una unidad de número, sino de naturaleza. Se parece más a la unidad de la familia que a la del individuo, más a la unidad de la célula que a la del átomo.                   
Fuimos creados para “vivir”. Porque fuimos creados en el Verbo (Jn 1,3) vivimos sedientos de amor: por eso lo que más nos duele es una mala relación. Es algo que llevamos impregnado dentro. Pues bien, por la entrada y permanencia de Jesús en nuestra vida, Él como Verbo lleno de amor, nos rescata de nuestras soledades y aislamientos, sana nuestras incomunicaciones y malas relaciones al colocarlas en el plano superior del amor primero y perfecto que viene de Dios.  Todo lo hace converger allí y de Él, de lo alto, brota una nueva capacidad de amar. Y si bien pasamos por el trauma de la muerte física, viviremos para siempre porque en esa relación no hay lugar para la muerte, y esto: porque el Cielo de la Trinidad ya está en nosotros.

Así, la misión del Hijo queda “completa”, esto es, darnos la vida eterna de Dios: “Para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,26). (3)

La Trinidad Santa nos habita de manera inefable. Gracias a la “guía” del Espíritu que todo lo conduce “hasta la Verdad completa”, nuestra vida se va paulatinamente cristificando, impregnando en nosotros el rostro del amor. 

La identidad con el Hijo, la participación en su gloria, nos hace posible unirnos al amor de los Tres, compartir su vida de alabanza recíproca, de amor y de gozo, y meditar largamente y en profunda paz las confidencias del Uno y del Otro a través de la escucha de lo que el Espíritu nos coloca en el corazón.

Siendo todo esto así, no se puede ser cristiano completo sin vivir en la Trinidad, porque la novedad de la vida bautismal –somos bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”- está iluminada por un amor transformante del Dios familia: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Romanos 5,5). ¿Qué más se puede desear?  (4)

“Dios Amor nos invita al gozo de su vida en comunidad”

     El misterio de la Trinidad         

"Padre, no he venido a confesarme sino para que se me aclaren algunas dudas que me atormentan. Me turba, sobre todo, el misterio de la Santísima Trinidad”.

El padre, con sencillas palabras, comenzó a disipar las dudas: "Hija, ¿quién puede comprender y explicar los misterios de Dios? Se llaman misterios precisamente porque no pueden ser comprendidos por nuestra pequeña inteligencia. Podemos formarnos alguna idea con ejemplos. ¿Has visto alguna vez preparar la masa para hacer el pan? ¿Qué hace el panadero? Toma la harina, la levadura y el agua. Son tres elementos distintos: la harina no es la levadura ni el agua; la levadura no es la harina ni el agua y el agua no es la harina ni la levadura. Se mezclan los tres elementos y se forma una sola sustancia. Por lo tanto, tres elementos distintos forman unidos una sola sustancia. Con esta masa se hacen tres panes que tienen la misma sustancia, pero distintos en la forma el uno del otro. Eso es, tres panes distintos el uno del otro, pero una única sustancia.

Así se dice de Dios: Él es uno en la naturaleza, Trino en las personas iguales y distintas la una de la otra. El Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo; el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Son tres personas iguales pero distintas. Sin embargo, son un solo Dios porque única e idéntica es la naturaleza de Dios".
 Los Milagros del P. Pío, P. Luis Butera


La Santísima Trinidad es un misterio que invita a vivir el amor hacia el prójimo, sin egoísmos y así “testimoniar de acuerdo a la belleza del Evangelio”, “compartiendo alegrías y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorizando los diversos carismas bajo la guía de los pastores”.
 “La Trinidad es comunión de Personas divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra, una en la otra”.
“Él nos ha hablado de Dios como Padre; nos ha hablado del Espíritu Santo; y nos ha hablado de Sí mismo como Hijo de Dios”, pero también “envió a sus discípulos a evangelizar a la gente” y a bautizarla “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Es un mandato que “lo dirige también a cada uno de nosotros que, por la fuerza del Bautismo, hacemos parte de su Comunidad” y en relación a la solemnidad de este día “nos renueva la misión de vivir la comunión con Dios y entre nosotros sobre el modelo de la trinidad”.

Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. (1) Juan Pablo II. (2) Benedicto XVI. (3) Raniero Cantalamessa. (4) P. Fidel Oñoro, CELAM

Lectio Divina: los sábados 16 hs. en:

Círculo Bíblico San José
Parroquia San José: Brandsen 4970
V. Domínico.

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