Lecturas del 2-5-10 – Ciclo C –
Lectura Hechos Apóstoles 14, 21b-27
Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.
En cada comunidad establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído.
Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Luego anunciaron la Palabra en Perge y descendieron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababan de cumplir.
A su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.
Palabra de Dios.
Salmo: 144
R. Bendeciré tu Nombre eternamente,
Dios mío, el único Rey.
El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. R.
Que todas tus obras te den gracias, Señor, y tus fieles te bendigan; que anuncien la gloria de tu reino y proclamen tu poder. R.
Así manifestarán a los hombres tu fuerza y el glorioso esplendor de tu reino: tu reino es un reino eterno, y tu dominio permanece para siempre. R.
Lectura libro del Apocalipsis 21, 1-5a
Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos. El secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó.»
Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas».
Palabra de Dios.
S. Evangelio san Juan 13, 31-33a. 34-35
Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.
Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.» Palabra del Señor.
Reflexión
¿QUÉ ES LO NUEVO?
Hay una palabra que se repite varias veces en las lecturas de este domingo. Se habla de «un nuevo cielo y una nueva tierra», de la «nueva Jerusalén», de Dios, que hace «nuevas todas las cosas», y finalmente, en el Evangelio, del «mandamiento nuevo»: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como Yo los he amado»
«Nuevo», «novedad» pertenecen a ese restringido número de palabras «mágicas» que evocan siempre significados positivos. Nuevo flamante, ropa nueva, vida nueva, nuevo día, año nuevo. Lo nuevo es noticia. Son sinónimos.
El Evangelio se llama «buena nueva» precisamente porque contiene la novedad por excelencia.
¿Por qué nos gusta tanto lo nuevo? No sólo porque lo que es nuevo, no usado (por ejemplo, un coche), en general funciona mejor. Si sólo fuera por esto, ¿por qué daríamos la bienvenida con tanta alegría al año nuevo, a un nuevo día?
El motivo profundo es que la novedad, lo que no es aún conocido y no ha sido aún experimentado, deja más espacio a la expectativa, a la sorpresa, a la esperanza, al sueño.
Y la felicidad es precisamente hija de estas cosas. Si estuviéramos seguros de que el año nuevo nos reserva exactamente las mismas cosas que el anterior, ni más ni menos, nos dejaría de gustar.
Nuevo no se opone a «antiguo», sino a «viejo». De hecho, también «antiguo» y «antigüedad» o «anticuario» son palabras positivas.
¿Cuál es la diferencia? Viejo es lo que, con el paso del tiempo, se deteriora y pierde valor; antiguo es aquello que, con el paso del tiempo, mejora y adquiere valor. Por eso se procura evitar la expresión «Viejo Testamento» y se prefiere hablar de «Antiguo Testamento».
Ahora, con estas premisas, acerquémonos a la palabra del Evangelio. Se plantea inmediatamente un interrogante: ¿cómo se define «nuevo» un mandamiento que era conocido ya desde el Antiguo Testamento (cfr. Lev 19, 18)?
Aquí vuelve a ser útil la distinción entre viejo y antiguo. «Nuevo» no se opone, en este caso, a «antiguo», sino a «viejo».
El propio evangelista Juan, en otro pasaje, escribe: «Queridos, no les escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo, que tienen desde el principio... Y sin embargo les escribo un mandamiento nuevo» (1 Jn 2, 7-8).
En resumen, ¿un mandamiento nuevo o un mandamiento antiguo? Lo uno y lo otro. Antiguo según la letra, porque se había dado desde hace tiempo; nuevo según el Espíritu, porque sólo con Cristo se dio también la fuerza de ponerlo en práctica.
Nuevo no se opone aquí, decía, a antiguo, sino a viejo. Lo de amar al prójimo «como a uno mismo» se había convertido en un mandamiento «viejo», esto es, débil y desgastado, a fuerza de ser trasgredido, porque la Ley imponía, sí, la obligación de amar, pero no daba la fuerza para hacerlo.
Se necesita por ello la gracia. Y de hecho, no es cuando Jesús lo formula durante su vida que el mandamiento del amor se transforma en un mandamiento nuevo, sino cuando, muriendo en la cruz y dándonos el Espíritu Santo, nos hace de hecho capaces de amarnos los unos a los otros, infundiendo en nosotros el amor que Él mismo tiene por cada uno.
El mandamiento de Jesús es un mandamiento nuevo en sentido activo y dinámico: porque «renueva», hace nuevo, transforma todo. «Es este amor que nos renueva, haciéndonos hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, cantores del cántico nuevo» (San Agustín).
Si el amor hablara, podría hacer suyas las palabras que Dios pronuncia en la segunda lectura de hoy: «He aquí que hago nuevas todas las cosas».
Pbro. Carlos Ontivero
Para Reflexionar sobre el amor nos dejamos guiar por el texto de San Pablo:
1Corintios 13,1-8
Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.
Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.
El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá.
Preguntas para la meditación
¿Me descubro realmente como un “amigo amado” del Señor?
Cómo impacta hoy en mi vida el mandamiento del amor que Jesús aquí enuncia:
·¿Amo a los demás? ¿Cómo los amo?
·¿Amo a los demás como Cristo los ama?
·¿Cuál es mi entrega, por los hermanos en el servicio, el perdón, el respeto y el cuidado del otro?
En mi familia, en mi grupo, en mi comunidad: ¿nos amamos de tal manera que se pueda percibir que somos discípulos del Señor?
San José Obrero: El día 1 de Mayo del año 1955, el Papa Pío XII, instituyó la fiesta de San José Obrero. Una fiesta bien distinta que ha de celebrarse desde el punto de partida del amor a Dios y de ahí pasar a la vigilancia por la responsabilidad de todos y de cada uno al amplísimo y complejo mundo de la relación con el prójimo basada en el amor: desde el trabajador al empresario y del trabajo al capital, pasando por poner de relieve y bien manifiesta la dignidad del trabajo -don de Dios- y del trabajador -imagen de Dios-, los derechos a una vivienda digna, a formar familia, al salario justo para alimentarla y a la asistencia social para atenderla, al ocio y a practicar la religión que su conciencia le dicte.
Para pensar:
Ama hoy, mañana puede ser muy tarde
¿Ayer?...¡Eso hace tiempo!...
¿Mañana?...No nos es permitido saber...
Mañana puede ser muy tarde... Para decir que amas, para decir que perdonas, para decir que disculpas, para decir que quieres intentar nuevamente...
Mañana puede ser muy tarde... Para pedir perdón, para decir: ¡Discúlpame, el error fue mío...!
Tu amor, mañana, puede ser inútil;
Tu perdón, mañana, puede no ser preciso; Tu regreso, mañana, puede que no sea esperado; Tu carta, mañana, puede no ser leída; Tu cariño, mañana, puede no ser más necesario; Tu abrazo, mañana, puede no encontrar otros brazos...
Porque mañana puede ser muy, muy tarde!
No dejes para mañana para decir: ¡Te amo! ¡Te extraño!, ¡Perdóname!, ¡Discúlpame! ¡Esta flor es para ti!, ¡Te encuentras muy bien!
No dejes para mañana Tu sonrisa, Tu abrazo, Tu cariño, Tu trabajo, Tu sueño, Tu ayuda...
No dejes para mañana para preguntar:
¿Puedo ayudarte? ¿Por qué estás triste? ¿Qué te pasa? ¡Oye!...ven aquí, vamos a conversar. ¿Dónde está tu sonrisa? ¿Aún me das la oportunidad? ¿Por qué no empezamos nuevamente? Estoy contigo. ¿Sabes que puedes contar conmigo? ¿Dónde están tus sueños?
Recuerda: ¡Mañana puede ser tarde...muy tarde! ¡Busca!, ¡Pide!, ¡Insiste!, ¡Intenta una vez más! ¡Solamente el "hoy" es definitivo! ¡Mañana puede ser tarde...muy tarde!
Busca a Cristo hoy. ¡Mañana pueda ser muy tarde!
Cuento de autor Desconocido
Oración:
Nuestro Dios que es fuente de amor colme tu interior con su Paz.
Jesucristo, Amor que se entrega haga de ti un instrumento de reconciliación.
El Espíritu Santo, vínculo y unidad haga de tu corazón ardiente impulso de comunión.
El Señor te bendiga y te guarde y haga de ti una bendición para los demás!
Lecturas de la semana:
Lunes 3: 1Corinto 15,1-8; Salmo 18; Juan 14, 6-14.
Martes 4: Hechos apóstoles14,19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31.
Miércoles 5: Hechos apóstoles 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8.
Jueves 6: Hechos apóstoles 5,7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11.
Viernes 7: Hechos apóstoles 15, 22-31; Salmo 56; Juan 15,12-17.
Sábado 8: Isaísd35,1-7.10; Salmo Lc.1,46-48.49-50.51-53.54-55;Efesio1,3-14; Juan19, 25-27.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones que acompañan las lecturas, textos de distintos autores: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria.
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
en la Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Dominico.
Círculo Bíblico San José
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¡Con su Palabra, Jesús se nos revela y sale a nuestro encuentro, para que experimentemos al Dios de la vida!
Intención para la evangelización ‐
Intenciones de oración de septiembre: Oremos por una gestión justa y sostenible del agua, recurso vital, para que todos tengan acceso equitativo a ella.
"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre"
"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre" Mt 7, 7-8.
No sé qué quería, pero había algo en mí que me movía a buscar, tal vez que las cosas tengan sentido, y te encontré. Me cuestionaba sobre la vida y me diste tu sabiduría para que pueda encontrar alegría y paz. Ante mis miedos y dudas, te pido que me acompañes en mi peregrinar y me das tu Espíritu Santo, el mismo que te acompaño a vos, hoy me acompaña a mí, me asiste y guía.
Hoy sigo buscando más de tu Palabra, de la Verdad y el camino, con la confianza puesta en vos, Dios mío, sé que estás presente en mi vida. Ven Señor Jesús, te necesito.
Del libro de la Sabiduría 6, 12-16
Del libro de la Sabiduría 6, 12-16: La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean.
El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de inquietudes.
La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y le sale al encuentro en todos sus pensamientos.
viernes, 7 de mayo de 2010
domingo, 25 de abril de 2010
Cuarto Domingo de Pascua, « Yo les doy vida eterna»
Lecturas del 25-4-10
Hechos de los Apóstoles 13, 14. 43-52
Pablo y Bernabé continuaron su viaje, y de Perge fueron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron.
Cuando se disolvió la asamblea, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé. Estos conversaban con ellos, exhortándolos a permanecer fieles a la gracia de Dios.
Casi toda la ciudad se reunió el sábado siguiente para escuchar la Palabra de Dios. Al ver esa multitud, los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron: «A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos. Así nos ha ordenado el Señor: “Yo te he establecido para ser la luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra.»
Al oír esto, los paganos, llenos de alegría, alabaron la Palabra de Dios, y todos los que estaban destinados a la Vida eterna abrazaron la fe. Así la Palabra del Señor se iba extendiendo por toda la región. Pero los judíos instigaron a unas mujeres piadosas que pertenecían a la aristocracia y a los principales de la ciudad, provocando una persecución contra Pablo y Bernabé, y los echaron de su territorio. Estos, sacudiendo el polvo de sus pies en señal de protesta contra ellos, se dirigieron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo. Palabra de Dios.
Salmo 99
R. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Aclame al Señor toda la tierra, sirvan al Señor con alegría, lleguen hasta él con cantos jubilosos. R.
Reconozcan que el Señor es Dios: él nos hizo y a él pertenecemos; somos su pueblo y ovejas de su rebaño. R.
¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones. R.
Lectura del libro del Apocalipsis 7, 9. 14b-17
Yo, Juan, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano.
Y uno de los ancianos me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios y le rinden culto día y noche en su Templo.
El que está sentado en el trono habitará con ellos: nunca más padecerán hambre ni sed, ni serán agobiados por el sol o el calor. Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva. Y Dios secará toda lágrima de sus ojos.» Palabra de Dios.
Santo Evangelio según san Juan 10, 27-30
En aquel tiempo, Jesús dijo: «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.
Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos.
Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.» Palabra del Señor.
Reflexión:
EL BUEN PASTOR
Jesús, rechazado por los dirigentes.
La escena del Evangelio se desarrolla en el templo y en los días de la fiesta de la dedicación o consagración del mismo. Los judíos celebraban tal fiesta como aniversario/recuerdo de la resistencia heroica de los macabeos contra la profanación del templo por Antioco Epífanes en el siglo II a. C. En el contexto de esta fiesta se enfrenta Jesús, una vez más, con los dirigentes judíos. De fondo está la controversia sobre su identidad y mesianismo. A la capciosa pregunta sobre si es el Mesías, Jesús no contesta directamente. Lo hace de forma indirecta, remitiendo al testimonio de sus obras, muchas y buenas, iguales a las del Padre. Ellos no le pueden creerle porque no son de los suyos. En su respuesta les ofrece la premisa necesaria para que saquen la conclusión. El conflicto está servido.
El que Juan coloque esta escena en la fiesta de la consagración del templo y sitúe a Jesús en el pórtico de Salomón, el rey que construyó el templo planeado por su padre David, es algo intencionado. El evangelista quiere decirnos que Jesús es el nuevo templo consagrado, porque realiza las obras del Padre. Como nuevo Santuario, en el que brilla la gloria de Dios, sustituye al templo antiguo. Esta pretensión de Jesús pone en cuestión la legitimidad de la institución judía y derriba las posiciones de poder de sus dirigentes. Por eso, es rechazado e intentan apedrearlo y darle muerte.
El Mesías, buen pastor
Los primeros forjadores del pueblo de Dios fueron nómadas. De ahí que la imagen del pastor con su rebaño pasase a expresar las relaciones de Dios con su pueblo. Frente a los dirigentes que no sirven ni pastorean a su pueblo, Jesús se muestra Mesías bajo la figura del buen pastor. Así lo demuestran sus obras. El conoce a sus ovejas, las conduce a los pastos, las defiende de los peligros, se entrega totalmente y da su vida por ellas. Su autoridad proviene de la dedicación que les presta. Las grandes figuras de Israel, Moisés y David, fueron pastores.
Ahora, Jesús se presenta como pastor. Así es el Mesías. Sus credenciales no son jurídicas, sino que nacen de su actividad, igual a las del Padre, a favor de los oprimidos y desvalidos. Esto pone a los dirigentes judíos en una situación difícil, pues ellos no toleran estas obras, que sus intereses personales les impiden admitirlas. De ahí que le acusen de blasfemia e intenten apedrearlo.
La nueva comunidad de Jesús: sus ovejas.
La comunidad de Jesús, el nuevo pueblo de Dios, ya que no es Israel. Los discípulos de Jesús (sus ovejas) se distinguen porque: creen en Él -escuchan (reconocen su voz)-le siguen -no se perderán/ni perecerán jamás. En la relación a esta cuádruple distinción, Jesús afirma: que lo que le entregó el Padre, sus discípulos, es lo que más le importa -Él los conoce- los defiende y les da la vida para siempre. Ellos son el nuevo pueblo y nadie podrá arrebatárselo.
Un Mesías muy humano.
Tú, siendo un hombre como los demás, te hacen Dios. Esta es la gran blasfemia que recibe Jesús de los dirigentes judíos. Esta es la gran blasfemia para ellos: uno de su raza, uno como ellos pretende ser Hijo de Dios. Hoy día, a muchos, la divinidad de Jesús no les causa problemas. Tienen dificultades en admitir su humanidad. Pero difícilmente pueden “saber” qué es y qué supone su divinidad si no son capaces de asumir plenamente su humanidad.
Abandono y salida de las antiguas instituciones.
Al rechazo de los dirigentes y a las intenciones de prenderlo, Jesús responde con su territorio judío, yéndose al otro lado del río Jordán. Este gesto simboliza la salida de una tierra e institución de opresión, y el éxodo hacia un nueva tierra prometida y de la liberación, que ya no se identifica con Israel y que, por tanto, está abierta a todo ser humano. Es allí, frente a las instituciones opresoras que lo rechazan, donde se forma su comunidad. “En aquel lugar muchos creyeron en Él”.
Una voz inconfundible. Saber escuchar
Hoy somos víctimas de una lluvia abrumadora de palabras, voces, imágenes y mensajes, que corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para escuchar la voz que necesitamos oír para tener vida. Recibimos y sorbemos imágenes, palabras, anuncios, y todo cuanto nos quieran ofrecer, para alimentar nuestra trivialidad, nuestra evasión, nuestra frustración, o nuestra posición de privilegio. Hoy, más que en otros momentos de la historia, el ser humano necesita urgentemente recuperar de nuevo la capacidad de escucha, si no quiere ver su vida y su fe ahogarse progresivamente en la trivialidad. Nuestra sociedad está enferma en su voluntad de vivir. La civilización de la abundancia le ha ofrecido medios de vida, pero no motivos para vivir.
Todos necesitamos estar más atentos a la llamada de Dios, escuchar la voz de la verdad, sintonizar con lo mejor que hay en nosotros, desarrollar esta sensibilidad interior que percibe, más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar vida a nuestra vida.
