Intención para la evangelización ‐

Intenciones de oración de septiembre: Oremos por una gestión justa y sostenible del agua, recurso vital, para que todos tengan acceso equitativo a ella.

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre"

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre" Mt 7, 7-8. No sé qué quería, pero había algo en mí que me movía a buscar, tal vez que las cosas tengan sentido, y te encontré. Me cuestionaba sobre la vida y me diste tu sabiduría para que pueda encontrar alegría y paz. Ante mis miedos y dudas, te pido que me acompañes en mi peregrinar y me das tu Espíritu Santo, el mismo que te acompaño a vos, hoy me acompaña a mí, me asiste y guía. Hoy sigo buscando más de tu Palabra, de la Verdad y el camino, con la confianza puesta en vos, Dios mío, sé que estás presente en mi vida. Ven Señor Jesús, te necesito.

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16: La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de inquietudes. La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y le sale al encuentro en todos sus pensamientos.

viernes, 17 de enero de 2014



Jesús se hizo presente en mi vida y "doy testimonio de que él es el Hijo de Dios"
Lecturas del 19-01-14
Segundo Domingo durante el año
(Ciclo A)
Libro de Isaías 49,3-6.       
El me dijo: "Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré".       
Y ahora, ha hablado el Señor, el que me formó desde el seno materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza.  
El dice: "Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra".
Palabra de Dios.   
Salmo 39
R: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Esperé confiadamente en el Señor: él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.
Puso en mi boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios. R
Tú no quisiste víctima ni oblación; pero me diste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios, entonces dije: "Aquí estoy”. R