“Mis ovejas escuchan mi voz”. El primer reto es reconocer la suya entre tantas voces que nos llevan al tropel, al asalto. Nos bombardean a diario: ofreciéndonos, informándonos, pidiéndonos… hasta habrá que cribar mucho. Habrá que eliminar. Habrá que discernir cuidadosamente.
Yo las conozco
La suya es una voz amiga. Tiene el acento familiar, directo, de quien no es la primera vez que nos visita.
Sabe llegar a lo más hondo de nuestro ser, a ese fondo cuya llave guardamos celosamente. No se deja engañar por nuestra fachada, porque conoce las razones íntimas de nuestras actitudes. Sabe discernir nuestro lado positivo. Y, sabe, siempre, despertar lo mejor que hay en nosotros.
Su voz tiene un tono inconfundible: el de la vida. Nos da vida y nos abre a la vida.
Ellas me siguen
Una voz así no puede caer en vacío. Trae aires nuevos de esperanza. Pide, sí, mucho. Pero porque antes Él ha sido capaz de darnos todo, de darse entero. Seguirle es acoger y cuidar gozosamente todo lo que da la vida, y proseguir su causa.
Sólo haciendo el éxodo hacia el mundo, y escuchando “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo”, podemos seguirle. La nueva comunidad de Jesús ha de asumir esta triple opción: hacerse cargo de la realidad: lo que supone estar en la realidad del mundo para conocerla.
Cargar con la realidad: o sea, asumir con responsabilidad de lo que el mundo es y de lo que en él acontece.
Encargarse de la realidad: es decir, tomar la opción de transformarlo, de esperanzarlo, de hacerlo más habitable, más humano y más reino de vida.
En este domingo del Buen Pastor elevamos oraciones por las vocaciones sacerdotales y religiosas, pastores con la misión de guiar a las ovejas en nombre de Cristo. La vocación es una llamada de Jesús, cuya voz es distinguida entre otras voces inauténticas que llaman:
. Hay muchas voces que llaman y es necesario distinguir la verdadera.
. Se presentan muchos caminos y es necesario entrar por el que lleva a la vida.
. Hay necesidades de socorrer y compromisos que cumplir: se trata de saber cuál es la necesidad más urgente y el compromiso más ineludible.
. Hay muchas causas nobles y la elección acertada consiste en distinguir cuál es la causa tan noble que merece la entrega de la propia vida.
Qué hermosa ocasión para que miremos nuestra vida y reflexionar
Los medios de comunicación suelen ser bastantes hostiles cuando hablan de la Iglesia. La mayor parte de sus ataques se dirigen casi siempre a sus pastores: el Papa, los obispos, los sacerdotes… Como cristianos, nos sentimos incómodos ante esas críticas que muchas veces son injustas y desproporcionadas. Todos conocemos el ejemplo de muchos sacerdotes, religiosos/as, misioneros/as… que entregan su vida día a día de manera desinteresada. Otras veces, en cambio, debemos reconocer que los responsables de nuestras comunidades no están a la altura de la misión que tienen encomendada. Por eso, vamos a preguntarnos:
¿Creemos que los ministros de la Iglesia se comportan siempre como verdaderos pastores?
¿Conocemos el ejemplo de alguno cuya vida haya sido una vida de generosidad y entrega?
¿Nos hemos sentido alguna vez como “ovejas sin pastor”, es decir, desamparados o desatendidas por aquellos que en la comunidad deberían cuidar con solicitud del bien de todos?
¿Qué esperamos de los ministros y responsables de la comunidad cristiana?
¿Cómo nos gustaría relacionarnos con ellos?
¿De qué manera podríamos ayudar a nuestros pastores para que se parezca cada vez más a Jesús, el Buen Pastor?
Oremos y cantemos el Salmo 22: EL SEÑOR ES MI PASTOR.
Pbro. Daniel Silva
Lecturas de la semana:
LUNES 26: Hechos apóstoles 11, 1-18; Sal. 41; Juan 10, 1-10.
MARTES 27: 2 Timoteo 1, 13-14; 2, 1-3; Sal. 95; Mateo 9,5-38.
MIERCOLES 28: Hechos de los apóstoles 12, 24—13, 5a; Sal. 66; Juan 12, 44-50.
JUEVES 29: Hechos apóstoles 13, 13-25; Sal. 88; Juan 13, 16-20.
VIERNES 30 Hechos apóstoles 13, 26-33; Sal. 2; Juan 14, 1-6.
SABADO 1: Hechos apóstoles 9, 31-42; Sal. 115; Mateo 13, 54-58.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios.
Impresión Librería “Del Rocío” Av. Mitre 6199 – Wilde – 4207-4785
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
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Brandsen 4970 Villa Dominico.
Círculo Bíblico San José
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Hechos de los Apóstoles 13, 14. 43-52
Pablo y Bernabé continuaron su viaje, y de Perge fueron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron.
Cuando se disolvió la asamblea, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé. Estos conversaban con ellos, exhortándolos a permanecer fieles a la gracia de Dios.
Casi toda la ciudad se reunió el sábado siguiente para escuchar la Palabra de Dios. Al ver esa multitud, los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron: «A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos. Así nos ha ordenado el Señor: “Yo te he establecido para ser la luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra.»
Al oír esto, los paganos, llenos de alegría, alabaron la Palabra de Dios, y todos los que estaban destinados a la Vida eterna abrazaron la fe. Así la Palabra del Señor se iba extendiendo por toda la región. Pero los judíos instigaron a unas mujeres piadosas que pertenecían a la aristocracia y a los principales de la ciudad, provocando una persecución contra Pablo y Bernabé, y los echaron de su territorio. Estos, sacudiendo el polvo de sus pies en señal de protesta contra ellos, se dirigieron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo. Palabra de Dios.
Salmo 99
R. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Aclame al Señor toda la tierra, sirvan al Señor con alegría, lleguen hasta él con cantos jubilosos. R.
Reconozcan que el Señor es Dios: él nos hizo y a él pertenecemos; somos su pueblo y ovejas de su rebaño. R.
¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones. R.
Lectura del libro del Apocalipsis 7, 9. 14b-17
Yo, Juan, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano.
Y uno de los ancianos me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios y le rinden culto día y noche en su Templo.
El que está sentado en el trono habitará con ellos: nunca más padecerán hambre ni sed, ni serán agobiados por el sol o el calor. Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva. Y Dios secará toda lágrima de sus ojos.» Palabra de Dios.
Santo Evangelio según san Juan 10, 27-30
En aquel tiempo, Jesús dijo: «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.
Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos.
Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.» Palabra del Señor.
Reflexión:
EL BUEN PASTOR
Jesús, rechazado por los dirigentes.
La escena del Evangelio se desarrolla en el templo y en los días de la fiesta de la dedicación o consagración del mismo. Los judíos celebraban tal fiesta como aniversario/recuerdo de la resistencia heroica de los macabeos contra la profanación del templo por Antioco Epífanes en el siglo II a. C. En el contexto de esta fiesta se enfrenta Jesús, una vez más, con los dirigentes judíos. De fondo está la controversia sobre su identidad y mesianismo. A la capciosa pregunta sobre si es el Mesías, Jesús no contesta directamente. Lo hace de forma indirecta, remitiendo al testimonio de sus obras, muchas y buenas, iguales a las del Padre. Ellos no le pueden creerle porque no son de los suyos. En su respuesta les ofrece la premisa necesaria para que saquen la conclusión. El conflicto está servido.
El que Juan coloque esta escena en la fiesta de la consagración del templo y sitúe a Jesús en el pórtico de Salomón, el rey que construyó el templo planeado por su padre David, es algo intencionado. El evangelista quiere decirnos que Jesús es el nuevo templo consagrado, porque realiza las obras del Padre. Como nuevo Santuario, en el que brilla la gloria de Dios, sustituye al templo antiguo. Esta pretensión de Jesús pone en cuestión la legitimidad de la institución judía y derriba las posiciones de poder de sus dirigentes. Por eso, es rechazado e intentan apedrearlo y darle muerte.
El Mesías, buen pastor
Los primeros forjadores del pueblo de Dios fueron nómadas. De ahí que la imagen del pastor con su rebaño pasase a expresar las relaciones de Dios con su pueblo. Frente a los dirigentes que no sirven ni pastorean a su pueblo, Jesús se muestra Mesías bajo la figura del buen pastor. Así lo demuestran sus obras. El conoce a sus ovejas, las conduce a los pastos, las defiende de los peligros, se entrega totalmente y da su vida por ellas. Su autoridad proviene de la dedicación que les presta. Las grandes figuras de Israel, Moisés y David, fueron pastores.
Ahora, Jesús se presenta como pastor. Así es el Mesías. Sus credenciales no son jurídicas, sino que nacen de su actividad, igual a las del Padre, a favor de los oprimidos y desvalidos. Esto pone a los dirigentes judíos en una situación difícil, pues ellos no toleran estas obras, que sus intereses personales les impiden admitirlas. De ahí que le acusen de blasfemia e intenten apedrearlo.
La nueva comunidad de Jesús: sus ovejas.
La comunidad de Jesús, el nuevo pueblo de Dios, ya que no es Israel. Los discípulos de Jesús (sus ovejas) se distinguen porque: creen en Él -escuchan (reconocen su voz)-le siguen -no se perderán/ni perecerán jamás. En la relación a esta cuádruple distinción, Jesús afirma: que lo que le entregó el Padre, sus discípulos, es lo que más le importa -Él los conoce- los defiende y les da la vida para siempre. Ellos son el nuevo pueblo y nadie podrá arrebatárselo.
Un Mesías muy humano.
Tú, siendo un hombre como los demás, te hacen Dios. Esta es la gran blasfemia que recibe Jesús de los dirigentes judíos. Esta es la gran blasfemia para ellos: uno de su raza, uno como ellos pretende ser Hijo de Dios. Hoy día, a muchos, la divinidad de Jesús no les causa problemas. Tienen dificultades en admitir su humanidad. Pero difícilmente pueden “saber” qué es y qué supone su divinidad si no son capaces de asumir plenamente su humanidad.
Abandono y salida de las antiguas instituciones.
Al rechazo de los dirigentes y a las intenciones de prenderlo, Jesús responde con su territorio judío, yéndose al otro lado del río Jordán. Este gesto simboliza la salida de una tierra e institución de opresión, y el éxodo hacia un nueva tierra prometida y de la liberación, que ya no se identifica con Israel y que, por tanto, está abierta a todo ser humano. Es allí, frente a las instituciones opresoras que lo rechazan, donde se forma su comunidad. “En aquel lugar muchos creyeron en Él”.
Una voz inconfundible. Saber escuchar
Hoy somos víctimas de una lluvia abrumadora de palabras, voces, imágenes y mensajes, que corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para escuchar la voz que necesitamos oír para tener vida. Recibimos y sorbemos imágenes, palabras, anuncios, y todo cuanto nos quieran ofrecer, para alimentar nuestra trivialidad, nuestra evasión, nuestra frustración, o nuestra posición de privilegio. Hoy, más que en otros momentos de la historia, el ser humano necesita urgentemente recuperar de nuevo la capacidad de escucha, si no quiere ver su vida y su fe ahogarse progresivamente en la trivialidad. Nuestra sociedad está enferma en su voluntad de vivir. La civilización de la abundancia le ha ofrecido medios de vida, pero no motivos para vivir.
Todos necesitamos estar más atentos a la llamada de Dios, escuchar la voz de la verdad, sintonizar con lo mejor que hay en nosotros, desarrollar esta sensibilidad interior que percibe, más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar vida a nuestra vida.
“Mis ovejas escuchan mi voz”. El primer reto es reconocer la suya entre tantas voces que nos llevan al tropel, al asalto. Nos bombardean a diario: ofreciéndonos, informándonos, pidiéndonos… hasta habrá que cribar mucho. Habrá que eliminar. Habrá que discernir cuidadosamente.
Yo las conozco
La suya es una voz amiga. Tiene el acento familiar, directo, de quien no es la primera vez que nos visita.
Sabe llegar a lo más hondo de nuestro ser, a ese fondo cuya llave guardamos celosamente. No se deja engañar por nuestra fachada, porque conoce las razones íntimas de nuestras actitudes. Sabe discernir nuestro lado positivo. Y, sabe, siempre, despertar lo mejor que hay en nosotros.
Su voz tiene un tono inconfundible: el de la vida. Nos da vida y nos abre a la vida.
Ellas me siguen
Una voz así no puede caer en vacío. Trae aires nuevos de esperanza. Pide, sí, mucho. Pero porque antes Él ha sido capaz de darnos todo, de darse entero. Seguirle es acoger y cuidar gozosamente todo lo que da la vida, y proseguir su causa.
Sólo haciendo el éxodo hacia el mundo, y escuchando “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo”, podemos seguirle. La nueva comunidad de Jesús ha de asumir esta triple opción: hacerse cargo de la realidad: lo que supone estar en la realidad del mundo para conocerla.
Cargar con la realidad: o sea, asumir con responsabilidad de lo que el mundo es y de lo que en él acontece.
Encargarse de la realidad: es decir, tomar la opción de transformarlo, de esperanzarlo, de hacerlo más habitable, más humano y más reino de vida.
En este domingo del Buen Pastor elevamos oraciones por las vocaciones sacerdotales y religiosas, pastores con la misión de guiar a las ovejas en nombre de Cristo. La vocación es una llamada de Jesús, cuya voz es distinguida entre otras voces inauténticas que llaman:
. Hay muchas voces que llaman y es necesario distinguir la verdadera.
. Se presentan muchos caminos y es necesario entrar por el que lleva a la vida.
. Hay necesidades de socorrer y compromisos que cumplir: se trata de saber cuál es la necesidad más urgente y el compromiso más ineludible.
. Hay muchas causas nobles y la elección acertada consiste en distinguir cuál es la causa tan noble que merece la entrega de la propia vida.
Qué hermosa ocasión para que miremos nuestra vida y reflexionar
Los medios de comunicación suelen ser bastantes hostiles cuando hablan de la Iglesia. La mayor parte de sus ataques se dirigen casi siempre a sus pastores: el Papa, los obispos, los sacerdotes… Como cristianos, nos sentimos incómodos ante esas críticas que muchas veces son injustas y desproporcionadas. Todos conocemos el ejemplo de muchos sacerdotes, religiosos/as, misioneros/as… que entregan su vida día a día de manera desinteresada. Otras veces, en cambio, debemos reconocer que los responsables de nuestras comunidades no están a la altura de la misión que tienen encomendada. Por eso, vamos a preguntarnos:
¿Creemos que los ministros de la Iglesia se comportan siempre como verdaderos pastores?
¿Conocemos el ejemplo de alguno cuya vida haya sido una vida de generosidad y entrega?
¿Nos hemos sentido alguna vez como “ovejas sin pastor”, es decir, desamparados o desatendidas por aquellos que en la comunidad deberían cuidar con solicitud del bien de todos?
¿Qué esperamos de los ministros y responsables de la comunidad cristiana?
¿Cómo nos gustaría relacionarnos con ellos?
¿De qué manera podríamos ayudar a nuestros pastores para que se parezca cada vez más a Jesús, el Buen Pastor?
Oremos y cantemos el Salmo 22: EL SEÑOR ES MI PASTOR.
Pbro. Daniel Silva
Lecturas de la semana:
LUNES 26: Hechos apóstoles 11, 1-18; Sal. 41; Juan 10, 1-10.
MARTES 27: 2 Timoteo 1, 13-14; 2, 1-3; Sal. 95; Mateo 9,5-38.
MIERCOLES 28: Hechos de los apóstoles 12, 24—13, 5a; Sal. 66; Juan 12, 44-50.
JUEVES 29: Hechos apóstoles 13, 13-25; Sal. 88; Juan 13, 16-20.
VIERNES 30 Hechos apóstoles 13, 26-33; Sal. 2; Juan 14, 1-6.
SABADO 1: Hechos apóstoles 9, 31-42; Sal. 115; Mateo 13, 54-58.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios.
Impresión Librería “Del Rocío” Av. Mitre 6199 – Wilde – 4207-4785
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
en la Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Dominico.
Círculo Bíblico San José
miencuentroconjesus@yahoo.com.ar
http://miencuentroconjesus1.blogspot.com
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Reflexiones a la luz de la Palabra de Dios
domingo, 18 de abril de 2010
Tercer Domingo de Pascua, «Sígueme.»
Lecturas del 18-4-10
Hechos de los Apóstoles 5, 27b-32. 40b-41
El Sumo Sacerdote les dijo: «Nosotros les habíamos prohibido expresamente predicar en ese Nombre, y ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina. íAsí quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre!»
Pedro, junto con los Apóstoles, respondió: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo. A él, Dios lo exaltó con su poder, haciéndolo Jefe y Salvador, a fin de conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen.»
Después de hacerlos azotar, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Los Apóstoles, por su parte, salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús. Palabra de Dios.
Salmo 29
R. Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste.
Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste
y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí. Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. R.
Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre, porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida:
si por la noche se derraman lágrimas,
por la mañana renace la alegría. R.
«Escucha, Señor, ten piedad de mí; ven a ayudarme, Señor.» Tú convertiste mi lamento en júbilo. íSeñor, Dios mío, te daré gracias eternamente! R.
Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11-14
Yo, Juan, oí la voz de una multitud de Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Seres Vivientes y de los Ancianos. Su número se contaba por miles y millones, y exclamaban con voz potente:
«El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.»
También oí que todas las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, y todo lo que hay en ellos, decían:
«Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos.»
Los cuatro Seres Vivientes decían: «íAmén!», y los Ancianos se postraron en actitud de adoración. Palabra de Dios.
Santo Evangelio según san Juan 21, 1-19
Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.»
Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
Ellos respondieron: «No.»
El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «íEs el Señor!»
Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»
Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.»
De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.» Palabra del Señor.
Reflexión:
Después de la Resurrección de Jesucristo, ha llegado para los apóstoles la hora de la misión. Forma parte de la misión el que los hombres no sólo conozcan a Cristo, sino que también lo adoren como a Dios y Señor.
La narración de este domingo nos presenta dos partes diferenciadas, relacionas entre si:
La pesca milagrosa. Después de la Resurrección del Señor, los apóstoles se han ido de Jerusalén a Galilea. Están junto al lago, en el mismo lugar donde un día los encontró Jesús y los invitó a seguirle, Jesús se presenta a los apóstoles junto al lago Tiberíades, en medio de la vida ordinaria a la que ellos estaban acostumbrados. Habían dejado de ser los pescadores de hombres a que los había llamado Jesús, y tras el supuesto fracaso del Maestro habían vuelto a su oficio de siempre. Entonces Pedro decide ir a pescar y los demás le siguen. Pero aquella noche no pescaron nada.
En la madrugada se presentó Jesús en la orilla. Jesús resucitado va en busca de los suyos para fortalecerlos en la fe y en su amistad, y para seguir explicándoles la gran misión que les espera. Los discípulos no se dieron cuenta que era Jesús. Están a unos cien metros del Señor. A esa distancia no se distinguen bien los rasgos de un hombre, pero pueden oírle cuando levanta la voz y les pregunta: “¿Tienen algo de comer?” Le contestaron: “No”. “Echen la red a la derecha de la barca, y encontraran”. Y Pedro obedece. Echaron la red y no podían sacarla por la gran cantidad de peces, una pesca milagrosa; una red que es símbolo de la Iglesia y de la pesca multitudinaria que harían los seguidores de Jesús después de este encuentro, cuando vuelvan a tomar el rumbo que habían perdido.
El discípulo a quien el Señor más amaba le reconoce en el milagro de la abundancia de peces, y Pedro se siente nada delante de aquel que le encomendó una tarea específica que dejó de cumplir.
Durante toda la noche, los apóstoles por su cuenta y sin contar con la presencia del Señor, habían trabajado inútilmente, perdieron el tiempo.
Por la mañana, en cambio, con la luz, cuando Jesús está presente, cuando ilumina con su Palabra, cuando orienta su trabajo, las redes llegan repletas a la orilla.
En cada jornada nuestra ocurre lo mismo. en ausencia de Cristo, el día es noche; el trabajo se vuelve estéril. Una noche más, totalmente vacía. Nuestros esfuerzos no bastan, necesitamos a Dios para que den frutos.
Junto a Cristo, cuando le tenemos presente, los días se enriquecen. Las penas y las enfermedades, adquieren un valor que supera el dolor.
La convivencia con nuestro prójimo se vuelve, junto a Jesús un mundo de posibilidades de hacer el bien.
Nuestro drama como cristianos comienza cuando no vemos a Cristo en nuestras vidas. Cuando por falta de amor al Señor se nubla el horizonte y hacemos las cosas como si Jesús no estuviera junto a nosotros. Como si Cristo no hubiera resucitado.
Debemos pedirle siempre a María que sepamos distinguir a Jesús en los acontecimientos de todos los días. Que aprendamos a decir muchas veces, como Juan: ¡Es el Señor!. Y esto, tanto en las penas como en las alegrías, en cualquier circunstancia.
Que la Virgen nos acompañe junto a su hijo, Jesús, para que seamos siempre sus discípulos, en todos los ambientes y situaciones.
Diálogo entre Jesús y Pedro.
« ¿Me amas? » (1)
«¿Amas?... ¿Me amas?». Para siempre, hasta el final de su vida, Pedro tenía que seguir su camino acompañado de esta triple pregunta: «¿Me amas?» Y medir todas sus actividades según la respuesta que entonces había dado: cuando fue convocado ante el Sanedrín; cuando lo encarcelaron en Jerusalén, de cuya prisión no podía salir, y sin embargo, salió. Y... en Antioquia, y después más lejos todavía, de Antioquia a Roma. Y ya en Roma, cuando habiendo perseverado hasta el final de sus días, conoció la fuerza de las palabras según las cuales otro le conduciría donde él no quería. Y sabía también que, gracias a la fuerza de esas palabras, en la Iglesia «los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones» y que «el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar» (Hch 2,42.48)...
Pedro ya no pudo jamás desprenderse de esta pregunta: «¿Me amas?» La lleva consigo donde quiera que vaya. La lleva a través de los siglos, a través de las generaciones.
En medio de los nuevos pueblos y de la nuevas naciones. En medio de las lenguas y de las razas siempre nuevas. La lleva él solo, y sin embargo, nunca está solo. Otros la llevan con él... Ha habido y hay muchos hombres y mujeres que han sabido y saben todavía hoy que toda su vida tiene valor y sentido sólo y exclusivamente en la medida en que es una respuesta a esta misma pregunta: «¿Amas?... ¿Me amas?». Han dado y dan su respuesta de manera total y perfecta –una respuesta heroica- o bien de manera común, ordinaria. Pero en todo caso saben que su vida, que la vida humana en general, tiene valor y sentido en la medida que es la respuesta a esta pregunta: «¿Amas?». Es tan sólo gracias a esta pregunta que la vida vale la pena ser vivida.
(1)Juan Pablo II Homilía en París el 30/05/80
Pedro es reconocido como pastor, pero bajo la condición de que acepte su definición fundamental como discípulo. Una vez reconocido como pastor, Jesús le anuncia la clase de muerte con la que glorificaría a Dios: su crucifixión en Roma. Después el Señor le reiterará su consigna favorita: “sígueme”, es decir, lo urge formalmente a ser su discípulo.
Preguntas para la meditación:
Cuando tengo problemas y dificultades: ¿tiendo a volverme hacia atrás? ¿Vivo atado al pasado?
¿Qué puede significar para mi, hoy, volver a pescar?
¿Dónde descubro hoy la presencia de Jesús resucitado?
A igual que Pedro soy invitado a renovar mi seguimiento al Señor, se me desafía ser un verdadero discípulo:
¿Qué le digo a Jesús?
¿Qué hechos concretos de mi vida, definen mi seguimiento a Cristo?
--------------------------------------------------------------------------------
“Te ofrezco, Señor”
"Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, ayúdame a pensar en ti.
Te ofrezco mis palabras, ayúdame a hablar de ti.
Te ofrezco mis obras, ayúdame a cumplir tu voluntad.
Te ofrezco mis penas, ayúdame a sufrir por ti.
Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres tú, como tú lo quieras y durante todo el tiempo que lo quieras.
El Papa Clemente IX
Lecturas de la semana:
LUNES 19: Hechos apóstoles 6, 8-15; Sal. 118; Juan 6, 22-29.
MARTES 20: Hechos apóstoles 7, 51—8, 1a; Sal. 30; Juan 6, 30-35.
MIERCOLES 21: Hechos de los apóstoles 8, 1b-8; Sal. 65; Juan 6, 35-40
JUEVES 22: Hechos apóstoles 8, 26-40; Sal. 65; Juan 6, 44-51.
VIERNES 23 Hechos apóstoles 9, 1-20; Sal. 116; Juan 6, 51-59.
SABADO 24: Hechos apóstoles 9, 31-42; Sal. 115; Juan 6, 60-69.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria. Servicio Bíblico Latinoamericano.
Impresión Librería “Del Rocío” Av. Mitre 6199 – Wilde – 4207-4785
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
en la Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Dominico.
Círculo Bíblico San José
miencuentroconjesus@yahoo.com.ar
http://miencuentroconjesus1.blogspot.com
Hechos de los Apóstoles 5, 27b-32. 40b-41
El Sumo Sacerdote les dijo: «Nosotros les habíamos prohibido expresamente predicar en ese Nombre, y ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina. íAsí quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre!»
Pedro, junto con los Apóstoles, respondió: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo. A él, Dios lo exaltó con su poder, haciéndolo Jefe y Salvador, a fin de conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen.»
Después de hacerlos azotar, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Los Apóstoles, por su parte, salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús. Palabra de Dios.
Salmo 29
R. Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste.
Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste
y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí. Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. R.
Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre, porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida:
si por la noche se derraman lágrimas,
por la mañana renace la alegría. R.
«Escucha, Señor, ten piedad de mí; ven a ayudarme, Señor.» Tú convertiste mi lamento en júbilo. íSeñor, Dios mío, te daré gracias eternamente! R.
Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11-14
Yo, Juan, oí la voz de una multitud de Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Seres Vivientes y de los Ancianos. Su número se contaba por miles y millones, y exclamaban con voz potente:
«El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.»
También oí que todas las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, y todo lo que hay en ellos, decían:
«Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos.»
Los cuatro Seres Vivientes decían: «íAmén!», y los Ancianos se postraron en actitud de adoración. Palabra de Dios.
Santo Evangelio según san Juan 21, 1-19
Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.»
Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
Ellos respondieron: «No.»
El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «íEs el Señor!»
Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»
Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.»
De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.» Palabra del Señor.
Reflexión:
Después de la Resurrección de Jesucristo, ha llegado para los apóstoles la hora de la misión. Forma parte de la misión el que los hombres no sólo conozcan a Cristo, sino que también lo adoren como a Dios y Señor.
La narración de este domingo nos presenta dos partes diferenciadas, relacionas entre si:
La pesca milagrosa. Después de la Resurrección del Señor, los apóstoles se han ido de Jerusalén a Galilea. Están junto al lago, en el mismo lugar donde un día los encontró Jesús y los invitó a seguirle, Jesús se presenta a los apóstoles junto al lago Tiberíades, en medio de la vida ordinaria a la que ellos estaban acostumbrados. Habían dejado de ser los pescadores de hombres a que los había llamado Jesús, y tras el supuesto fracaso del Maestro habían vuelto a su oficio de siempre. Entonces Pedro decide ir a pescar y los demás le siguen. Pero aquella noche no pescaron nada.
En la madrugada se presentó Jesús en la orilla. Jesús resucitado va en busca de los suyos para fortalecerlos en la fe y en su amistad, y para seguir explicándoles la gran misión que les espera. Los discípulos no se dieron cuenta que era Jesús. Están a unos cien metros del Señor. A esa distancia no se distinguen bien los rasgos de un hombre, pero pueden oírle cuando levanta la voz y les pregunta: “¿Tienen algo de comer?” Le contestaron: “No”. “Echen la red a la derecha de la barca, y encontraran”. Y Pedro obedece. Echaron la red y no podían sacarla por la gran cantidad de peces, una pesca milagrosa; una red que es símbolo de la Iglesia y de la pesca multitudinaria que harían los seguidores de Jesús después de este encuentro, cuando vuelvan a tomar el rumbo que habían perdido.
El discípulo a quien el Señor más amaba le reconoce en el milagro de la abundancia de peces, y Pedro se siente nada delante de aquel que le encomendó una tarea específica que dejó de cumplir.
Durante toda la noche, los apóstoles por su cuenta y sin contar con la presencia del Señor, habían trabajado inútilmente, perdieron el tiempo.
Por la mañana, en cambio, con la luz, cuando Jesús está presente, cuando ilumina con su Palabra, cuando orienta su trabajo, las redes llegan repletas a la orilla.
En cada jornada nuestra ocurre lo mismo. en ausencia de Cristo, el día es noche; el trabajo se vuelve estéril. Una noche más, totalmente vacía. Nuestros esfuerzos no bastan, necesitamos a Dios para que den frutos.
Junto a Cristo, cuando le tenemos presente, los días se enriquecen. Las penas y las enfermedades, adquieren un valor que supera el dolor.
La convivencia con nuestro prójimo se vuelve, junto a Jesús un mundo de posibilidades de hacer el bien.
Nuestro drama como cristianos comienza cuando no vemos a Cristo en nuestras vidas. Cuando por falta de amor al Señor se nubla el horizonte y hacemos las cosas como si Jesús no estuviera junto a nosotros. Como si Cristo no hubiera resucitado.
Debemos pedirle siempre a María que sepamos distinguir a Jesús en los acontecimientos de todos los días. Que aprendamos a decir muchas veces, como Juan: ¡Es el Señor!. Y esto, tanto en las penas como en las alegrías, en cualquier circunstancia.
Que la Virgen nos acompañe junto a su hijo, Jesús, para que seamos siempre sus discípulos, en todos los ambientes y situaciones.
Diálogo entre Jesús y Pedro.
« ¿Me amas? » (1)
«¿Amas?... ¿Me amas?». Para siempre, hasta el final de su vida, Pedro tenía que seguir su camino acompañado de esta triple pregunta: «¿Me amas?» Y medir todas sus actividades según la respuesta que entonces había dado: cuando fue convocado ante el Sanedrín; cuando lo encarcelaron en Jerusalén, de cuya prisión no podía salir, y sin embargo, salió. Y... en Antioquia, y después más lejos todavía, de Antioquia a Roma. Y ya en Roma, cuando habiendo perseverado hasta el final de sus días, conoció la fuerza de las palabras según las cuales otro le conduciría donde él no quería. Y sabía también que, gracias a la fuerza de esas palabras, en la Iglesia «los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones» y que «el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar» (Hch 2,42.48)...
Pedro ya no pudo jamás desprenderse de esta pregunta: «¿Me amas?» La lleva consigo donde quiera que vaya. La lleva a través de los siglos, a través de las generaciones.
En medio de los nuevos pueblos y de la nuevas naciones. En medio de las lenguas y de las razas siempre nuevas. La lleva él solo, y sin embargo, nunca está solo. Otros la llevan con él... Ha habido y hay muchos hombres y mujeres que han sabido y saben todavía hoy que toda su vida tiene valor y sentido sólo y exclusivamente en la medida en que es una respuesta a esta misma pregunta: «¿Amas?... ¿Me amas?». Han dado y dan su respuesta de manera total y perfecta –una respuesta heroica- o bien de manera común, ordinaria. Pero en todo caso saben que su vida, que la vida humana en general, tiene valor y sentido en la medida que es la respuesta a esta pregunta: «¿Amas?». Es tan sólo gracias a esta pregunta que la vida vale la pena ser vivida.
(1)Juan Pablo II Homilía en París el 30/05/80
Pedro es reconocido como pastor, pero bajo la condición de que acepte su definición fundamental como discípulo. Una vez reconocido como pastor, Jesús le anuncia la clase de muerte con la que glorificaría a Dios: su crucifixión en Roma. Después el Señor le reiterará su consigna favorita: “sígueme”, es decir, lo urge formalmente a ser su discípulo.
Preguntas para la meditación:
Cuando tengo problemas y dificultades: ¿tiendo a volverme hacia atrás? ¿Vivo atado al pasado?
¿Qué puede significar para mi, hoy, volver a pescar?
¿Dónde descubro hoy la presencia de Jesús resucitado?
A igual que Pedro soy invitado a renovar mi seguimiento al Señor, se me desafía ser un verdadero discípulo:
¿Qué le digo a Jesús?
¿Qué hechos concretos de mi vida, definen mi seguimiento a Cristo?
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“Te ofrezco, Señor”
"Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, ayúdame a pensar en ti.
Te ofrezco mis palabras, ayúdame a hablar de ti.
Te ofrezco mis obras, ayúdame a cumplir tu voluntad.
Te ofrezco mis penas, ayúdame a sufrir por ti.
Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres tú, como tú lo quieras y durante todo el tiempo que lo quieras.
El Papa Clemente IX
Lecturas de la semana:
LUNES 19: Hechos apóstoles 6, 8-15; Sal. 118; Juan 6, 22-29.
MARTES 20: Hechos apóstoles 7, 51—8, 1a; Sal. 30; Juan 6, 30-35.
MIERCOLES 21: Hechos de los apóstoles 8, 1b-8; Sal. 65; Juan 6, 35-40
JUEVES 22: Hechos apóstoles 8, 26-40; Sal. 65; Juan 6, 44-51.
VIERNES 23 Hechos apóstoles 9, 1-20; Sal. 116; Juan 6, 51-59.
SABADO 24: Hechos apóstoles 9, 31-42; Sal. 115; Juan 6, 60-69.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria. Servicio Bíblico Latinoamericano.
Impresión Librería “Del Rocío” Av. Mitre 6199 – Wilde – 4207-4785
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
en la Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Dominico.
Círculo Bíblico San José
miencuentroconjesus@yahoo.com.ar
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Reflexiones a la luz de la Palabra de Dios
domingo, 11 de abril de 2010
Segundo Domingo de Pascua, De la Divina Misericordia
Lecturas del 11-4-10
“Yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre”
Lectura Hechos de los Apóstoles 5, 12-16
Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu, bajo el pórtico de Salomón, pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos.
Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres. Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos. La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban curados.
Palabra de Dios.
Salmo 117
¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón: ¡es eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor: ¡es eterno su amor! R.
La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos.
Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él. R.
Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor: el Señor es Dios, y él nos ilumina. R.
Libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19
Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba exiliado en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: «Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias que: a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea.»
Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro. Su cabeza y sus cabellos tenían la blancura de la lana y de la nieve; sus ojos parecían llamas de fuego; sus pies, bronce fundido en el crisol; y su voz era como el estruendo de grandes cataratas. En su mano derecha tenía siete estrellas; de su boca salía una espada de doble filo; y su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza.
Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: «No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo.
Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro.»
Palabra de Dios.
Santo Evangelio según san Juan 20, 19-31
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.»
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron:«¡Hemos visto al Señor!»
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás.
Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su nombre Palabra del Señor.
Reflexión:
APARICION A LOS DISCIPULOS
Incredulidad de Tomás
Este pasaje del Evangelio consta de tres partes netamente diferenciadas:
1-Jesús vuelve a los suyos, los libera del miedo que experimentan y los envía a continuar su misión para la cual le comunica el Espíritu. La idea fundamental es que la comunidad cristiana se constituye alrededor de Jesús vivo y presente, crucificado y resucitado.
2-La incredulidad de Tomás. Tomás representa la figura de aquel que no hace caso del testimonio de la comunidad ni percibe los signos de la nueva vida que en ella se manifiestan. En lugar de integrarse y participar de la misma experiencia, pretende obtener una demostración particular, una prueba individual. Además no busca a Jesús, fuente de vida, sino a una reliquia del pasado que pueda constatar palpablemente. Jesús, que no abandona a los suyos, se la concede, pero no aisladamente, sino en el seno de la comunidad. La fórmula con que Tomás expresa su fe resume la profesión de fe común, a la que llegan tras la experiencia de la resurrección.
3-La conclusión del Evangelio. El autor lo caracteriza como el libro de las señales de Jesús, escrito para que creamos en El y para que, creyendo, tengamos vida.
Vivir sin haber experimentado la resurrección.
Los que nos consideramos creyentes vivimos, a menudo, como los discípulos del Evangelio, “al anochecer”, “con las puertas cerradas”, “llenos de miedo”, “temerosos de las autoridades”. Estamos inmersos en la vieja creación; no hemos visto ni experimentado al Resucitado; la humanidad nueva parece ausente en nuestras vidas. Nuestras comunidades están a veces replegadas, ocultas, sin dar testimonio; es como si no tuvieran alegría, perdón y vida que transmitir. A pesar de ser este día “el primero de la semana”, el primero de la nueva creación, nosotros seguimos aferrados a lo viejo, a lo de antes. Necesitamos que el Señor se haga presente y reconocerlo en sus signos. Pero, ¿Cuáles son sus signos? ¿Cómo y cuándo se hacen presentes?
Los signos de su presencia
La donación de la paz.
Podemos decir que para los primeros discípulos, la resurrección fue una experiencia que los llenó de paz. No hay texto de aparición del resucitado en el que no salgan las expresiones “paz a ustedes”, “no tengan miedo”. Aquel grupo de hombres y mujeres decepcionados, angustiados por el fracaso de su líder más querido, impotentes para dar ya un sentido a nuevos proyectos de vida, encuentran en Jesús resucitado una fuerza y una paz que los librará del miedo. Quizá sea éste el núcleo de la experiencia pascual: el encuentro con Alguien vivo, capaz de liberarnos del desencanto y descubrirnos el camino hacia la paz. Siempre el saludo invariable del Resucitado es: “Paz a ustedes”. Hoy la palabra “paz”, desgraciadamente, apenas significa otra cosa que ausencia de guerra, cese de hechos violentos de sangre, o el no tener conflictos personales. En la cultura bíblica, por el contrario, paz o “shalom” designa la armonía del ser humano consigo mismo y con los demás, con la naturaleza y con Dios, el disfrute gozoso y exultante de la vida, la convivencia en el respeto y la justicia.
El soplo creador que infunde aliento de vida
Al soplar y darles el Espíritu, Jesús confiere a los discípulos la misión de dar vida y les capacita para ello. De hecho, “Espíritu”, “soplo”, “hálito de vida”, es lo mismo. El verbo que usa el evangelista aquí “sopló” es el mismo que se encuentra en Gn. 2, 7, para indicar la animación del hombre al infundirle Dios un aliento de vida. Con aquel aliento se convirtió el hombre en un ser viviente; con ese nuevo aliento de Jesús resucitado, el ser humano es re-creado. Por eso, hoy, la resurrección se hace presente, se vive y se reconoce donde se lucha por la vida y se combate contra todo lo que deshumaniza y mata. Creer hoy en la resurrección es comprometerse por una vida más humana, más plena, más feliz.
La experiencia del perdón
Los discípulos han experimentado al resucitado como alguien que les perdona y les ofrece la amnistía y salvación. Ninguna alusión al abandono de los suyos, ningún reproche por la cobarde traición; ningún gesto de exigencia para reparar la injuria.
Vivimos en una sociedad que nos es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón es la “virtud de los débiles”, que se resignan y se doblegan ante las injusticias, porque no saben luchar y arriesgarse. Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen nunca una verdadera solución, si no se introduce en ellos la dimensión del perdón. El perdón no es sólo la liquidación de conflictos pasados; al mismo tiempo despierta esperanzas y energías en quien perdona y en aquel que es perdonado.
El perdón es la virtud de la persona nueva, de la persona resucitada.
Los estigmas de Jesús
Las señales de los clavos en las manos y la herida en el costado, o sea, los estigmas de su amor y sufrimiento por los otros, son signos de su presencia. Hoy se puede ver, advertir, experimentar, conocer, descubrir la presencia del Resucitado en aquellos que llevan en sí estas señales de sufrimiento, amor y marginación. En los pobres y olvidados, en los marginados, en los excluidos de la sociedad del bienestar, en los que sufren dolor y miseria, en los abandonados en la calle… Ahí se hace presente el Resucitado. ¡Ellos son los signos de vida!
Resucitar la fe y reanimar la vida
Nuestra fe es demasiada convencional y vacía, costumbre religiosa sin vida, inercia tradicional, formalismos externos sin compromiso; mucha palabra y poco espíritu vivificador. El encuentro con el Resucitado fue, sin embargo, para los primeros creyentes, una experiencia que reanimó su fe y su vida. El encuentro con el Resucitado lo que transforma a estas personas, las reanima, las llena de alegría y paz verdadera, las libera del miedo y cobardía, les abre horizontes nuevos e impulsa a anunciar la Buena Noticia y dar testimonio.
El Señor nos invita a ser creyentes, con todas las dificultades del “ver”, ser testigos de la reconciliación en un mundo dividido e injusto, y a compartir la “vida”, donde se dan sombras de muerte.
Las dudas de la fe
Tomás se ha aislado de la comunidad, duda, no percibe los signos de la nueva vida que se le manifiesta. La figura de Tomás representa a muchas personas, candidatas a la comunidad, llenas de duda. Es un caso típico y catequético, pedagógico. En él se refleja:
.Cómo el proceso de la fe comienza por verificar en la realidad humana a Dios; en las heridas corporales de los que sufren, la presencia de la vida. Ante ello resulta difícil creer.
.Cómo ciertos requisitos indispensables para no caer en la incredulidad o en la indiferencia: escuchar la Palabra de Dios, dar primacía al testimonio, formar parte de la comunidad.
Quien esto realiza, aunque no haya visto al Resucitado con sus ojos, tiene la certeza de que el que murió en la cruz vive y está muy próximo, está en medio, creando y dando paz, vida y una razón por la que vivir y luchar.
Reflexionemos:
¿Vivo constantemente los signos de la presencia del Resucitado: paz, reconciliación…?
¿Percibo cómo y cuándo se hacen presentes estos signos?
¿Cuáles son los estigmas de nuestra sociedad?
Pbro. Daniel Silva.
Lecturas de la semana:
LUNES 12: Hechos apóstoles 4, 23-31; Sal. 2; Juan 3, 1-8.
MARTES 13: Hechos apóstoles 4, 32-37; Sal. 92; Juan 3, 7b-15.
MIERCOLES 14: Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal. 33; Juan 3, 16-21
JUEVES 15: Hechos apóstoles 5, 27-33; Sal. 33; Juan 3, 31-36.
VIERNES 16 Hechos apóstoles 5, 34-42; Sal. 26; Juan 6, 1-15.
SABADO 17: Hechos apóstoles 1, 12-14; Sal.Lc. 1, 46-55; Lucas 1, 26-38.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria
Impresión Librería “Del Rocío” Av. Mitre 6199 – Wilde – 4207-4785
Te esperamos los sábados 17:00 h.
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“Yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre”
Lectura Hechos de los Apóstoles 5, 12-16
Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu, bajo el pórtico de Salomón, pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos.
Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres. Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos. La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban curados.
Palabra de Dios.
Salmo 117
¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón: ¡es eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor: ¡es eterno su amor! R.
La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos.
Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él. R.
Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor: el Señor es Dios, y él nos ilumina. R.
Libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19
Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba exiliado en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: «Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias que: a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea.»
Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro. Su cabeza y sus cabellos tenían la blancura de la lana y de la nieve; sus ojos parecían llamas de fuego; sus pies, bronce fundido en el crisol; y su voz era como el estruendo de grandes cataratas. En su mano derecha tenía siete estrellas; de su boca salía una espada de doble filo; y su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza.
Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: «No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo.
Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro.»
Palabra de Dios.
Santo Evangelio según san Juan 20, 19-31
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.»
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron:«¡Hemos visto al Señor!»
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás.
Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su nombre Palabra del Señor.
Reflexión:
APARICION A LOS DISCIPULOS
Incredulidad de Tomás
Este pasaje del Evangelio consta de tres partes netamente diferenciadas:
1-Jesús vuelve a los suyos, los libera del miedo que experimentan y los envía a continuar su misión para la cual le comunica el Espíritu. La idea fundamental es que la comunidad cristiana se constituye alrededor de Jesús vivo y presente, crucificado y resucitado.
2-La incredulidad de Tomás. Tomás representa la figura de aquel que no hace caso del testimonio de la comunidad ni percibe los signos de la nueva vida que en ella se manifiestan. En lugar de integrarse y participar de la misma experiencia, pretende obtener una demostración particular, una prueba individual. Además no busca a Jesús, fuente de vida, sino a una reliquia del pasado que pueda constatar palpablemente. Jesús, que no abandona a los suyos, se la concede, pero no aisladamente, sino en el seno de la comunidad. La fórmula con que Tomás expresa su fe resume la profesión de fe común, a la que llegan tras la experiencia de la resurrección.
3-La conclusión del Evangelio. El autor lo caracteriza como el libro de las señales de Jesús, escrito para que creamos en El y para que, creyendo, tengamos vida.
Vivir sin haber experimentado la resurrección.
Los que nos consideramos creyentes vivimos, a menudo, como los discípulos del Evangelio, “al anochecer”, “con las puertas cerradas”, “llenos de miedo”, “temerosos de las autoridades”. Estamos inmersos en la vieja creación; no hemos visto ni experimentado al Resucitado; la humanidad nueva parece ausente en nuestras vidas. Nuestras comunidades están a veces replegadas, ocultas, sin dar testimonio; es como si no tuvieran alegría, perdón y vida que transmitir. A pesar de ser este día “el primero de la semana”, el primero de la nueva creación, nosotros seguimos aferrados a lo viejo, a lo de antes. Necesitamos que el Señor se haga presente y reconocerlo en sus signos. Pero, ¿Cuáles son sus signos? ¿Cómo y cuándo se hacen presentes?
Los signos de su presencia
La donación de la paz.
Podemos decir que para los primeros discípulos, la resurrección fue una experiencia que los llenó de paz. No hay texto de aparición del resucitado en el que no salgan las expresiones “paz a ustedes”, “no tengan miedo”. Aquel grupo de hombres y mujeres decepcionados, angustiados por el fracaso de su líder más querido, impotentes para dar ya un sentido a nuevos proyectos de vida, encuentran en Jesús resucitado una fuerza y una paz que los librará del miedo. Quizá sea éste el núcleo de la experiencia pascual: el encuentro con Alguien vivo, capaz de liberarnos del desencanto y descubrirnos el camino hacia la paz. Siempre el saludo invariable del Resucitado es: “Paz a ustedes”. Hoy la palabra “paz”, desgraciadamente, apenas significa otra cosa que ausencia de guerra, cese de hechos violentos de sangre, o el no tener conflictos personales. En la cultura bíblica, por el contrario, paz o “shalom” designa la armonía del ser humano consigo mismo y con los demás, con la naturaleza y con Dios, el disfrute gozoso y exultante de la vida, la convivencia en el respeto y la justicia.
El soplo creador que infunde aliento de vida
Al soplar y darles el Espíritu, Jesús confiere a los discípulos la misión de dar vida y les capacita para ello. De hecho, “Espíritu”, “soplo”, “hálito de vida”, es lo mismo. El verbo que usa el evangelista aquí “sopló” es el mismo que se encuentra en Gn. 2, 7, para indicar la animación del hombre al infundirle Dios un aliento de vida. Con aquel aliento se convirtió el hombre en un ser viviente; con ese nuevo aliento de Jesús resucitado, el ser humano es re-creado. Por eso, hoy, la resurrección se hace presente, se vive y se reconoce donde se lucha por la vida y se combate contra todo lo que deshumaniza y mata. Creer hoy en la resurrección es comprometerse por una vida más humana, más plena, más feliz.
La experiencia del perdón
Los discípulos han experimentado al resucitado como alguien que les perdona y les ofrece la amnistía y salvación. Ninguna alusión al abandono de los suyos, ningún reproche por la cobarde traición; ningún gesto de exigencia para reparar la injuria.
Vivimos en una sociedad que nos es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón es la “virtud de los débiles”, que se resignan y se doblegan ante las injusticias, porque no saben luchar y arriesgarse. Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen nunca una verdadera solución, si no se introduce en ellos la dimensión del perdón. El perdón no es sólo la liquidación de conflictos pasados; al mismo tiempo despierta esperanzas y energías en quien perdona y en aquel que es perdonado.
El perdón es la virtud de la persona nueva, de la persona resucitada.
Los estigmas de Jesús
Las señales de los clavos en las manos y la herida en el costado, o sea, los estigmas de su amor y sufrimiento por los otros, son signos de su presencia. Hoy se puede ver, advertir, experimentar, conocer, descubrir la presencia del Resucitado en aquellos que llevan en sí estas señales de sufrimiento, amor y marginación. En los pobres y olvidados, en los marginados, en los excluidos de la sociedad del bienestar, en los que sufren dolor y miseria, en los abandonados en la calle… Ahí se hace presente el Resucitado. ¡Ellos son los signos de vida!
Resucitar la fe y reanimar la vida
Nuestra fe es demasiada convencional y vacía, costumbre religiosa sin vida, inercia tradicional, formalismos externos sin compromiso; mucha palabra y poco espíritu vivificador. El encuentro con el Resucitado fue, sin embargo, para los primeros creyentes, una experiencia que reanimó su fe y su vida. El encuentro con el Resucitado lo que transforma a estas personas, las reanima, las llena de alegría y paz verdadera, las libera del miedo y cobardía, les abre horizontes nuevos e impulsa a anunciar la Buena Noticia y dar testimonio.
El Señor nos invita a ser creyentes, con todas las dificultades del “ver”, ser testigos de la reconciliación en un mundo dividido e injusto, y a compartir la “vida”, donde se dan sombras de muerte.
Las dudas de la fe
Tomás se ha aislado de la comunidad, duda, no percibe los signos de la nueva vida que se le manifiesta. La figura de Tomás representa a muchas personas, candidatas a la comunidad, llenas de duda. Es un caso típico y catequético, pedagógico. En él se refleja:
.Cómo el proceso de la fe comienza por verificar en la realidad humana a Dios; en las heridas corporales de los que sufren, la presencia de la vida. Ante ello resulta difícil creer.
.Cómo ciertos requisitos indispensables para no caer en la incredulidad o en la indiferencia: escuchar la Palabra de Dios, dar primacía al testimonio, formar parte de la comunidad.
Quien esto realiza, aunque no haya visto al Resucitado con sus ojos, tiene la certeza de que el que murió en la cruz vive y está muy próximo, está en medio, creando y dando paz, vida y una razón por la que vivir y luchar.
Reflexionemos:
¿Vivo constantemente los signos de la presencia del Resucitado: paz, reconciliación…?
¿Percibo cómo y cuándo se hacen presentes estos signos?
¿Cuáles son los estigmas de nuestra sociedad?
Pbro. Daniel Silva.
Lecturas de la semana:
LUNES 12: Hechos apóstoles 4, 23-31; Sal. 2; Juan 3, 1-8.
MARTES 13: Hechos apóstoles 4, 32-37; Sal. 92; Juan 3, 7b-15.
MIERCOLES 14: Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal. 33; Juan 3, 16-21
JUEVES 15: Hechos apóstoles 5, 27-33; Sal. 33; Juan 3, 31-36.
VIERNES 16 Hechos apóstoles 5, 34-42; Sal. 26; Juan 6, 1-15.