“En el libro de la Ley está escrito lo que tengo que hacer: yo amo, Dios mío, tu voluntad, y tu ley está en mi corazón". R     
Proclamé gozosamente tu justicia en la gran asamblea; no, no mantuve cerrados mis labios, tú lo sabes, Señor. R   
1º Carta  de San Pablo a los Corintios 1,1-3.               
Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sostenes, saludan a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro.          
Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Palabra de Dios.   
Evangelio según San Juan 1,29-34.                
Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.    
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel".     
Y Juan dio este testimonio: "He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.  
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 'Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo'.  
Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios". Palabra del Señor.
Reflexión
El testimonio de Juan sobre Jesús
Este pasaje evangélico contiene el testimonio central de Juan Bautista sobre Jesús. Al no señalarse auditorio, su testimonio es perenne, dirigido a todas las personas de todos los tiempos y con eco permanente en la comunidad cristiana.
Juan anuncia quién es Jesús.  La primera parte es una declaración hecha al ver a Jesús que llegaba.  La segunda es un testimonio sobre él, que nace de su experiencia personal.  Juan ha visto con sus propios ojos al Espíritu que bajaba y se quedaba en Jesús.  Pero su testimonio no nace por condición humana –por dos veces Juan niega haber conocido antes  a Jesús-, sino que procede de un anuncio divino confirmado por su propia experiencia.
Dos títulos caracterizan a Jesús: “Cordero de Dios” e “Hijo de Dios”.  Y dos frases describen su actividad: “el que quita el pecado del mundo” y “el que bautiza con Espíritu Santo”. Jesús es el Cordero de Dios por ser Hijo de Dios, el don de Dios a la humanidad.  Y el objeto de ese don de Dios es hacer posible que el mundo escape de la muerte y obtenga la vida.  Más adelante, en el Evangelio, se nos dirá: “Así mostró Dios su amor al mundo, enviando a su Hijo único, para que tenga vida eterna y no perezca ninguno de los que creen en Él” (Jn 3, 16)
El titulo de Cordero de Dios hace referencia al cordero pascual, cuya sangre liberó al pueblo de la muerte y cuya carne fue comida por el pueblo al comienzo de su éxodo de Egipto. (Ex. 12, 1-4).  Utilizando un símbolo de la cultura del pueblo, el cordero, Juan describe la misión del Mesías; Él será, con su muerte, el liberador y el alimento de los que le sigan en el éxodo que va a realizar. Es una nueva época pascual, pues tiene la alegría de la libertad, y representa la verdadera alianza de Dios con la humanidad.
La expresión “que quita el pecado del mundo” describe la liberación que va efectuar Dios por medio de Jesús.  Hay que  notar que el pecado del mundo ya existe antes de que Jesús comience su actividad; eliminarlo va a ser su misión.  En consecuencia, el pecado no se identifica con la no adhesión a Jesús.  El pecado del mundo es el rechazo de la palabra-vida que interpela a la humanidad ya antes de la llegada histórica en Jesús.  El pecado consiste en oponerse a la vida que Dios comunica frustrando así su proyecto creador.
Para su misión Jesús ha recibido la unción de Mesías, que es plenitud del Espíritu y comunicación personal de Dios.  Él es por eso “Hijo de Dios”, Dios entre los hombres, el enviado del Padre, el que ha bajado del cielo, la Palabra encarnada.  Participando de la plenitud que Él posee, los que se adhieren a Él nacerán del Espíritu (eso es el bautismo con Espíritu) y recibirán la fuerza de vida que los liberará de la opresión del pecado.
Juan al declararlo hace una invitación a los hombres y mujeres de toda época; les hace saber que en Jesús se encuentra la vida, que por Él pueden liberarse de la opresión y el pecado.
Son bastantes los cristianos que llevan en el fondo de su ser la caricatura de un Dios desfigurado que tiene poco que ver con el verdadero rostro del Dios que nos ha revelado en Jesús. Todavía no han comprendido que Dios no es un dictador celoso de nuestra felicidad, controlador implacable de nuestros pecados, sino una mano tendida con ternura, empeñada en quitar el pecado del mundo.
Son bastantes los cristianos que necesitan liberarse de un grave malentendido; las cosas no son malas porque Dios ha querido que sean pecados.  Es exactamente al revés.  Precisamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad, son pecados que Dios quiere quitar del corazón del mundo y del corazón de cada hombre y mujer.
Por eso, cuando Juan nos presenta a Jesús como “el que quita el pecado del mundo”, no está pensando en una acción moralizante, una especie de saneamiento de costumbres.  Está anunciándonos que Dios está a nuestro lado frente al mal.  Que, en Jesús, Dios nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría, para liberarnos del mal y vivir en plenitud.
Con frecuencia los cristianos hemos olvidado algo que es nuclear en el Evangelio.  El pecado no es solamente algo que puede ser perdonado, sino algo que debe “ser quitado” y arrancado de la humanidad.  Jesús se presenta como alguien que “quita el pecado del mundo”.  Alguien que no solamente ofrece el perdón, sino también la posibilidad de ir quitando el pecado, la injusticia y el mal que se apodera de los seres humanos.  La conclusión es evidente: creer en Jesús no consiste sólo en abrirse al perdón de Dios.  Seguir a Jesús es comprometerse en su lucha y su esfuerzo por quitar el pecado, que domina a los hombres y mujeres, y todas sus desastrosas consecuencias.
Los cristianos de hoy no somos conscientes de la profunda contradicción que se da en el interior de nuestra vida cuando la apatía y la indiferencia apagan en nosotros el fuego del Espíritu.  Parecemos hombres y mujeres que, por decirlo con palabras del Bautista, han sido “bautizados con agua” pero a los que falta todavía “ser bautizados en el Espíritu Santo y fuego”.  Es necesario gustar y saborear a Dios sumergiéndose en el Espíritu.
La única razón de ser una comunidad cristiana es dar testimonio de Jesucristo.  Dicho de otra forma; actualizar hoy en sociedad el misterio del amor liberador de Dios manifestado en Cristo.  La Iglesia no tiene otra justificación.  Y hemos de recordar que no todo lo que vivimos y hacemos los creyentes testimonia a su favor, ni todo de la misma manera.  La Iglesia puede atraer hacia Dios, pero puede también alejar.  Difícilmente seremos testigos de Dios si no manifestamos su amor salvador y liberador. 
Tal vez una de las tragedias del mundo actual, tan radicalizado en muchos aspectos, es no contar con experiencias de “fe radical” y de “testigos vivos” de Dios. 
La figura del Bautista, testigo verdadero de Jesucristo, nos obliga a hacernos la pregunta:
¿Ayuda mi vida a alguien a creer en Dios?
Hoy, en mi vida:
Saber reconocer, como Juan Bautista, dentro de un bautismo masivo-en la normalidad de la vida, en los acontecimientos de hoy, en ese que se acerca o se aleja…- al que quita el pecado del mundo, al que bautiza en el Espíritu, al que nos da la vida, identidad y esperanza, el que cura nuestras heridas.
Recordar  a todos los que han hecho y hacen posible mi fe, a todos los que han dado a conocer a Jesucristo y han hecho de mí una persona nueva.  Recordar y agradecer su testimonio –sus palabras, sus hechos, su vida, su fe. 
Creo y vivo esto gracias a otras muchas personas que han creído, gracias a esta iglesia que me parece pobre y reaccionaria, gracias a esta comunidad que no acaba de consolidarse.
Aprender a ser.  Mirando a Juan, mirando a Jesús, dejándose conducir por el Espíritu.  Se aprende a ser sabiendo, estar en el mundo, en la historia, en la vida, viviendo nuestra vocación anunciando y bautizando, dando esperanza, acercando un poco más el reino de Dios a nuestra realidad, a nuestro pueblo, a nuestra casa…
Tomar conciencia de que hay algo que nos impide vivir en plenitud.  Es una realidad social y estructural que llamamos pecado, y de la cual necesitamos ser liberados.  Y hay alguien que nos libera, que nos ofrece espacios abiertos y caminos de libertad, que rompe nuestras cadenas y nos pone sobre las alas del Espíritu.  Alguien que nos habla y espera que acojamos su oferta.
Y si es necesario, vivir la invernada sin perder la esperanza.  El hielo de la indiferencia social nos está cercando.  Dios aparece como algo superfluo y no necesario.  La fe se ha desligado de lo social y hasta de la vida.  El pecado, hasta como término, ha desaparecido.  Ser cristiano no se estila y hasta parece decir y aporta poco.  La Iglesia es referencia ambigua… Quizá  haga falta mucho tiempo y paciencia para superar la invernada y fundir ese hielo que hoy congela la vida…  Orar es una forma de dar calor al corazón y mantener viva la esperanza.
Pbro. Daniel Silva. (2011)
Quédate conmigo, Señor.
Quédate conmigo, Señor, porque es necesario tenerte presente para que Yo no te pueda olvidar. Tú sabes que tan fácilmente te abandono.
Quédate conmigo, Señor, porque Yo soy débil y necesito de tu fortaleza, para que no caiga tan frecuentemente.
Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi vida y sin Ti Yo estoy sin fervor.
Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi luz y sin ti yo estoy en la oscuridad.
Quédate conmigo, Señor, para mostrarme tu voluntad.
Quédate conmigo, Señor, para que yo pueda escuchar Tú voz y seguirte.
Quédate conmigo, Señor, porque yo deseo amarte mucho y siempre estar en tu compañía.
Quédate conmigo, Señor, porque se hace tarde y el día se está terminando, y la vida pasa. Es necesario que renueve mi fortaleza, para que yo no pare en el camino y por eso yo te necesito.
Se está haciendo tarde y tengo miedo de la oscuridad, las tentaciones, la aridez, la cruz, los sufrimientos. Oh como te necesito, mi Jesús, en esta noche de exilio.
Quédate conmigo, esta noche, Jesús, en la vida con todos los peligros, yo te necesito. Déjame reconocerte como lo hicieron tus discípulos en la partición del pan, para que la Comunión Eucarística sea la luz que dispersa la oscuridad, la fuerza que me sostiene, el único gozo de mi corazón.  Amén.         P. Pío
Exhortación apostólica Evangelii Gaudium:
nos invita a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría
III. La nueva evangelización para la transmisión de la fe
14. En la escucha del Espíritu, que nos ayuda a reconocer comunitariamente los signos de los tiempos, del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordó que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos.
En primer lugar, mencionemos el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna». También se incluyen en este ámbito los fieles que conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas maneras, aunque no participen frecuentemente del culto. Esta pastoral se orienta al crecimiento de los creyentes, de manera que respondan cada vez mejor y con toda su vida al amor de Dios.
En segundo lugar, recordemos el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo», no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, como madre siempre atenta, se empeña para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio.
Finalmente, remarquemos que la evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción».
15. Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia». La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia» y «la causa misioneradebe ser la primera». ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia. En esta línea, los Obispos latinoamericanos afirmaron que ya «no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos» y que hace falta pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera». Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia: «Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).
“José, fiel y justo quien prefirió creer al señor en vez de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano”
“Nunca perdamos la esperanza.
Jamás la apaguemos en nuestro corazón.”
"Ojalá Jesús te vaya marcando el camino para encontrarte con quien necesita más.
Tu corazón, cuando te encuentres con aquél que más necesita, se va a empezar a agrandar, agrandar, agrandar, porque el encuentro multiplica
la capacidad del amor, agranda el corazón".
“Si los bienes materiales y el dinero se convierten en el centro de la vida, nos atrapan y nos esclavizan”
"Lo importante -puntualizó- no es mirar desde lejos o ayudarlo desde lejos, sino ir al encuentro. Eso es lo cristiano, lo que nos enseña Jesús. Ir al encuentro de los más necesitados. Como Jesús que iba siempre al encuentro de la gente. Él iba a encontrarlos".
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios.
  