SABADO 17: Hechos apóstoles 1, 12-14; Sal.Lc. 1, 46-55; Lucas 1, 26-38.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria
Impresión Librería “Del Rocío” Av. Mitre 6199 – Wilde – 4207-4785
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
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Reflexiones a la luz de la Palabra de Dios
viernes, 2 de abril de 2010
Santas Pascuas de Resurrección
Lecturas del 04-04-10 – Ciclo C –
Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43
Pedro, tomando la palabra, dijo: «Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección.
Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre.» Palabra de Dios.
Salmo 117
R. Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él.
¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor! R.
La mano del Señor es sublime, la mano del Señor hace proezas. No, no moriré: viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.
La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos. R.
Carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas 3, 1-4
Hermanos:
Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.
Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.
Palabra de Dios.
SECUENCIA
Cristianos, ofrezcamos al Cordero pascual
nuestro sacrificio de alabanza. El Cordero ha redimido a las ovejas: Cristo, el inocente, reconcilió a los pecadores con el Padre.
La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable: el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive.
Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino? He visto el sepulcro del Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado.
He visto a los ángeles, testigos del milagro, he visto el sudario y las vestiduras. Ha resucitado a Cristo, mi esperanza, y precederá a los discípulos en Galilea.
Sabemos que Cristo resucitó realmente; tú, Rey victorioso, ten piedad de nosotros.
Santo Evangelio según san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura , él debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.
Reflexión
Hay hombres --lo vemos en el fenómeno de los terroristas suicidas-- que mueren por una causa equivocada o incluso inicua, considerando sin razón que es buena.
Por sí misma, la muerte de Cristo no testimonia la verdad de su causa, sino sólo el hecho de que Él creía en la verdad de ella. La muerte de Cristo es testimonio supremo de su caridad, pero no de su verdad. Ésta es testimoniada adecuadamente sólo por la resurrección. «La fe de los cristianos -dice San Agustín- es la Resurrección de Cristo. No es gran cosa creer que Jesús ha muerto; esto lo creen también los paganos; todos lo creen. Lo verdaderamente grande es creer que ha resucitado».
Ateniéndonos al objetivo que nos ha guiado hasta aquí, estamos obligados a dejar de lado, de momento, la fe, para atenernos a la historia. Desearíamos buscar respuesta al interrogante: ¿podemos o no definir la resurrección de Cristo como un evento histórico, en el sentido común del término, esto es, «realmente ocurrido»?
Lo que se ofrece a la consideración del historiador y le permite hablar de la resurrección son dos hechos: primero, la imprevista e inexplicable fe de los discípulos, una fe tan tenaz como para resistir hasta la prueba del martirio; segundo, la explicación que, de tal fe, nos han dejado los interesados, esto es, los discípulos. En el momento decisivo, cuando Jesús fue prendido y ajusticiado, los discípulos no alimentaban esperanza alguna de una resurrección. Huyeron y dieron por acabado el caso de Jesús.
Entonces tuvo que intervenir algo que en poco tiempo no sólo provocó el cambio radical de su estado de ánimo, sino que les llevó también a una actividad del todo nueva y a la fundación de la Iglesia. Este «algo» es el núcleo histórico de la fe de Pascua.
El testimonio más antiguo de la resurrección es el de Pablo, y dice así: «Os he transmitido, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto. Luego se apareció a Santiago, y más tarde a todos los apóstoles. Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara» (1 Corintios 15, 3-8).
La fecha en la que se escribieron estas palabras es el 56 o 57 d.C. El núcleo central del texto, sin embargo, está constituido por un credo anterior que San Pablo dice haber recibido él mismo de otros. Teniendo en cuenta que Pablo conoció tales fórmulas inmediatamente después de su conversión, podemos situarlas en torno al año 35 d.C., eso es, unos cinco o seis años después de la muerte de Cristo. Testimonio, por lo tanto, de raro valor histórico.
Los relatos de los evangelistas se escribieron algunas décadas más tarde y reflejan una fase ulterior de la reflexión de la Iglesia. El núcleo central del testimonio, sin embargo, permanece intacto: el Señor ha resucitado y se ha aparecido vivo.
A ello se añade un elemento nuevo, tal vez determinado por preocupación apologética y por ello de menor valor histórico: la insistencia sobre el hecho del sepulcro vacío.
Para los Evangelios el hecho decisivo siguen siendo las apariciones del Resucitado.
Las apariciones, además, testimonian también la nueva dimensión del Resucitado, su modo de ser «según el Espíritu», que es nuevo y diferente respecto al modo de existir anterior, «según la carne». Él, por ejemplo, puede ser reconocido no por cualquiera que le vea, sino sólo por aquél a quien Él mismo se dé a conocer. Su corporeidad es diferente de la de antes. Está libre de las leyes físicas: entra y sale con las puertas cerradas; aparece y desaparece.
Los discípulos no pudieron engañarse: eran gente concreta, pescadores, lo contrario de personas dadas a las visiones. En un primer momento no creen; Jesús debe casi vencer su resistencia: « ¡tardos de corazón en creer!». Tampoco pudieron querer engañar a los demás. Todos sus intereses se oponían a ello; habrían sido los primeros en sentirse engañados por Jesús. Si Él no hubiera resucitado, ¿para qué afrontar las persecuciones y la muerte por Él? ¿Qué provecho material podían sacar?
Negado el carácter histórico, esto es, el carácter objetivo y no sólo el subjetivo, de la resurrección, el nacimiento de la Iglesia y de la fe se convierte en un misterio más inexplicable que la resurrección misma.
Se ha observado justamente: «La idea de que el imponente edificio de la historia del cristianismo sea como una enorme pirámide puesta en vilo sobre un hecho insignificante es ciertamente menos creíble que la afirmación de que todo el evento –o sea, el dato de hecho más el significado inherente a él- realmente haya ocupado un lugar en la historia comparable al que le atribuye el Nuevo Testamento».
¿Cuál es entonces el punto de llegada de la investigación histórica a propósito de la resurrección? Podemos percibirlo en las palabras de los discípulos de Emaús: algunos discípulos, la mañana de Pascua, fueron al sepulcro de Jesús y encontraron que las cosas estaban como habían referido las mujeres,
quienes habían acudido antes que ellos, «pero a Él no le vieron». También la historia se acerca al sepulcro de Jesús y debe constatar que las cosas están como los testigos dijeron. Pero a Él, al resucitado, no lo ve.
No basta constatar históricamente, es necesario ver al Resucitado, y esto no lo puede dar la historia, sino sólo la fe.
El ángel que se apareció a las mujeres, la mañana de Pascua, les dijo: « ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lucas 24, 5).
Les confieso que al término de estas reflexiones siento este reproche como si se dirigiera también a mí. Como si el ángel me dijera: « ¿Por qué te empeñas a buscar entre los muertos argumentos humanos de la historia, al que está vivo y actúa en la Iglesia y en el mundo? Ve mejor y di a tus hermanos que Él ha resucitado».
Pbro. Carlos Ontivero
“El Señor ha resucitado, no temamos vivir como resucitados” (1)
Por el misterio pascual de Jesús somos liberados, purificados, perdonados, reconciliados. Ya no somos simples espectadores, sino protagonistas y colaboradores de esta acción sagrada y salvífica.
La iniciativa salvadora de Dios reclama de nuestra parte una respuesta personal que no debe quedar en meros gestos individuales, externos y aislados. Abarca toda nuestra vida. Provoca una renovación total; un cambio profundo, definitivo, que debe estar presente en los criterios, los juicios, las actitudes, los comportamientos y los compromisos. Es mucho más que la adhesión a un “código de convivencia y buenas costumbres”….
La Pascua de Jesús debe incidir en nuestra propia Pascua. Este es su mensaje: “Permanezcan en mi amor para que den fruto”. El fruto consiste en “que se amen unos a otros” (Jn 13,34).
“Que se amen como yo los he amado”. Y “Nadie tiene mayor amor que dar la vida por los amigos”. (Jn.15, 13)
Por esta razón aprendamos a vivir sólo de su Amor. Es la vocación suprema del hombre. A su amor, respondamos con su mismo amor. Sin límites.
(1) Esta segunda parte tomada del mensaje de Pascua 2009 de Mons. Rubén Oscar Frassia Obispo diócesis de Avellaneda Lanús!
Lecturas de la semana:
LUNES 5: Hechos apóstoles 2, 14.22-32; Sal. 15; Mateo 28, 8-15.
MARTES 6: Hechos apóstoles 2, 36-41; Sal. 32; Juan 20, 11-18.
MIERCOLES 7: Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal. 104; Lucas 24, 13-35
JUEVES 8: Hechos apóstoles 3, 11-26; Sal. 8; Lucas 24, 35-48.
VIERNES 9: Hechos apóstoles 4, 1-12; Sal. 117; Juan 21, 1-14.
SABADO 1: Hechos apóstoles 4, 13-21; Sal. 117; Marcos 16, 9-15.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria
Impresión Librería “Del Rocío” Av. Mitre 6199 – Wilde – 4207-4785
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
en la Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Dominico.
Círculo Bíblico San José
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Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43
Pedro, tomando la palabra, dijo: «Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección.
Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre.» Palabra de Dios.
Salmo 117
R. Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él.
¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor! R.
La mano del Señor es sublime, la mano del Señor hace proezas. No, no moriré: viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.
La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos. R.
Carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas 3, 1-4
Hermanos:
Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.
Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.
Palabra de Dios.
SECUENCIA
Cristianos, ofrezcamos al Cordero pascual
nuestro sacrificio de alabanza. El Cordero ha redimido a las ovejas: Cristo, el inocente, reconcilió a los pecadores con el Padre.
La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable: el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive.
Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino? He visto el sepulcro del Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado.
He visto a los ángeles, testigos del milagro, he visto el sudario y las vestiduras. Ha resucitado a Cristo, mi esperanza, y precederá a los discípulos en Galilea.
Sabemos que Cristo resucitó realmente; tú, Rey victorioso, ten piedad de nosotros.
Santo Evangelio según san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura , él debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.
Reflexión
Hay hombres --lo vemos en el fenómeno de los terroristas suicidas-- que mueren por una causa equivocada o incluso inicua, considerando sin razón que es buena.
Por sí misma, la muerte de Cristo no testimonia la verdad de su causa, sino sólo el hecho de que Él creía en la verdad de ella. La muerte de Cristo es testimonio supremo de su caridad, pero no de su verdad. Ésta es testimoniada adecuadamente sólo por la resurrección. «La fe de los cristianos -dice San Agustín- es la Resurrección de Cristo. No es gran cosa creer que Jesús ha muerto; esto lo creen también los paganos; todos lo creen. Lo verdaderamente grande es creer que ha resucitado».
Ateniéndonos al objetivo que nos ha guiado hasta aquí, estamos obligados a dejar de lado, de momento, la fe, para atenernos a la historia. Desearíamos buscar respuesta al interrogante: ¿podemos o no definir la resurrección de Cristo como un evento histórico, en el sentido común del término, esto es, «realmente ocurrido»?
Lo que se ofrece a la consideración del historiador y le permite hablar de la resurrección son dos hechos: primero, la imprevista e inexplicable fe de los discípulos, una fe tan tenaz como para resistir hasta la prueba del martirio; segundo, la explicación que, de tal fe, nos han dejado los interesados, esto es, los discípulos. En el momento decisivo, cuando Jesús fue prendido y ajusticiado, los discípulos no alimentaban esperanza alguna de una resurrección. Huyeron y dieron por acabado el caso de Jesús.
Entonces tuvo que intervenir algo que en poco tiempo no sólo provocó el cambio radical de su estado de ánimo, sino que les llevó también a una actividad del todo nueva y a la fundación de la Iglesia. Este «algo» es el núcleo histórico de la fe de Pascua.
El testimonio más antiguo de la resurrección es el de Pablo, y dice así: «Os he transmitido, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto. Luego se apareció a Santiago, y más tarde a todos los apóstoles. Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara» (1 Corintios 15, 3-8).
La fecha en la que se escribieron estas palabras es el 56 o 57 d.C. El núcleo central del texto, sin embargo, está constituido por un credo anterior que San Pablo dice haber recibido él mismo de otros. Teniendo en cuenta que Pablo conoció tales fórmulas inmediatamente después de su conversión, podemos situarlas en torno al año 35 d.C., eso es, unos cinco o seis años después de la muerte de Cristo. Testimonio, por lo tanto, de raro valor histórico.
Los relatos de los evangelistas se escribieron algunas décadas más tarde y reflejan una fase ulterior de la reflexión de la Iglesia. El núcleo central del testimonio, sin embargo, permanece intacto: el Señor ha resucitado y se ha aparecido vivo.
A ello se añade un elemento nuevo, tal vez determinado por preocupación apologética y por ello de menor valor histórico: la insistencia sobre el hecho del sepulcro vacío.
Para los Evangelios el hecho decisivo siguen siendo las apariciones del Resucitado.
Las apariciones, además, testimonian también la nueva dimensión del Resucitado, su modo de ser «según el Espíritu», que es nuevo y diferente respecto al modo de existir anterior, «según la carne». Él, por ejemplo, puede ser reconocido no por cualquiera que le vea, sino sólo por aquél a quien Él mismo se dé a conocer. Su corporeidad es diferente de la de antes. Está libre de las leyes físicas: entra y sale con las puertas cerradas; aparece y desaparece.
Los discípulos no pudieron engañarse: eran gente concreta, pescadores, lo contrario de personas dadas a las visiones. En un primer momento no creen; Jesús debe casi vencer su resistencia: « ¡tardos de corazón en creer!». Tampoco pudieron querer engañar a los demás. Todos sus intereses se oponían a ello; habrían sido los primeros en sentirse engañados por Jesús. Si Él no hubiera resucitado, ¿para qué afrontar las persecuciones y la muerte por Él? ¿Qué provecho material podían sacar?
Negado el carácter histórico, esto es, el carácter objetivo y no sólo el subjetivo, de la resurrección, el nacimiento de la Iglesia y de la fe se convierte en un misterio más inexplicable que la resurrección misma.
Se ha observado justamente: «La idea de que el imponente edificio de la historia del cristianismo sea como una enorme pirámide puesta en vilo sobre un hecho insignificante es ciertamente menos creíble que la afirmación de que todo el evento –o sea, el dato de hecho más el significado inherente a él- realmente haya ocupado un lugar en la historia comparable al que le atribuye el Nuevo Testamento».
¿Cuál es entonces el punto de llegada de la investigación histórica a propósito de la resurrección? Podemos percibirlo en las palabras de los discípulos de Emaús: algunos discípulos, la mañana de Pascua, fueron al sepulcro de Jesús y encontraron que las cosas estaban como habían referido las mujeres,
quienes habían acudido antes que ellos, «pero a Él no le vieron». También la historia se acerca al sepulcro de Jesús y debe constatar que las cosas están como los testigos dijeron. Pero a Él, al resucitado, no lo ve.
No basta constatar históricamente, es necesario ver al Resucitado, y esto no lo puede dar la historia, sino sólo la fe.
El ángel que se apareció a las mujeres, la mañana de Pascua, les dijo: « ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lucas 24, 5).
Les confieso que al término de estas reflexiones siento este reproche como si se dirigiera también a mí. Como si el ángel me dijera: « ¿Por qué te empeñas a buscar entre los muertos argumentos humanos de la historia, al que está vivo y actúa en la Iglesia y en el mundo? Ve mejor y di a tus hermanos que Él ha resucitado».
Pbro. Carlos Ontivero
“El Señor ha resucitado, no temamos vivir como resucitados” (1)
Por el misterio pascual de Jesús somos liberados, purificados, perdonados, reconciliados. Ya no somos simples espectadores, sino protagonistas y colaboradores de esta acción sagrada y salvífica.
La iniciativa salvadora de Dios reclama de nuestra parte una respuesta personal que no debe quedar en meros gestos individuales, externos y aislados. Abarca toda nuestra vida. Provoca una renovación total; un cambio profundo, definitivo, que debe estar presente en los criterios, los juicios, las actitudes, los comportamientos y los compromisos. Es mucho más que la adhesión a un “código de convivencia y buenas costumbres”….
La Pascua de Jesús debe incidir en nuestra propia Pascua. Este es su mensaje: “Permanezcan en mi amor para que den fruto”. El fruto consiste en “que se amen unos a otros” (Jn 13,34).
“Que se amen como yo los he amado”. Y “Nadie tiene mayor amor que dar la vida por los amigos”. (Jn.15, 13)
Por esta razón aprendamos a vivir sólo de su Amor. Es la vocación suprema del hombre. A su amor, respondamos con su mismo amor. Sin límites.
(1) Esta segunda parte tomada del mensaje de Pascua 2009 de Mons. Rubén Oscar Frassia Obispo diócesis de Avellaneda Lanús!
Lecturas de la semana:
LUNES 5: Hechos apóstoles 2, 14.22-32; Sal. 15; Mateo 28, 8-15.
MARTES 6: Hechos apóstoles 2, 36-41; Sal. 32; Juan 20, 11-18.
MIERCOLES 7: Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal. 104; Lucas 24, 13-35
JUEVES 8: Hechos apóstoles 3, 11-26; Sal. 8; Lucas 24, 35-48.