viernes, 10 de enero de 2014

El Bautismo del Señor




“Este es mi Hijo muy querido”
Lecturas del 12-01-14

El Bautismo del Señor (Año A)

Libro de Isaías 42,1-4.6-7.               Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. El no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad; no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley.
Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas. Palabra de Dios.      
Salmo 28

R: El Señor bendice a su pueblo con la paz
¡Aclamen al Señor, hijos de Dios!  ¡Aclamen la gloria del nombre del Señor, adórenlo al manifestarse su santidad! R.
¡La voz del Señor sobre las aguas! El Señor está sobre las aguas torrenciales. ¡La voz del Señor es potente, la voz del Señor es majestuosa! R. 
El Dios de la gloria hace oír su trueno: En su Templo, todos dicen: "¡Gloria!". El Señor tiene su trono sobre las aguas celestiales, el Señor se sienta en su trono de Rey eterno. R.        
Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34-38.           Pedro, tomando la palabra, dijo: "Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas,  y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él.
Él envió su Palabra a los israelitas, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos.         
Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder.
El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él. Palabra de Dios.               

Evangelio según San Mateo 3,13-17. 
Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
Juan se resistía, diciéndole: "Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!".             
Pero Jesús le respondió: "Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo". Y Juan se lo permitió.                
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua.
En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección".
Palabra del Señor.

Reflexión

Hoy la Iglesia celebra la Fiesta del Bautismo del Señor, manifestación de Dios Padre cuando proclama a Jesús como su Hijo amado, terminando así el tiempo litúrgico de Navidad.