VIERNES 9: Hechos apóstoles 4, 1-12; Sal. 117; Juan 21, 1-14.
SABADO 1: Hechos apóstoles 4, 13-21; Sal. 117; Marcos 16, 9-15.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las lecturas: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria
Impresión Librería “Del Rocío” Av. Mitre 6199 – Wilde – 4207-4785
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
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Reflexiones a la luz de la Palabra de Dios
martes, 30 de marzo de 2010
Domingo de Ramos
Lecturas del 28-03-10 – Ciclo C –
Lectura del libro del profeta Isaías 50, 4-7
El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado. Palabra de Dios.
Salmo 21
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo: «Confió en el Señor, que él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto.» R.
Me rodea una jauría de perros, me asalta una banda de malhechores; taladran mis manos y mis pies. Yo puedo contar todos mis huesos. R.
Se reparten entre sí mi ropa y sortean mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme. R.
Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea: «Alábenlo, los que temen al Señor; glorifíquenlo, descendientes de Jacob; témanlo, descendientes de Israel.» R.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 2, 6-11
Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor.» Palabra de Dios
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 22,66c.23, 1b-49
Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron: «Dinos si eres el Mesías». Él les dijo: «Si yo les respondo, ustedes no me creerán, y si los interrogo, no me responderán. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso». Todos preguntaron: «¿Entonces eres el Hijo de Dios?». Jesús respondió: «Tienen razón, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».
Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato. Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías». Pilato lo interrogó, diciendo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». «Tú lo dices», le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena». Pero ellos insistían: «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí». Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia. Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo: «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero la multitud comenzó a gritar: «¡Que muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!». A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Por tercera vez les dijo: «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad». Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?». Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!». También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!». Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo». Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido. Palabra del Señor.
Reflexión:
SEMANA SANTA
Los últimos días de Cuaresma
Durante la Cuaresma la Iglesia nos exhorta a una solidaridad particular con todos los que sufren y que de cualquier modo experimentan la pobreza, la miseria, la injusticia, la persecución.
En la última semana de Cuaresma la Iglesia nos exhorta a una particular y excepcional solidaridad con el mismo Cristo paciente, es la semana propiamente dicha de la Pasión del Señor, la Semana Santa.
Detenerse ante Cristo que sufre, encontrar en sí mismo la solidaridad con El, he aquí el deber y la necesidad de cada corazón humano, he aquí la prueba de la sensibilidad humana. La Semana Santa es el tiempo de la apertura más amplia de la Iglesia a la humanidad y a la vez el tiempo cumbre de la evangelización. Al solidarizarnos con el Cristo que sufre y muere, experimentamos la cercanía de lo divino y lo humano. Dios ha decidido hablarnos con el lenguaje del amor, que es más fuerte que la muerte. Juan Pablo II
DOMINGO DE RAMOS
ENTRADA SOLEMNE EN JERUSALEN
1° No es una procesión religiosa, sino una manifestación
Durante la fiesta de Pascua, en primavera, se congregaban en Jerusalén miles de peregrinos venidos del resto del país y de la diáspora (=judíos dispersos por otros países). El ambiente de la ciudad en esos días era de efervescencia nacionalista y llamativa alegría. La Pascua era la fiesta judía por excelencia, conmemoración anual de la liberación del pueblo de la esclavitud egipcia. Su celebración ponía al rojo vivo las expectativas políticas del pueblo, sus ansias de liberación y esperanza mesiánica. Era una ocasión apta para movilizaciones populares de todo tipo.
Jesús tuvo que ser muy consciente de este clima y aprovechó la ocasión que se presentaba para realizar un importante gesto profético en el mismo centro del bastión político-religioso de sus enemigos en Jerusalén, y en su mismo corazón, que era el Templo.
Los hechos narrados por este Evangelio fueron sin duda una auténtica manifestación popular, masiva y enardecida, en la que se mezclaban los más profundos sentimientos de la fe del pueblo en Dios liberador y en su Mesías, con los sentimientos nacionalistas y políticos de los más diversos signos. No se trata, pues, de una procesión religiosa ordenada, con palmas que se agitan pacíficamente al ritmo de los cantos religiosos. Aquello fue un verdadero tumulto.
2° Su mensaje: Un Mesías humilde y pacifico
El relato de Lucas, a través de gestos narrados y signos empleados, transmiten nuevamente una imagen del Mesías que rompe algunos esquemas:
a) Jesús hace una entrada en Jerusalén, no con el aire triunfal de los vencedores sino en son de paz, con la sencillez de un Rey/Mesías que viene a servir a su pueblo, sin emplear para nada el poder y la violencia. Eso es lo que significa el “entrar montado sobre un asno”, en vez de hacerlo sobre un brioso caballo, como los príncipes y generales. Con su gesto profético, Jesús se presenta como el Mesías pacifico y humilde de Zacarías (9, 9-10).
b) El gesto de “enviar a sus discípulos a la aldea de enfrente a desatar y traer un asno en que nadie se ha montado nunca” tiene su significado. Todo hace referencia al texto de Zacarías sobre el Mesías y su entrada humilde y pacífica en Jerusalén. “Desató el asno” es símbolo de desatar la profecía que había permanecido “atada” hasta entonces, porque nadie le interesaba un Mesías de esta índole. Jesús intenta que sus discípulos, con la acción de desatar el asno abran los ojos y comprendan el estilo pacífico, humilde y liberador de su mesianismo. Es el Mesías que inaugura un tiempo nuevo, en el que la profecía queda liberada.
c) “La gente extendían sus mantos sobre el camino a medida que iba avanzando”. Con este gesto reconocen a Jesús como Rey/Mesías, renuncian a su poder, a sus ideologías, y le rinden homenaje, ya que el manto es signo de poder y dignidad.
d) Pero ante un Mesías de esta índole, hay división de opiniones, “Los discípulos en masa, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto. A la reacción positiva de los discípulos-si bien no todos entienden de este modo al Mesías pacifico- se contrapone la de “algunos fariseos” que, dirigiéndose a Jesús, quieren que reprenda a sus discípulos. Como siempre, los que están seguros de sí mismos tienen la osadía de censurar todo, como si todo el mundo tuviera que pensar como ellos.
3° ¡Si también tú comprendieras en este día lo que lleva a la paz!
…Jesús termina con el llanto y con esta profecía. “Pero no, no tienes ojos para verlo”. “Llegará un día…”. Cuando Lucas escribe este Evangelio, ya los romanos habían destruido Jerusalén, matado a muchos de sus habitantes y vendidos a los supervivientes como esclavos en Roma. Fue el gran desastre del pueblo judío en el año 70.
El Reino que Jesús trae pasa por el cambio en la escala de valores. La paz es lo que construye la nueva sociedad, y no el poder y la fuerza.
4° Gestos proféticos
Hay cosas en Jesús que nos desconciertan. Es más, diríamos que las hace a propósito para eso; como si con ellas nos estuviera queriendo decir algo. Una de esas cosas desconcertantes es su entrada en Jerusalén montado en un burro. Es un gesto cargado de sentido. Con El nos da unas claves de interpretación y unas coordenadas precisas para comprender quién es El, cuál es su mesianismo y su buena noticia. Como todos los gestos proféticos, tienen el valor de crear adhesiones y recelos, de romper con la indiferencia, de ponernos en la tesitura de optar.
Hoy día somos propensos a calcular, normativizar y cumplir. No queremos sentirnos desconcertados. Todo lo que se salga de la línea tendemos a devaluarlo, a quitarle fuerza. El ser prudentes, el ser razonables, guía muchas de nuestras decisiones y acciones… Nos faltan gestos proféticos: acciones que hablen con claridad y hondura, acciones que interroguen a las personas, acciones que nos desinstalen, acciones que nos sorprendan y agarren… faltan gestos proféticos entre nosotros: eclesiales, comunitarios, personales… Vivimos una fe sabida, conocida, ritual izada, sin sobresaltos… sin profetismo.
Nos proponemos a reflexionar:
- Yo también participo en la manifestación. Me preparo para ella. Recuerdo los hechos liberadores y constructores de paz que suceden en el mundo, y a quienes los protagonizan. Aclamo a Jesús por todo ello. ¿Cuál es mi grito, mi cántico?
- Me siento parte de una muchedumbre que experimenta la liberación, que participa en ella, que vence obstáculos y se convierte, poco a poco, en zona liberada del Reino y de un mundo justo, solidario y pacifico
- ¿Qué gestos proféticos puedo llevar a cabo? Todos podemos hacer que nuestra vida tenga otra dimensión. Todos podemos asumir otro talante, otra actitud. Todos podemos llevar a cabo acciones proféticas, acciones que rompan la tranquilidad en la que estamos instalados. Todos podemos… ¡Todos debemos! ¡Todos necesitamos!
- Contemplo y escucho a Jesús. Veo sus gestos. Dejo que resuenen sus palabras.
Pbro. Daniel Silva.
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
en la Parroquia San José:
Brandsen 4970 Villa Dominico.
Círculo Bíblico San José
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Lectura del libro del profeta Isaías 50, 4-7
El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado. Palabra de Dios.
Salmo 21
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo: «Confió en el Señor, que él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto.» R.
Me rodea una jauría de perros, me asalta una banda de malhechores; taladran mis manos y mis pies. Yo puedo contar todos mis huesos. R.
Se reparten entre sí mi ropa y sortean mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme. R.
Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea: «Alábenlo, los que temen al Señor; glorifíquenlo, descendientes de Jacob; témanlo, descendientes de Israel.» R.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 2, 6-11
Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor.» Palabra de Dios
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 22,66c.23, 1b-49
Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron: «Dinos si eres el Mesías». Él les dijo: «Si yo les respondo, ustedes no me creerán, y si los interrogo, no me responderán. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso». Todos preguntaron: «¿Entonces eres el Hijo de Dios?». Jesús respondió: «Tienen razón, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».
Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato. Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías». Pilato lo interrogó, diciendo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». «Tú lo dices», le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena». Pero ellos insistían: «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí». Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia. Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo: «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero la multitud comenzó a gritar: «¡Que muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!». A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Por tercera vez les dijo: «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad». Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?». Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!». También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!». Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo». Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido. Palabra del Señor.
Reflexión:
SEMANA SANTA
Los últimos días de Cuaresma
Durante la Cuaresma la Iglesia nos exhorta a una solidaridad particular con todos los que sufren y que de cualquier modo experimentan la pobreza, la miseria, la injusticia, la persecución.
En la última semana de Cuaresma la Iglesia nos exhorta a una particular y excepcional solidaridad con el mismo Cristo paciente, es la semana propiamente dicha de la Pasión del Señor, la Semana Santa.
Detenerse ante Cristo que sufre, encontrar en sí mismo la solidaridad con El, he aquí el deber y la necesidad de cada corazón humano, he aquí la prueba de la sensibilidad humana. La Semana Santa es el tiempo de la apertura más amplia de la Iglesia a la humanidad y a la vez el tiempo cumbre de la evangelización. Al solidarizarnos con el Cristo que sufre y muere, experimentamos la cercanía de lo divino y lo humano. Dios ha decidido hablarnos con el lenguaje del amor, que es más fuerte que la muerte. Juan Pablo II
DOMINGO DE RAMOS
ENTRADA SOLEMNE EN JERUSALEN
1° No es una procesión religiosa, sino una manifestación
Durante la fiesta de Pascua, en primavera, se congregaban en Jerusalén miles de peregrinos venidos del resto del país y de la diáspora (=judíos dispersos por otros países). El ambiente de la ciudad en esos días era de efervescencia nacionalista y llamativa alegría. La Pascua era la fiesta judía por excelencia, conmemoración anual de la liberación del pueblo de la esclavitud egipcia. Su celebración ponía al rojo vivo las expectativas políticas del pueblo, sus ansias de liberación y esperanza mesiánica. Era una ocasión apta para movilizaciones populares de todo tipo.
Jesús tuvo que ser muy consciente de este clima y aprovechó la ocasión que se presentaba para realizar un importante gesto profético en el mismo centro del bastión político-religioso de sus enemigos en Jerusalén, y en su mismo corazón, que era el Templo.
Los hechos narrados por este Evangelio fueron sin duda una auténtica manifestación popular, masiva y enardecida, en la que se mezclaban los más profundos sentimientos de la fe del pueblo en Dios liberador y en su Mesías, con los sentimientos nacionalistas y políticos de los más diversos signos. No se trata, pues, de una procesión religiosa ordenada, con palmas que se agitan pacíficamente al ritmo de los cantos religiosos. Aquello fue un verdadero tumulto.
2° Su mensaje: Un Mesías humilde y pacifico
El relato de Lucas, a través de gestos narrados y signos empleados, transmiten nuevamente una imagen del Mesías que rompe algunos esquemas:
a) Jesús hace una entrada en Jerusalén, no con el aire triunfal de los vencedores sino en son de paz, con la sencillez de un Rey/Mesías que viene a servir a su pueblo, sin emplear para nada el poder y la violencia. Eso es lo que significa el “entrar montado sobre un asno”, en vez de hacerlo sobre un brioso caballo, como los príncipes y generales. Con su gesto profético, Jesús se presenta como el Mesías pacifico y humilde de Zacarías (9, 9-10).
b) El gesto de “enviar a sus discípulos a la aldea de enfrente a desatar y traer un asno en que nadie se ha montado nunca” tiene su significado. Todo hace referencia al texto de Zacarías sobre el Mesías y su entrada humilde y pacífica en Jerusalén. “Desató el asno” es símbolo de desatar la profecía que había permanecido “atada” hasta entonces, porque nadie le interesaba un Mesías de esta índole. Jesús intenta que sus discípulos, con la acción de desatar el asno abran los ojos y comprendan el estilo pacífico, humilde y liberador de su mesianismo. Es el Mesías que inaugura un tiempo nuevo, en el que la profecía queda liberada.
c) “La gente extendían sus mantos sobre el camino a medida que iba avanzando”. Con este gesto reconocen a Jesús como Rey/Mesías, renuncian a su poder, a sus ideologías, y le rinden homenaje, ya que el manto es signo de poder y dignidad.
d) Pero ante un Mesías de esta índole, hay división de opiniones, “Los discípulos en masa, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto. A la reacción positiva de los discípulos-si bien no todos entienden de este modo al Mesías pacifico- se contrapone la de “algunos fariseos” que, dirigiéndose a Jesús, quieren que reprenda a sus discípulos. Como siempre, los que están seguros de sí mismos tienen la osadía de censurar todo, como si todo el mundo tuviera que pensar como ellos.
3° ¡Si también tú comprendieras en este día lo que lleva a la paz!
…Jesús termina con el llanto y con esta profecía. “Pero no, no tienes ojos para verlo”. “Llegará un día…”. Cuando Lucas escribe este Evangelio, ya los romanos habían destruido Jerusalén, matado a muchos de sus habitantes y vendidos a los supervivientes como esclavos en Roma. Fue el gran desastre del pueblo judío en el año 70.
El Reino que Jesús trae pasa por el cambio en la escala de valores. La paz es lo que construye la nueva sociedad, y no el poder y la fuerza.
4° Gestos proféticos
Hay cosas en Jesús que nos desconciertan. Es más, diríamos que las hace a propósito para eso; como si con ellas nos estuviera queriendo decir algo. Una de esas cosas desconcertantes es su entrada en Jerusalén montado en un burro. Es un gesto cargado de sentido. Con El nos da unas claves de interpretación y unas coordenadas precisas para comprender quién es El, cuál es su mesianismo y su buena noticia. Como todos los gestos proféticos, tienen el valor de crear adhesiones y recelos, de romper con la indiferencia, de ponernos en la tesitura de optar.
Hoy día somos propensos a calcular, normativizar y cumplir. No queremos sentirnos desconcertados. Todo lo que se salga de la línea tendemos a devaluarlo, a quitarle fuerza. El ser prudentes, el ser razonables, guía muchas de nuestras decisiones y acciones… Nos faltan gestos proféticos: acciones que hablen con claridad y hondura, acciones que interroguen a las personas, acciones que nos desinstalen, acciones que nos sorprendan y agarren… faltan gestos proféticos entre nosotros: eclesiales, comunitarios, personales… Vivimos una fe sabida, conocida, ritual izada, sin sobresaltos… sin profetismo.
Nos proponemos a reflexionar:
- Yo también participo en la manifestación. Me preparo para ella. Recuerdo los hechos liberadores y constructores de paz que suceden en el mundo, y a quienes los protagonizan. Aclamo a Jesús por todo ello. ¿Cuál es mi grito, mi cántico?
- Me siento parte de una muchedumbre que experimenta la liberación, que participa en ella, que vence obstáculos y se convierte, poco a poco, en zona liberada del Reino y de un mundo justo, solidario y pacifico
- ¿Qué gestos proféticos puedo llevar a cabo? Todos podemos hacer que nuestra vida tenga otra dimensión. Todos podemos asumir otro talante, otra actitud. Todos podemos llevar a cabo acciones proféticas, acciones que rompan la tranquilidad en la que estamos instalados. Todos podemos… ¡Todos debemos! ¡Todos necesitamos!
- Contemplo y escucho a Jesús. Veo sus gestos. Dejo que resuenen sus palabras.
Pbro. Daniel Silva.