El ambiente y la comunidad de Mateo: Antes de comentar este pasaje del Evangelista Mateo, es importante entender la comunidad a la que se dirige Mateo. Los estudiosos nos dicen que Mateo quiere dejar asentado, en forma narrativa, todos los aspectos importantes de la vida de Jesús, desde sus orígenes judíos, el cumplimiento de la ley, sus grandes discursos hasta su muerte y resurrección. Mateo quiere presentar a su comunidad a Jesús en quien se cumplen todas las Escrituras. Esta comunidad, es precisamente una comunidad donde hay judíos que se han convertido al cristianismo, pero también hay griegos, de la cultura helénica, que se han incorporado a la fe cristiana. Y entre todos deben tomar una postura radical frente al mismo judaísmo. Ya, la comunidad debe saber si hay que seguir con el culto judío o separarse definitivamente de él. Mateo marca la continuidad que existe, porque Jesús ha llevado a su cumplimiento la historia de Israel, en cuanto historia de salvación.

Poco antes de que comenzara su vida pública. Había algunos grupos religiosos judíos en la zona cercana al río Jordán, que vivían con exaltación la esperanza de la venida del Mesías. Juan el Bautista, estaba en aquella región predicando la inminente llegada del Señor, y hacía un bautismo que consistía en un lavado con agua, al que acompañaba la confesión de los pecados. Así como el pueblo se presentaba a hacer estos lavados, se presentó Jesús para sumergirse en las aguas del Jordán como todos los demás.           
La insistencia de Jesús en hacer la voluntad de su Padre,  permite a Dios pronunciarse en público reconociendo en un hombre, y en apariencia pecador, a su amado hijo.

Fue un momento singular el del bautismo de Cristo. Las primeras generaciones pensaban  que si no tenía pecado, no tenía por qué someterse a un bautismo aunque fuera de penitencia, que no podía salvar, pero que propiciaba el arrepentimiento, la confesión de los pecados y la reconciliación con Dios.
Muchos autores intentaron dar una respuesta. A nosotros nos basta decir que Cristo se sometió al bautismo de Juan el Bautista no por él mismo, sino por nosotros.
Así, desnudo y en profunda oración, ocurre lo verdaderamente importante después del bautismo: Los cielos se abrieron, el Espíritu Santo se manifestó en forma sensible posándose sobre Jesús como el vuelo suave de una paloma, y desde el medio de la nube, aquella voz misteriosa y encantadora:               

“Tú eres mi Hijo muy querido, en quién tengo puesta toda mi predilección”

¿Quizás nos cueste entenderlo? Cristo ¡Ya era el Hijo de Dios! ¡Ya tenía el Espíritu Santo desde el instante de su concepción en el seno de su madre!                 Pero los hombres no lo sabíamos y era necesaria entonces la intervención del Padre, para presentar a su Hijo entre los hombres, dotándolo del único poder necesario para la salvación de los hombres: La presencia del Espíritu Santo.  Y desde entonces la entrega de Cristo sobre la humanidad fue total.                
El Espíritu Santo desciende sobre Jesús, dando cumplimiento a las profecías que sobre el Mesías de Dios bajaría el Espíritu de Dios, como dice Ezequiel, Isaías y Joel. Si bien fue el mismo Espíritu Santo el que descendió sobre María para engendrar en su seno purísimo a Jesús, ahora desciende nuevamente sobre Él para dar origen a su misión y su obra.
Se escuchó la voz celestial: “Este es mi Hijo amado”. Esto nos recuerda al Salmo 2 “tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Aquí la voz que se escucha desde el cielo es la del Padre.
Hasta ese momento la filiación divina de Jesús estaba implicada sólo en su concepción por obra del Espíritu. Ahora, la voz celestial del Padre, hace público el “evangelio” la buena noticia esperada, Jesús es no sólo el hijo de María, sino el Hijo amado del Padre, su único hijo.

La palabra bautismo, significa sumergirse. Por lo tanto es ingresar a una vida nueva, dejar que el agua me inunde completamente como la gracia de Dios

Me ha consagrado con la unción (1): Jesús mismo dio una explicación de lo que ocurrió en Él en el bautismo en el Jordán. De regreso, en la sinagoga de Nazaret se aplicó a sí mismo las palabras de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí: me ha consagrado con la unción...». El mismo término de unción utiliza Pedro en la segunda lectura, hablando del bautismo de Jesús: «Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder».
Se trata de un concepto fundamental para la fe cristiana. Basta decir que el nombre Mesías en hebreo y Christos en griego significan exactamente eso: Ungido. Nosotros mismos, decían los antiguos Padres, nos llamamos cristianos porque hemos sido ungidos a imitación de Cristo, el Ungido por excelencia. La palabra «ungido», en nuestro lenguaje, tiene muchos significados, no todos positivos. En la antigüedad la unción era un elemento importante de la vida. Se ungían con aceite los atletas para estar sueltos y ágiles en las carreras, y se ungían con aceite perfumado hombres y mujeres para tener el rostro bello y resplandeciente…     
En Israel el rito tenía un significado religioso. Se ungía a los reyes, a los sacerdotes y a los profetas con un ungüento perfumado y éste era el signo de que estaban consagrados al servicio divino. En Cristo todas estas unciones simbólicas se hacen realidad. En el bautismo en el Jordán Él es consagrado rey, profeta y sacerdote eterno por Dios Padre. Pero no con un aceite físico, sino con el aceite espiritual que es el Espíritu del Señor, «el óleo de alegría», como lo define un salmo.
Esto explica por qué la Iglesia da tanta importancia a la unción con el santo crisma. Existe un rito de unción en el bautismo, en la confirmación y en la ordenación sacerdotal; existe una unción de los enfermos. Es porque a través de estos ritos se participa en la unción de Cristo, esto es, en su plenitud de Espíritu Santo. Se es literalmente «cristiano», esto es, ungido, consagrado, persona llamada -dice Pablo-- «a difundir en el mundo el buen olor de Cristo».

El Espíritu Santo es especialista en las enfermedades del matrimonio. El matrimonio consiste en darse el uno al otro; es el sacramento de hacerse don. Y el Espíritu Santo es el don hecho persona: la donación del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. Donde llega Él renace la capacidad de hacerse don y con ella la alegría y la belleza de vivir juntos…
El texto, es claramente una manifestación de la Trinidad, allí están todas las Personas Divinas actuando simultáneamente. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El Bautismo del Cristiano: En el evangelio el bautismo de Jesús es una epifanía (manifestación divina). Eso mismo debe ser el bautismo del cristiano: una epifanía de lo que Dios es y de lo que Dios hace en el hombre. El bautizado, podríamos decir, es un hombre en quien se manifiesta el Dios trinitario, en virtud de la relación personal que mantiene con cada una de las personas divinas. Como hijo del Padre vive una verdadera relación filial, sobretodo en la oración y adoración. Como redimido por el Hijo y sumergido en su misma vida, entabla con él una relación principalmente de seguimiento e imitación. Como templo del Espíritu Santo, vive con la conciencia de una relación sagrada, santificante, vivificadora de su existir cotidiano, modeladora de su vida familiar, profesional y social.

El bautizado es al mismo tiempo epifanía de la acción de Dios en el hombre: una acción purificadora; una acción transformante, que pone de relieve el poder de Dios; una acción unificadora de las energías y capacidades del cristiano, que subraya el misterio unitario de Dios; una acción vivificante, que revela, por medio del hombre, la extraordinaria vida de Dios uno y trino.

El cristiano es alguien que, tras ser elegido por Dios para ser su hijo y mensajero, acepta esa elección y se entrega o consagra a Dios de por vida. Esta elección y esta consagración se realizan en el Bautismo, un acto que en la antigüedad sólo se hacía con adultos y después de una larga preparación. En un mundo pagano por mayoría, ser cristiano era una elección que tenía sus riesgos. Quien elegía la fe, sabía a ciencia cierta a qué se comprometía, a qué riesgos, incluso de muerte. El bautismo transforma al ser humano en otro Cristo.
Bautizados para siempre. En el catecismo se dice que el bautismo imprime carácter, es decir, el bautismo se recibe una sola vez y para toda la vida.

Hoy. (2) Después de ser bautizado por Juan, Jesús  alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano.      
No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años “una nueva etapa evangelizadora”, el Papa nos recuerde
 que la Iglesia necesita más que nunca “evangelizadores con Espíritu”, solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia.
Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente de hoy escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio”.              

Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de amor: haz que mi corazón siempre sea capaz de más caridad.

Exhortación apostólica Evangelii Gaudium:
nos invita a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría

Una eterna novedad

11. Un anuncio renovado ofrece a los creyentes, también a los tibios o no practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora. En realidad, su centro y esencia es siempre el mismo: el Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado. Él hace a sus fieles siempre nuevos; aunque sean ancianos, « les renovará el vigor, subirán con alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse » (Is 40,31). Cristo es el « Evangelio eterno » (Ap 14,6), y es « el mismo ayer y hoy y para siempre » (Hb 13,8), pero su riqueza y su hermosura son inagotables.

Él es siempre joven y fuente constante de novedad. La Iglesia no deja de asombrarse por « la profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios » (Rm 11,33). Decía san Juan de la Cruz: « Esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro ».7 O bien, como afirmaba san Ireneo: « [Cristo], en su venida, ha traído consigo toda novedad ». Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece.

Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina.
Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre « nueva ».

12. Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es « el primero y el más grande evangelizador ». En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que « Él nos amó primero » (1 Jn 4,19) y que « es Dios quien hace crecer » (1 Co 3,7). Esta convicción nos permite  conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo.