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viernes, 19 de marzo de 2010
Quinto Domingo de Cuaresma, …“El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”
Lecturas del 21-03-10 – Ciclo C –
Lectura libro del profeta Isaías 43, 16-21
Así habla el Señor, el que abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas; el que hizo salir carros de guerra y caballos, todo un ejército de hombres aguerridos; ellos quedaron tendidos, no se levantarán, se extinguieron, se consumieron como una mecha.
No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?
Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa.Me glorificarán las fieras salvajes, los chacales y los avestruces; porque haré brotar agua en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mí Pueblo, mi elegido, el Pueblo que yo me formé para que pregonara mi alabanza.
Palabra de Dios.
Salmo 125
R. ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía que soñábamos: nuestra boca se llenó de risas y nuestros labios, de canciones. R.
Hasta los mismos paganos decían: «¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!» ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría! R.
¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb! Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones. R.
El sembrador va llorando cuando esparce la semilla, pero vuelve cantando cuando trae las gavillas. R.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 3, 8-14
Hermanos: Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.
Por él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia -la que procede de la Ley- sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe.
Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos.
Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús.
Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús. Palabra de Dios.
Lectura s. Evangelio según san Juan 8, 1-11
Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?» Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra.» E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?»
Ella le respondió: «Nadie, Señor.»
«Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.»
Palabra del Señor.
Reflexión:
JESUS, MISERICORDIA DEL PADRE
La mujer adúltera
Para entender mejor el texto
En Israel, el adulterio era tenido por delito público y falta contra lo prescripto por Dios. La ley lo castigaba con la muerte, tal como aparece en el Levítico 20. Pero la tradición y las costumbres hicieron de esta ley, como de tantas otras, una interpretación machista. Ya así, el adulterio del hombre casado sólo era tal si tenía relaciones con una mujer casada, pro si ésta era soltera, esclava o prostituta, no se consideraba como adulterio su falta. Para la mujer casada, bastaba que tuviera relaciones con cualquier hombre. Por otra parte, la mujer sospechosa de adulterio era sometida a una prueba pública a tomar aguas amargas. Si se le hinchaba el vientre era cierto el adulterio; si no sentía malestares, todo quedaba en falsa sospecha (Números 5, 11-31). Esta prueba la realizaban los sacerdotes. El hombre no podía ser sometido a semejante rito. En todo caso, comprobado el adulterio, los pecadores-él y/o ella-debían ser apedreados por la comunidad.
El Evangelio pone de relieve muchas veces el contraste que se da entre nuestros juicios sobre los demás (severos) y sobre nosotros mismos (indulgentes). También se observa la diferencia entre el juicio del sistema imperante (implacable) y el de Dios (misericordioso). En este pasaje vemos a los letrados y fariseos representan la dureza de una actitud antievangélica. “La mujer sorprendida en adulterio” es la imagen de un pueblo que no es inocente, pero que es habitualmente maltratado por quienes lo dominan, y maltratado en nombre de la Ley de Dios. La narración tiene de trasfondo la trampa tendida a Jesús por sus enemigos: o absolución (contra la Ley judía) o condenación (contra la ley romana, que prohibía a los judíos matar por su cuenta). El juicio de Jesús, sin embargo, es doble: a los acusadores les devuelve su pecado, y a la acusada le da el perdón, la paz y un futuro nuevo. Este modo de obrar nos manifiesta el rostro de Dios.
Un pasaje en el que hay mucho que aprender
La acogida de la pecadora. También Dios, en vez de condenar al pecador, lo acoge para que se rehabilite. La imagen de la mujer adultera junto a Jesús puede representar cualquier comunidad cristiana, a cualquiera de nosotros, que necesitamos y somos acogidos más allá de lo que nos atrevemos a pedir, más allá de lo que la sociedad y la ley nos ofrece.
Llamar las cosas por sus nombres. Jesús llama pecado al pecado: “Vete y en adelante no vuelvas a pecar” esto tiene su importancia en una sociedad y cultura que trata hasta de borrar la palabra pecado de su lenguaje. Jesús le da importancia. Su acogida, su perdón, no es una exculpación sino una rehabilitación.
Jesús pone en evidencia a los acusadores. No sabemos lo que escribía en el suelo, sobre la tierra, pero algo nos hace sospechar al ver que los acusadores se fueron marchando, empezando por los más viejos… Además lo dice con claridad: “El que no tenga pecado, que tire la primera piedra”.
No supervalorar el pecado sexual. Jesús fue siempre misericordioso, comprensivo, tolerante con esa amplia gama de debilidades humanas relacionadas con el sexo y con la astuta supervivencia de los pobres. En cambio, fue mucho más duro con la hipocresía y la injusticia de los más fuertes y poderosos. Nunca llamó “raza de víboras” a los que la religión oficial calificaba de pecadores y malditos, sino que ese insulto lo reservó precisamente para los dirigentes. Por desgracia, muchas veces, la Iglesia ha supervalorado el pecado sexual. Jesús no le quita importancia pero, desde luego, no se la da más que a otros. La comunidad cristiana debe saber localizar, al igual que Jesús, el auténtico pecado que separa de Dios y nos aisla de los hermanos.
Orar siempre con misericordia. Los acusadores niegan a la mujer adúltera la posibilidad de un cambio. No le dan porvenir. Bajo las piedras, que sostienen en las manos impacientes, no intentan sólo sepultar el pasado, sino la persona misma de Jesús, con su misericordia y perdón, liquida definitivamente el pasado y entrega a la pecadora un futuro intacto. El castigo querido por fariseos y letrados es estéril: el perdón de Jesús es creativo. Aquellos echan en cara a la mujer su culpa vergonzante, emiten juicios severos sobre los demás en relación con su culpabilidad. Jesús, no condenándola, la rehabilita como persona ante Dios, ante los demás y ante ella misma.
Lanza piedras. Qué cómodo es juzgar a las personas desde los criterios seguros. Hay personas de bien y gente indeseable; personas con solvencia y gente con antecedentes penales; bienhechores de la sociedad y malhechores, ciudadanos y emigrantes. Qué fácil y que injusto puede ser apelar a la ley para condenar a tantas personas marginadas y excluidas o incapacitadas para vivir integradas en nuestras sociedad conforme a “ley del ciudadano ideal”.
Hay comportamientos que socialmente no son admitidos. Por ejemplo, no se ve bien a las personas que están enganchadas a la droga, o a las que han caído en la prostitución, y rápidamente pasamos a enjuiciarlas: “son unas viciosas, gente de mal vivir”… solemos juzgar a los demás según nuestro modo de ver las cosas, de acuerdo a nuestra forma personal de situarnos ante la vida: “ese no sabe organizarse”, “aquella derrocha el dinero”,” vaya ideas que tiene éste”…
¿A qué tipo de personas suele juzgar con más dureza nuestra sociedad?
¿¡Qué se dice de ellas?
Y tú, ¿a quién juzgas más duramente?
• las pedradas que yo he recibido…
• las piedras que yo he lanzado.
• las piedras con las que la sociedad golpea la vida de muchas personas…
Frente a tantos enjuiciamientos y condenas fáciles, Jesús nos invita a no condenar fríamente a los demás desde la pura objetividad de una ley, sino comprenderlos desde nuestra propia conducta personal.
Antes de arrojar piedras contra nadie, hemos de saber juzgar nuestro propio pecado. Quizás descubramos entonces que lo que muchas personas necesitan no es la condena de la ley sino que alguien les ayude y les ofrezca una posibilidad de rehabilitación.
Lo que la mujer adultera necesitaba no eran piedras, sino un corazón misericordioso y una mano amiga que le ayudara a levantarse.
Cuaresma nos invita a que dejemos las piedras en el suelo…
P. Daniel Silva
En este tiempo propicio para la reconciliación, pidamos a María que nos ayude a poner en práctica las enseñanzas de este Evangelio: Que condenemos al pecado pero nunca al pecador, y que, como la mujer adúltera, tomemos la decisión firme de acudir en estos días de preparación para la Pascua, a recibir el perdón del Señor mediante el sacramento de la Confesión.
Avisos Parroquiales:
Se encuentra abierta la inscripción para:
Primera Comunión, se necesita estar cursando como mínimo tercer grado.
Confirmación, estar cursando quinto grado.
Anotarse de lunes a viernes de 17 a 19 hs. En secretaría parroquial.
19 de Marzo: San José. Ver programa con los horarios de las Fiestas Patronales.
Lecturas de la semana:
Lunes 22: Dn. 13, 1-9.15-17.19-30.33-62; Sal. 22; Jn. 8, 12-20.
Martes 23: Nm. 21, 4-9; Sal. 101; Jn. 8, 21-30.
Miércoles 24: Dn. 3,14-20. 91-92. 95; Sal. Dn. 3, 52-56; Jn. 8, 31-42.
Jueves 25: Is. 7, 10-14. 8, 10; Sal. 39; Heb. 10, 4-10; Lc. 1.26-38.
Viernes 26: Jr. 20, 10-13; 88; Sal. 17; Jn. 10, 31-42.
Sábado 27: Ez. 37, 21-28; Sal. Jr. 31, 10-23; Jn. 11, 45-57.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones que acompañan las lecturas, textos de distintos autores: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria.
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
en la Parroquia San José:
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Lectura libro del profeta Isaías 43, 16-21
Así habla el Señor, el que abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas; el que hizo salir carros de guerra y caballos, todo un ejército de hombres aguerridos; ellos quedaron tendidos, no se levantarán, se extinguieron, se consumieron como una mecha.
No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?
Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa.Me glorificarán las fieras salvajes, los chacales y los avestruces; porque haré brotar agua en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mí Pueblo, mi elegido, el Pueblo que yo me formé para que pregonara mi alabanza.
Palabra de Dios.
Salmo 125
R. ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía que soñábamos: nuestra boca se llenó de risas y nuestros labios, de canciones. R.
Hasta los mismos paganos decían: «¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!» ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría! R.
¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb! Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones. R.
El sembrador va llorando cuando esparce la semilla, pero vuelve cantando cuando trae las gavillas. R.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 3, 8-14
Hermanos: Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.
Por él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia -la que procede de la Ley- sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe.
Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos.
Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús.
Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús. Palabra de Dios.
Lectura s. Evangelio según san Juan 8, 1-11
Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?» Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra.» E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?»
Ella le respondió: «Nadie, Señor.»
«Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.»
Palabra del Señor.
Reflexión:
JESUS, MISERICORDIA DEL PADRE
La mujer adúltera
Para entender mejor el texto
En Israel, el adulterio era tenido por delito público y falta contra lo prescripto por Dios. La ley lo castigaba con la muerte, tal como aparece en el Levítico 20. Pero la tradición y las costumbres hicieron de esta ley, como de tantas otras, una interpretación machista. Ya así, el adulterio del hombre casado sólo era tal si tenía relaciones con una mujer casada, pro si ésta era soltera, esclava o prostituta, no se consideraba como adulterio su falta. Para la mujer casada, bastaba que tuviera relaciones con cualquier hombre. Por otra parte, la mujer sospechosa de adulterio era sometida a una prueba pública a tomar aguas amargas. Si se le hinchaba el vientre era cierto el adulterio; si no sentía malestares, todo quedaba en falsa sospecha (Números 5, 11-31). Esta prueba la realizaban los sacerdotes. El hombre no podía ser sometido a semejante rito. En todo caso, comprobado el adulterio, los pecadores-él y/o ella-debían ser apedreados por la comunidad.
El Evangelio pone de relieve muchas veces el contraste que se da entre nuestros juicios sobre los demás (severos) y sobre nosotros mismos (indulgentes). También se observa la diferencia entre el juicio del sistema imperante (implacable) y el de Dios (misericordioso). En este pasaje vemos a los letrados y fariseos representan la dureza de una actitud antievangélica. “La mujer sorprendida en adulterio” es la imagen de un pueblo que no es inocente, pero que es habitualmente maltratado por quienes lo dominan, y maltratado en nombre de la Ley de Dios. La narración tiene de trasfondo la trampa tendida a Jesús por sus enemigos: o absolución (contra la Ley judía) o condenación (contra la ley romana, que prohibía a los judíos matar por su cuenta). El juicio de Jesús, sin embargo, es doble: a los acusadores les devuelve su pecado, y a la acusada le da el perdón, la paz y un futuro nuevo. Este modo de obrar nos manifiesta el rostro de Dios.
Un pasaje en el que hay mucho que aprender
La acogida de la pecadora. También Dios, en vez de condenar al pecador, lo acoge para que se rehabilite. La imagen de la mujer adultera junto a Jesús puede representar cualquier comunidad cristiana, a cualquiera de nosotros, que necesitamos y somos acogidos más allá de lo que nos atrevemos a pedir, más allá de lo que la sociedad y la ley nos ofrece.
Llamar las cosas por sus nombres. Jesús llama pecado al pecado: “Vete y en adelante no vuelvas a pecar” esto tiene su importancia en una sociedad y cultura que trata hasta de borrar la palabra pecado de su lenguaje. Jesús le da importancia. Su acogida, su perdón, no es una exculpación sino una rehabilitación.
Jesús pone en evidencia a los acusadores. No sabemos lo que escribía en el suelo, sobre la tierra, pero algo nos hace sospechar al ver que los acusadores se fueron marchando, empezando por los más viejos… Además lo dice con claridad: “El que no tenga pecado, que tire la primera piedra”.
No supervalorar el pecado sexual. Jesús fue siempre misericordioso, comprensivo, tolerante con esa amplia gama de debilidades humanas relacionadas con el sexo y con la astuta supervivencia de los pobres. En cambio, fue mucho más duro con la hipocresía y la injusticia de los más fuertes y poderosos. Nunca llamó “raza de víboras” a los que la religión oficial calificaba de pecadores y malditos, sino que ese insulto lo reservó precisamente para los dirigentes. Por desgracia, muchas veces, la Iglesia ha supervalorado el pecado sexual. Jesús no le quita importancia pero, desde luego, no se la da más que a otros. La comunidad cristiana debe saber localizar, al igual que Jesús, el auténtico pecado que separa de Dios y nos aisla de los hermanos.
Orar siempre con misericordia. Los acusadores niegan a la mujer adúltera la posibilidad de un cambio. No le dan porvenir. Bajo las piedras, que sostienen en las manos impacientes, no intentan sólo sepultar el pasado, sino la persona misma de Jesús, con su misericordia y perdón, liquida definitivamente el pasado y entrega a la pecadora un futuro intacto. El castigo querido por fariseos y letrados es estéril: el perdón de Jesús es creativo. Aquellos echan en cara a la mujer su culpa vergonzante, emiten juicios severos sobre los demás en relación con su culpabilidad. Jesús, no condenándola, la rehabilita como persona ante Dios, ante los demás y ante ella misma.
Lanza piedras. Qué cómodo es juzgar a las personas desde los criterios seguros. Hay personas de bien y gente indeseable; personas con solvencia y gente con antecedentes penales; bienhechores de la sociedad y malhechores, ciudadanos y emigrantes. Qué fácil y que injusto puede ser apelar a la ley para condenar a tantas personas marginadas y excluidas o incapacitadas para vivir integradas en nuestras sociedad conforme a “ley del ciudadano ideal”.
Hay comportamientos que socialmente no son admitidos. Por ejemplo, no se ve bien a las personas que están enganchadas a la droga, o a las que han caído en la prostitución, y rápidamente pasamos a enjuiciarlas: “son unas viciosas, gente de mal vivir”… solemos juzgar a los demás según nuestro modo de ver las cosas, de acuerdo a nuestra forma personal de situarnos ante la vida: “ese no sabe organizarse”, “aquella derrocha el dinero”,” vaya ideas que tiene éste”…
¿A qué tipo de personas suele juzgar con más dureza nuestra sociedad?
¿¡Qué se dice de ellas?
Y tú, ¿a quién juzgas más duramente?
• las pedradas que yo he recibido…
• las piedras que yo he lanzado.
• las piedras con las que la sociedad golpea la vida de muchas personas…
Frente a tantos enjuiciamientos y condenas fáciles, Jesús nos invita a no condenar fríamente a los demás desde la pura objetividad de una ley, sino comprenderlos desde nuestra propia conducta personal.
Antes de arrojar piedras contra nadie, hemos de saber juzgar nuestro propio pecado. Quizás descubramos entonces que lo que muchas personas necesitan no es la condena de la ley sino que alguien les ayude y les ofrezca una posibilidad de rehabilitación.
Lo que la mujer adultera necesitaba no eran piedras, sino un corazón misericordioso y una mano amiga que le ayudara a levantarse.
Cuaresma nos invita a que dejemos las piedras en el suelo…
P. Daniel Silva
En este tiempo propicio para la reconciliación, pidamos a María que nos ayude a poner en práctica las enseñanzas de este Evangelio: Que condenemos al pecado pero nunca al pecador, y que, como la mujer adúltera, tomemos la decisión firme de acudir en estos días de preparación para la Pascua, a recibir el perdón del Señor mediante el sacramento de la Confesión.
Avisos Parroquiales:
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Anotarse de lunes a viernes de 17 a 19 hs. En secretaría parroquial.
19 de Marzo: San José. Ver programa con los horarios de las Fiestas Patronales.