13. Tampoco deberíamos entender la novedad de esta misión como un desarraigo, como un olvido de la historia viva que nos acoge y nos lanza hacia adelante. La memoria es una dimensión de nuestra fe que podríamos llamar « deuteronómica», en analogía con la memoria de Israel. Jesús nos deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia, que nos introduce cada vez más en la Pascua (cf. Lc 22,19). La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir.
Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón: « Era alrededor de las cuatro de la tarde » (Jn 1,39). Junto con Jesús, la memoria nos hace presente « una verdadera nube de testigos » (Hb 12,1). Entre ellos, se destacan algunas personas que incidieron de manera especial para hacer brotar nuestro gozo creyente: «Acordaos de aquellos dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios» (Hb 13,7). A veces se trata de personas sencillas y cercanas que nos iniciaron en la vida de la fe: « Tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice » (2 Tm 1,5). El creyente es fundamentalmente «memorioso».

Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios. (1): P. Raniero Cantalamessa, ofmcap. (2) cfr. Pagola.
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sábado, 4 de enero de 2014

Segundo Domingo después de Navidad

 

 
 
“La Palabra es la luz verdadera que, al venir a este mundo,  ilumina a todo hombre”
Lecturas del 2-01-14
 
(Año A)
 
Libro del Eclesiástico 24, 1-2. 8-12
La Sabiduría hace el elogio de sí misma y se gloría en medio de su pueblo, abra la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de su Poder.               
El Creador de todas las cosas me dio una orden, el que me creó me hizo instalar mi carpa, él me dijo: «Levanta tu carpa en Jacob y fija tu herencia en Israel.»  El me creó antes de los siglos, desde el principio, y por todos los siglos no dejaré de existir.
Ante él, ejercí el ministerio en la Morada santa, y así me he establecido en Sión; él me hizo reposar asimismo en la Ciudad predilecta, y en Jerusalén se ejerce mi autoridad. Yo eché raíces en un Pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su herencia. Palabra de Dios.
 
SALMO 147
R. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
 
¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión!  El reforzó los cerrojos de tus puertas  y bendijo a tus hijos dentro de ti.  R.
El asegura la paz en tus fronteras  y te sacia con lo mejor del trigo.  Envía su mensaje a la tierra,  su palabra corre velozmente.  R.
Revela su palabra a Jacob,  sus preceptos y mandatos a Israel: a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos.  R.
 
Carta de Pablo a los Efesios 1, 3-6. 15-18
Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor.  
Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido.  Por eso, habiéndome enterado de la fe que ustedes tienen en el Señor Jesús y del amor que demuestran por todos los hermanos, doy gracias sin cesar por ustedes, recordándolos siempre en mis oraciones.               
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos. Palabra de Dios.
  
Santo Evangelio según san Juan 1, 1-18
 Al principio existía la Palabra,  y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.  Apareció un hombre enviado por Dios,  que se llamaba Juan.  Vino como testigo,  para dar testimonio de la luz,  para que todos creyeran por medio de él. 
Él no era la luz,  sino el testigo de la luz.  La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo,  ilumina a todo hombre.  Ella estaba en el mundo,   y el mundo fue hecho por medio de ella,  y el mundo no la conoció. 
Vino a los suyos,  y los suyos no la recibieron.    
Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre,  ni por obra de la carne,  ni de la voluntad del hombre,  sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne  y habitó entre nosotros.  Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.         
Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido,  porque existía antes que yo.» 
De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre. Palabra del Señor.
 
Reflexión
 
Este domingo es como un eco de la fiesta de Navidad. Hoy la Palabra de Dios nos invita a contemplar lo profundo e invisible del misterio de Dios hecho hombre.
 
«El Verbo se hizo carne y habitó entre …». (1) Así, pues, ¿de qué se trata propiamente? ¿Qué es lo que pretende decirnos la iglesia para el día de navidad y, partiendo de ahí, para todo el año, y, en fin de cuentas, para nuestra vida…?
Este evangelio corresponde, desde los tiempos más antiguos, a la liturgia de la navidad, porque contiene la frase que nos ofrece la causa y el motivo de nuestra alegría, el contenido propio de la fiesta: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14).
 
En la navidad no celebramos el día del natalicio de un hombre grande cualquiera, como los hay muchos. Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia o de la condición de niño. Ciertamente  que lo puro y lo abierto del niño nos hace esperar, nos proporciona esperanza. Nos da ánimos para contar con nuevas posibilidades del hombre.… Por eso es tan importante observar que aquí ha ocurrido algo más:
 
El Verbo se hizo carne.
 
Aquí sucedió lo tremendo, lo impensable y, sin embargo, también lo siempre esperado: Dios vino a habitar entre nosotros. Él se unió tan inseparablemente con el hombre, que este hombre es efectivamente Dios de Dios, luz de luz y a la vez sigue siendo verdadero hombre.
 
Así vino a nosotros efectivamente el eterno sentido del mundo de tal forma que se le puede contemplar e incluso tocar (cf. 1 Jn 1,1).
Pues lo que Juan denomina «la Palabra» o «el Verbo», significa en griego al mismo tiempo algo así como el sentido. Según eso, podemos también traducir nosotros: el sentido se ha hecho carne.
 
A muchos hombres, tal vez nos parece esto demasiado hermoso para que sea verdadero. Aquí se nos dice: sí, existe un sentido. Y el sentido no es una protesta impotente contra lo que carece de sentido. El sentido tiene poder. Es Dios. Y Dios es bueno. Dios no es un ser sublime y alejado, al cual nunca se puede llegar. Se halla totalmente próximo, al alcance de la voz, y se le puede alcanzar siempre. Él tiene tiempo para mí, tanto tiempo que hubo de yacer en un portal y que permanece siempre como hombre.
 
Recuperar la frescura del Evangelio. (2) En el prólogo del evangelio de Juan se hacen dos afirmaciones básicas que nos obligan a revisar de manera radical nuestra manera de entender y de vivir la fe cristiana, después de veinte siglos de no pocas desviaciones, reduccionismos y enfoques poco fieles al Evangelio de Jesús.           
La primera afirmación es ésta: “La Palabra de Dios se ha hecho carne”. Dios no ha permanecido callado, encerrado para siempre en su misterio. Nos ha hablado. Pero no se nos ha revelado por medio de conceptos y doctrinas sublimes. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús para que la puedan entender y acoger hasta los más sencillos.           
La segunda afirmación dice así: “A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Los teólogos hablamos mucho de Dios, pero ninguno de nosotros lo ha visto. Los dirigentes religiosos y los predicadores hablamos de él con seguridad, pero ninguno de nosotros ha visto su rostro. Solo Jesús, el Hijo único del Padre, nos ha contado cómo es Dios, cómo nos quiere y cómo busca construir un mundo más humano para todos.         
Estas dos afirmaciones están en el trasfondo del programa renovador del Papa Francisco. Por eso busca una Iglesia enraizada en el Evangelio de Jesús, sin enredarnos en doctrinas o costumbres “no directamente ligadas al núcleo del Evangelio”. Si no lo hacemos así, “no será el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas”. 

La actitud del Papa es clara. Solo en Jesús se nos ha revelado la misericordia de Dios. Por eso, hemos de volver a la fuerza transformadora del primer anuncio evangélico, sin eclipsar la Buena Noticia de Jesús y “sin obsesionarnos por una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”.          
El Papa piensa en una Iglesia en la que el Evangelio pueda recuperar su fuerza de atracción, sin quedar obscurecida por otras formas de entender y vivir hoy la fe cristiana. Por eso, nos invita a “recuperar la frescura original del Evangelio” como lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y, al mismo tiempo, lo más “necesario”, sin encerrar a Jesús “en nuestros esquemas aburridos”. 

No nos podemos permitir en estos momentos vivir la fe sin impulsar en nuestras comunidades cristianas la conversión a Jesucristo y a su Evangelio a la que nos llama el Papa. Él mismo nos pide a todos “que apliquemos con generosidad y valentía sus orientaciones sin prohibiciones ni miedos”. 

El rostro humano de Dios. (2) No recuperaremos los cristianos el vigor espiritual que necesitamos en estos tiempos de crisis religiosa, si no aprendemos a vivir nuestra adhesión a Jesús con una calidad nueva. Ya no basta relacionarnos con un Jesús mal conocido, vagamente captado, confesado de manera abstracta o admirado como un líder humano más.           

¿Cómo redescubrir con fe renovada el misterio que se encierra en Jesús? ¿Cómo recuperar su novedad única e irrepetible? ¿Cómo dejarnos sacudir por sus palabras de fuego? El prólogo del evangelio de Juan nos recuerda algunas convicciones cristianas de suma importancia.

En Jesús ha ocurrido algo desconcertante. Juan lo dice con términos muy cuidados: «la Palabra de Dios se ha hecho carne». No se ha quedado en silencio para siempre. Dios se nos ha querido comunicar, no a través de revelaciones o apariciones, sino encarnándose en la humanidad de Jesús. No se ha "revestido" de carne, no ha tomado la "apariencia" de un ser humano. Dios se ha hecho realmente carne débil, frágil y vulnerable como la nuestra.                
Los cristianos no creemos en un Dios aislado e inaccesible, encerrado en su Misterio impenetrable. Nos podemos encontrar con él en un ser humano como nosotros. Para relacionarnos con él, no hemos de salir de nuestro mundo. No hemos de buscarlo fuera de nuestra vida. Lo encontramos hecho carne en Jesús.
Esto nos hace vivir la relación con él con una profundidad única e inconfundible. Jesús es para nosotros el rostro humano de Dios. En sus gestos de bondad se nos va revelando de manera humana cómo es y cómo nos quiere Dios. En sus palabras vamos escuchando su voz, sus llamadas y sus promesas. En su proyecto descubrimos el proyecto del Padre.          
Todo esto lo hemos de entender de manera viva y concreta. La sensibilidad de Jesús para acercarse a los enfermos, curar sus males y aliviar su sufrimiento, nos descubre cómo nos mira Dios cuando nos ve sufrir, y cómo nos quiere ver actuar con los que sufren. La acogida amistosa de Jesús a pecadores, prostitutas e indeseables nos manifiesta cómo nos comprende y perdona, y cómo nos quiere ver perdonar a quienes nos ofenden.    
Por eso dice Juan que Jesús está «lleno de gracia y de verdad». En él nos encontramos con el amor gratuito y desbordante de Dios. En él acogemos su amor verdadero, firme y fiel. En estos tiempos en que no pocos creyentes viven su fe de manera perpleja, sin saber qué creer ni en quién confiar, nada hay más importante que poner en el centro de las comunidades cristianas a Jesús como rostro humano de Dios.
(2) J. A. Pagola.
 