Lecturas de la semana:
Lunes 22: Dn. 13, 1-9.15-17.19-30.33-62; Sal. 22; Jn. 8, 12-20.
Martes 23: Nm. 21, 4-9; Sal. 101; Jn. 8, 21-30.
Miércoles 24: Dn. 3,14-20. 91-92. 95; Sal. Dn. 3, 52-56; Jn. 8, 31-42.
Jueves 25: Is. 7, 10-14. 8, 10; Sal. 39; Heb. 10, 4-10; Lc. 1.26-38.
Viernes 26: Jr. 20, 10-13; 88; Sal. 17; Jn. 10, 31-42.
Sábado 27: Ez. 37, 21-28; Sal. Jr. 31, 10-23; Jn. 11, 45-57.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones que acompañan las lecturas, textos de distintos autores: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria.
Te esperamos los sábados 17:00 h.
Para Compartir la Palabra de Jesús,
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domingo, 14 de marzo de 2010
Cuarto Domingo de Cuaresma, “Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti…”
Lecturas del 14-03-10 – Ciclo C –
Libro de Josué 4,19; 5, 9a. 10-12
El pueblo salió del Jordán el día diez del primer mes, y estableció su campamento en Guilgal, en el extremo oriental de Jericó.
El Señor dijo a Josué: «Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto.»
Los israelitas acamparon en Guilgal, y el catorce del mes, por la tarde, celebraron la Pascua en la llanura de Jericó.
Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país -pan sin levadura y granos tostados- ese mismo día.
El maná dejó de caer al día siguiente, cuando comieron los productos del país. Ya no hubo más maná para los israelitas, y aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán. Palabra de Dios.
Salmo 33
R. ¡Gusten y vean que bueno es el Señor!
Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor: que lo oigan los humildes y se alegren. R.
Glorifiquen conmigo al Señor, alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: él me respondió y me libró de todos mis temores. R.
Miren hacia él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor: él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 5, 17-21
Hermanos:
El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.
Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación.
Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro.
Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios.
A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él.
Palabra de Dios.
S. Evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32
Todos los publícanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo entonces esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde." Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!" Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo."
Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado." Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.
El le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo."
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!"
Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado."» Palabra del Señor
Reflexión
A través de esta lectura nuestro Señor dirige una emotiva llamada a la conversión, a recomenzar con un nuevo ardor en nuestra vida cristiana, la parábola del “Padre misericordioso”, nos deja una enseñanza y es que nuestro Padre, siempre nos espera, la vuelta a Dios es siempre posible, por disparatados que hayan sido nuestros caminos en el pasado. Tomar conciencia que vamos por el camino incorrecto (arrepentirse), volver a transitar el camino de Dios (convertirse), recomenzar: tres etapas necesarias y sucesivas en el itinerario de nuestra vida espiritual.
"Dejaos reconciliar con Dios", he aquí una clave de lectura de los textos litúrgicos de este domingo de cuaresma. En la primera lectura Dios se reconcilia con su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la segunda lectura, san Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.
Todo, en esta parábola, es sorprendente; nunca había sido descrito Dios a los hombres con estos rasgos. Tiene un poder increíble para actuar en la mente, en el corazón, en la fantasía, en la memoria. Sabe tocar los puntos más diversos: el arrepentimiento, la vergüenza, la nostalgia.
¿Pero quiénes eran los pecadores, qué categoría de personas era designada con este término?
Los fariseos tenían una visión propia de la ley y de lo que es conforme o contrario a ella, y consideraban réprobos a todos los que no se conformaban con su rígida interpretación de la ley. Pecadores, en resumen, eran para ellos todos los que no seguían sus tradiciones y dictámenes.
Jesús condena este proceder estableciendo por cuenta propia cuál es la verdadera justicia y despreciar a los demás, negándoles hasta la posibilidad de cambiar.
Jesús se opuso a las empalizadas que se levantaban en el cuerpo de Israel, por las cuales algunos israelitas eran tratados como si estuvieran fuera de la alianza y excluidos de la gracia de Dios.
El evangelio comienza diciendo “Un hombre tenía dos hijos” y podemos preguntarnos a cuál de los dos hijos nos gustaría parecernos: uno no había sabido entregar su alma; el otro no había sabido entregar su corazón. Ambos han entristecido a su padre; ambos se han mostrado duros con él; ambos han ignorado su bondad. Uno por su desobediencia y el otro “a pesar” de su obediencia.
¿A cuál nos gustaría parecernos? ¿Al dilapidador? ¿Al calculador?
No hay en la parábola un tercer hijo al que pudiéramos referirnos y, por lo tanto, nos vemos obligados a convenir en que somos el uno o el otro... o tal vez el uno “y” el otro.
Se nos muestran dos hijos muy singulares, pero también un padre singular, un padre que no hace nada para oponerse al capricho insolente y estúpido de su hijo menor, sin reprocharle nada. Y el final de la historia no es más edificante que el comienzo. Cuando el hijo mayor se niega a tomar parte en el banquete, es el padre quien tiene que molestarse en rogarle que entre.
¿Qué clase de casa es ésa, en la que son los hijos los que mandan? ¿Cuándo se decidirá de una vez ese padre a decir: “quiero”, “mando”?
Parece realmente que este padre es un padre que no ha sabido educar a sus hijos.
Pero...., no nos encontramos en una casa de la tierra. Ese padre que pide en lugar de mandar, que da y no sabe decir no, que perdona en lugar de castigar... Ese padre que no tiene igual aquí abajo: es nuestro Padre del Cielo. Ese Padre de quien San Juan nos ha dado a conocer el nombre: “Dios es amor”.
Es fácil reconocerlo en la parábola. Ese Dios que calla y desaparece, ese Dios que da y que perdona... nos ha puesto una sola ley: amarás. El amor, es la única ley en la casa del Padre.
Pero el amor tiene por condición la libertad. No hay ser humano que pueda ser obligado a amar. La libertad es condición del amor. Dios, que nos ama y porque nos ama, y porque espera de nosotros amor y no quiere de nosotros más que amor; ha corrido el gran riesgo del amor; y para nosotros el gran riesgo de la libertad.
Tenemos –quizás por desgracia-, ese prodigioso y triste poder de negarle o regatearle a Dios nuestro amor. Es la historia de esos dos hijos de la parábola: la historia del pecado. Nuestra propia historia.
El hijo menor abandonó a su padre, no porque deseara llevar una vida disoluta, sino porque no quería seguir obedeciendo a su padre; Su pecado comenzó el día en que dejó de amar a su padre por encima de todo y más que a sí mismo. El pecado estuvo antes en su espíritu. Ahí es donde siempre hay que descubrir el pecado.
Después del pecado del rebelde, del infiel;... viene el pecado discreto, insospechado, el pecado de la mayor parte de nosotros, el pecado del hijo mayor, pues él era exteriormente el modelo de obediencia.
Ese hijo no ha desobedecido nunca, justo al revés que el hijo menor. Se le podría citar como ejemplo; Detrás de ese exterior suyo virtuoso, se muestran de repente los malos sentimientos. En un instante, ese modelo de obediencia va a revelarse como ambicioso, envidioso, avaro, malvado, duro.
Asimismo pasa con nosotros. Quizás nos toman por mejores que los demás. Nosotros mismos pensamos con naturalidad que, cuando se habla de pecadores, se trata de los demás.
Es un buen momento para preguntarnos ¿Cómo no sentimos nosotros? Todos somos egoístas, todos somos pecadores. Habría motivos para desesperarse, si nuestro Señor no hubiera venido a llamar a los pecadores y si a los justos.
Por eso nuestra parábola termina con alegría que se desborda y se convierte en fiesta. Aquel padre no cabe en sí y no sabe qué inventar: ordena sacar el vestido de lujo, el anillo con el sello de familia, matar el ternero cebado, y dice a todos: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado».
Pidamos al Señor hoy, la gracia de una sincera conversión que nos haga capaces de volver a Dios, desde el lugar en que estemos hoy.
Avisos Parroquiales:
Se encuentra abierta la inscripción para:
Primera Comunión, se necesita estar cursando como mínimo tercer grado.
Confirmación, estar cursando quinto grado.
Anotarse de lunes a viernes de 17 a 19 hs. En secretaría parroquial.
19 de Marzo: San José. Ver programa con los horarios de las Fiestas Patronales.
Lecturas de la semana:
Lunes 15: Is. 65, 17-21; Sal. 29; Jn. 4, 43-54.
Martes 16: Ez. 47, 1-9.12; Sal. 45; Jn. 5, 1-3.5-16.
Miércoles 17: Is. 48, 8-15; Sal. 144; Jn. 5, 17-30.
Jueves 18: Ex. 32, 7-14; Sal. 105; Jn. 5, 31-47.
Viernes 19: 2Sm. 7,4-5ª.12-14ª.16; Sal. 88; Rm. 4, 13. 16-18.22; Mt. 1, 16. 18-21.24a.
Sábado 20: Jr. 11, 18-20; Sal. 7; Jn. 7, 40-53.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones que acompañan las lecturas, textos de distintos autores: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria y reflexiones del P. Raniero Cantalamessa.
Te esperamos los sábados 17:00 h.
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Círculo Bíblico San José
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Libro de Josué 4,19; 5, 9a. 10-12
El pueblo salió del Jordán el día diez del primer mes, y estableció su campamento en Guilgal, en el extremo oriental de Jericó.
El Señor dijo a Josué: «Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto.»
Los israelitas acamparon en Guilgal, y el catorce del mes, por la tarde, celebraron la Pascua en la llanura de Jericó.
Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país -pan sin levadura y granos tostados- ese mismo día.
El maná dejó de caer al día siguiente, cuando comieron los productos del país. Ya no hubo más maná para los israelitas, y aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán. Palabra de Dios.
Salmo 33
R. ¡Gusten y vean que bueno es el Señor!
Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor: que lo oigan los humildes y se alegren. R.
Glorifiquen conmigo al Señor, alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: él me respondió y me libró de todos mis temores. R.
Miren hacia él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor: él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 5, 17-21
Hermanos:
El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.
Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación.
Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro.
Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios.
A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él.
Palabra de Dios.
S. Evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32
Todos los publícanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo entonces esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde." Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!" Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo."
Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado." Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.
El le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo."
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!"
Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado."» Palabra del Señor
Reflexión
A través de esta lectura nuestro Señor dirige una emotiva llamada a la conversión, a recomenzar con un nuevo ardor en nuestra vida cristiana, la parábola del “Padre misericordioso”, nos deja una enseñanza y es que nuestro Padre, siempre nos espera, la vuelta a Dios es siempre posible, por disparatados que hayan sido nuestros caminos en el pasado. Tomar conciencia que vamos por el camino incorrecto (arrepentirse), volver a transitar el camino de Dios (convertirse), recomenzar: tres etapas necesarias y sucesivas en el itinerario de nuestra vida espiritual.
"Dejaos reconciliar con Dios", he aquí una clave de lectura de los textos litúrgicos de este domingo de cuaresma. En la primera lectura Dios se reconcilia con su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la segunda lectura, san Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.
Todo, en esta parábola, es sorprendente; nunca había sido descrito Dios a los hombres con estos rasgos. Tiene un poder increíble para actuar en la mente, en el corazón, en la fantasía, en la memoria. Sabe tocar los puntos más diversos: el arrepentimiento, la vergüenza, la nostalgia.
¿Pero quiénes eran los pecadores, qué categoría de personas era designada con este término?
Los fariseos tenían una visión propia de la ley y de lo que es conforme o contrario a ella, y consideraban réprobos a todos los que no se conformaban con su rígida interpretación de la ley. Pecadores, en resumen, eran para ellos todos los que no seguían sus tradiciones y dictámenes.
Jesús condena este proceder estableciendo por cuenta propia cuál es la verdadera justicia y despreciar a los demás, negándoles hasta la posibilidad de cambiar.
Jesús se opuso a las empalizadas que se levantaban en el cuerpo de Israel, por las cuales algunos israelitas eran tratados como si estuvieran fuera de la alianza y excluidos de la gracia de Dios.
El evangelio comienza diciendo “Un hombre tenía dos hijos” y podemos preguntarnos a cuál de los dos hijos nos gustaría parecernos: uno no había sabido entregar su alma; el otro no había sabido entregar su corazón. Ambos han entristecido a su padre; ambos se han mostrado duros con él; ambos han ignorado su bondad. Uno por su desobediencia y el otro “a pesar” de su obediencia.
¿A cuál nos gustaría parecernos? ¿Al dilapidador? ¿Al calculador?
No hay en la parábola un tercer hijo al que pudiéramos referirnos y, por lo tanto, nos vemos obligados a convenir en que somos el uno o el otro... o tal vez el uno “y” el otro.
Se nos muestran dos hijos muy singulares, pero también un padre singular, un padre que no hace nada para oponerse al capricho insolente y estúpido de su hijo menor, sin reprocharle nada. Y el final de la historia no es más edificante que el comienzo. Cuando el hijo mayor se niega a tomar parte en el banquete, es el padre quien tiene que molestarse en rogarle que entre.
¿Qué clase de casa es ésa, en la que son los hijos los que mandan? ¿Cuándo se decidirá de una vez ese padre a decir: “quiero”, “mando”?
Parece realmente que este padre es un padre que no ha sabido educar a sus hijos.
Pero...., no nos encontramos en una casa de la tierra. Ese padre que pide en lugar de mandar, que da y no sabe decir no, que perdona en lugar de castigar... Ese padre que no tiene igual aquí abajo: es nuestro Padre del Cielo. Ese Padre de quien San Juan nos ha dado a conocer el nombre: “Dios es amor”.
Es fácil reconocerlo en la parábola. Ese Dios que calla y desaparece, ese Dios que da y que perdona... nos ha puesto una sola ley: amarás. El amor, es la única ley en la casa del Padre.
Pero el amor tiene por condición la libertad. No hay ser humano que pueda ser obligado a amar. La libertad es condición del amor. Dios, que nos ama y porque nos ama, y porque espera de nosotros amor y no quiere de nosotros más que amor; ha corrido el gran riesgo del amor; y para nosotros el gran riesgo de la libertad.
Tenemos –quizás por desgracia-, ese prodigioso y triste poder de negarle o regatearle a Dios nuestro amor. Es la historia de esos dos hijos de la parábola: la historia del pecado. Nuestra propia historia.
El hijo menor abandonó a su padre, no porque deseara llevar una vida disoluta, sino porque no quería seguir obedeciendo a su padre; Su pecado comenzó el día en que dejó de amar a su padre por encima de todo y más que a sí mismo. El pecado estuvo antes en su espíritu. Ahí es donde siempre hay que descubrir el pecado.
Después del pecado del rebelde, del infiel;... viene el pecado discreto, insospechado, el pecado de la mayor parte de nosotros, el pecado del hijo mayor, pues él era exteriormente el modelo de obediencia.
Ese hijo no ha desobedecido nunca, justo al revés que el hijo menor. Se le podría citar como ejemplo; Detrás de ese exterior suyo virtuoso, se muestran de repente los malos sentimientos. En un instante, ese modelo de obediencia va a revelarse como ambicioso, envidioso, avaro, malvado, duro.
Asimismo pasa con nosotros. Quizás nos toman por mejores que los demás. Nosotros mismos pensamos con naturalidad que, cuando se habla de pecadores, se trata de los demás.
Es un buen momento para preguntarnos ¿Cómo no sentimos nosotros? Todos somos egoístas, todos somos pecadores. Habría motivos para desesperarse, si nuestro Señor no hubiera venido a llamar a los pecadores y si a los justos.
Por eso nuestra parábola termina con alegría que se desborda y se convierte en fiesta. Aquel padre no cabe en sí y no sabe qué inventar: ordena sacar el vestido de lujo, el anillo con el sello de familia, matar el ternero cebado, y dice a todos: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado».
Pidamos al Señor hoy, la gracia de una sincera conversión que nos haga capaces de volver a Dios, desde el lugar en que estemos hoy.
Avisos Parroquiales:
Se encuentra abierta la inscripción para:
Primera Comunión, se necesita estar cursando como mínimo tercer grado.
Confirmación, estar cursando quinto grado.
Anotarse de lunes a viernes de 17 a 19 hs. En secretaría parroquial.
19 de Marzo: San José. Ver programa con los horarios de las Fiestas Patronales.
Lecturas de la semana:
Lunes 15: Is. 65, 17-21; Sal. 29; Jn. 4, 43-54.
Martes 16: Ez. 47, 1-9.12; Sal. 45; Jn. 5, 1-3.5-16.
Miércoles 17: Is. 48, 8-15; Sal. 144; Jn. 5, 17-30.
Jueves 18: Ex. 32, 7-14; Sal. 105; Jn. 5, 31-47.
Viernes 19: 2Sm. 7,4-5ª.12-14ª.16; Sal. 88; Rm. 4, 13. 16-18.22; Mt. 1, 16. 18-21.24a.
Sábado 20: Jr. 11, 18-20; Sal. 7; Jn. 7, 40-53.
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones que acompañan las lecturas, textos de distintos autores: El libro del Pueblo de Dios. Unos momentos con Jesús y Maria y reflexiones del P. Raniero Cantalamessa.
Te esperamos los sábados 17:00 h.
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