«Y vimos su gloria...». (1) Nuestro evangelio desemboca en la frase: «Y vimos su gloria...». Estas podían ser las palabras de los pastores, al regresar del establo y resumir sus vivencias. Podrían ser las palabras con las que José y María trataran de describir los recuerdos de aquella noche de Belén.
Pero no. Son como la mirada retrospectiva del discípulo que expresa lo que le ocurrió en su encuentro con Cristo. Y así podríamos decir todos nosotros como cristianos: hemos visto su gloria. Sí, precisamente partiendo de eso, se podría explicar lo que es creer: ver o contemplar su gloria en medio de este mundo.
El que cree, ve. ¿Pero hemos visto nosotros? ¿No estamos todavía ciegos? ¿No vemos siempre únicamente a nosotros mismos y nuestra imagen que se refleja en un espejo? Cada uno puede ver fuera solamente algo que corresponde a lo que hay en él. Dejemos que nuestros ojos sean abiertos por el misterio de este día y así podamos ver. Y así podremos vivir como «videntes» o como personas que ven.
 
Que venga tu reino. Que venga tu luz.
Que venga tu alegría. Amén.
 
(1) Joseph Ratzinger, El Rostro de Dios
Y vamos a decirle hoy al Señor que reconocemos su presencia en nuestra vida, como la Palabra eterna del Padre que ilumina nuestro peregrinar,  que su presencia en la Eucaristía nos llena de gracias, y con ese gozo adorarnos a nuestro Dios, dando batalla día a  día para no dejarnos atrapar por las cosas de este mundo, dándole un sentido a nuestra existencia.
Ven Señor Jesús
 
Un mundo mejor es posible. Francisco:
 
La Fraternidad, fundamento y Camino para la Paz. «Y todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8)
 
Surge espontánea la pregunta: ¿los hombres y las mujeres de este mundo podrán corresponder alguna vez plenamente al anhelo de fraternidad, que Dios Padre imprimió en ellos? ¿Conseguirán, sólo con sus fuerzas, vencer la indiferencia, el egoísmo y el odio, y aceptar las legítimas diferencias que caracterizan a los hermanos y hermanas?
Parafraseando sus palabras, podríamos sintetizar así la respuesta que nos da el Señor Jesús: Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios. No se trata de una paternidad genérica, indiferenciada e históricamente ineficaz, sino de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30). Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad, porque el amor de Dios, cuando es acogido, se convierte en el agente más asombroso de transformación de la existencia y de las relaciones con los otros, abriendo a los hombres a la solidaridad y a la reciprocidad.
 
Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos. Jesucristo, que ha asumido la naturaleza humana para redimirla, amando al Padre hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp. 2,8), mediante su resurrección nos constituye en humanidad nueva, en total comunión con la voluntad de Dios, con su proyecto, que comprende la plena realización de la vocación a la fraternidad.
Jesús asume desde el principio el proyecto de Dios, concediéndole el primado sobre todas las cosas. Pero Cristo, con su abandono a la muerte por amor al Padre, se convierte en principio nuevo y definitivo para todos nosotros, llamados a reconocernos hermanos en Él, hijos del mismo Padre. Él es la misma Alianza, el lugar personal de la reconciliación del hombre con Dios y de los hermanos entre sí. En la muerte en cruz de Jesús también queda superada la separación entre pueblos, entre el pueblo de la Alianza y el pueblo de los Gentiles, privado de esperanza porque hasta aquel momento era ajeno a los pactos de la Promesa. Como leemos en la Carta a los Efesios, Jesucristo reconcilia en sí a todos los hombres. Él es la paz, porque de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando el muro de separación que los dividía, la enemistad. Él ha creado en sí mismo un solo pueblo, un solo hombre nuevo, una sola humanidad (cf. 2,14-16).
 
Quien acepta la vida de Cristo y vive en Él reconoce a Dios como Padre y se entrega totalmente a Él, amándolo sobre todas las cosas. El hombre reconciliado ve en Dios al Padre de todos y, en consecuencia, siente el llamado a vivir una fraternidad abierta a todos. En Cristo, el otro es aceptado y amado como hijo o hija de Dios, como hermano o hermana, no como un extraño, y menos aún como un contrincante o un enemigo. En la familia de Dios, donde todos son hijos de un mismo Padre, y todos están injertados en Cristo, hijos en el Hijo, no hay “vidas descartables”. Todos gozan de igual e intangible dignidad. Todos son amados por Dios, todos han sido rescatados por la sangre de Cristo, muerto en cruz y resucitado por cada uno. Ésta es la razón por la que no podemos quedarnos indiferentes ante la suerte de los hermanos.
Punto 3 del mensaje del santo Padre, 1 de enero 2014
 
Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios.