Intención para la evangelización ‐

Intenciones de oración de septiembre: Oremos por una gestión justa y sostenible del agua, recurso vital, para que todos tengan acceso equitativo a ella.

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre"

"Todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre" Mt 7, 7-8. No sé qué quería, pero había algo en mí que me movía a buscar, tal vez que las cosas tengan sentido, y te encontré. Me cuestionaba sobre la vida y me diste tu sabiduría para que pueda encontrar alegría y paz. Ante mis miedos y dudas, te pido que me acompañes en mi peregrinar y me das tu Espíritu Santo, el mismo que te acompaño a vos, hoy me acompaña a mí, me asiste y guía. Hoy sigo buscando más de tu Palabra, de la Verdad y el camino, con la confianza puesta en vos, Dios mío, sé que estás presente en mi vida. Ven Señor Jesús, te necesito.

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16

Del libro de la Sabiduría 6, 12-16: La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de inquietudes. La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y le sale al encuentro en todos sus pensamientos.

sábado, 9 de noviembre de 2019

“Señor, al despertar, me saciare de tu presencia”



Trigésimo segundo domingo durante el año
Lecturas 10-11-19, Ciclo C
  
” Ven Espíritu Santo”
Dios mío, envía ahora tu Espíritu sobre mí y que abra mis ojos y mis oídos a tu Palabra, que me guie y asista al meditar tus enseñanzas, para que pueda saborearla y comprenderla, para
que tu Palabra penetre en mi corazón, y me conduzca a la Verdad completa. Amén

              
Segundo Libro de Macabeos 6,1;7,1-2.9-14.
El rey Antíoco envió a un consejero ateniense para obligar a los judíos a abandonar las costumbres de su padres y a no vivir conforme a las leyes de Dios. Fueron detenidos siete hermanos, junto con su madre. El rey, flagelándolos con azotes y tendones de buey, trató de obligarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Pero uno de ellos, hablando en nombre de todos, le dijo: "¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir, antes que violar las leyes de nuestros padres". Una vez que el primero murió, llevaron al suplicio al segundo. Y cuando estaba por dar su último suspiro, dijo: "Tú, malvado, nos privas de la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna, ya que nosotros morimos por sus leyes".                
Después de este, fue castigado el tercero. Apenas se lo pidieron, presentó su lengua, extendió decididamente sus manos y dijo con valentía: "Yo he recibido estos miembros como un don del Cielo, pero ahora los desprecio por amor a sus leyes y espero recibirlos nuevamente de él".           
El rey y sus acompañantes estaban sorprendidos del valor de aquel joven, que no hacía ningún caso de sus sufrimientos. Una vez que murió este, sometieron al cuarto a la misma tortura y a los mismos suplicios. Y cuando ya estaba próximo a su fin, habló así: "Es preferible morir a manos de los hombres, con la esperanza puesta en Dios de ser resucitados por él. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida". Palabra de Dios.      

Salmo 17, R: Señor, al despertar, me saciaré de tu presencia.
Escucha, Señor, mi justa demanda, atiende a mi clamor; presta oído a mi plegaria, porque en mis labios no hay falsedad. R
Mis pies se mantuvieron firmes en los caminos señalados: ¡mis pasos nunca se apartaron de tus huellas! Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes: inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras. R
Escóndeme a la sombra de tus alas. Pero yo, por tu justicia, contemplaré tu rostro, y al despertar, me saciaré de tu presencia. R   

2º C S. Pablo a los Tesalonicenses 2,16-3,5.  
Hermanos: que nuestro Señor Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos amó y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, los reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena.        
Finalmente, hermanos, rueguen por nosotros, para que la Palabra del Señor se propague rápidamente y sea glorificada como lo es entre ustedes. Rueguen también para que nos veamos libres de los hombres malvados y perversos, ya que no todos tienen fe. Pero el Señor es fiel: él los fortalecerá y los preservará del Maligno.                 
Nosotros tenemos plena confianza en el Señor de que ustedes cumplen y seguirán cumpliendo nuestras disposiciones. Que el Señor los encamine hacia el amor de Dios y les dé la perseverancia de Cristo. Palabra de Dios.                

Evangelio según San Lucas 20,27-38.                
Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: "Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer.
Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?".                 
Jesús les respondió: "En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.                  
Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él". Palabra del Señor.


Reflexión: 

Hoy el relato del evangelio nos sitúa en la ciudad santa, en la explanada del Templo, donde Jesús realiza su misión, la controversia entre Jesús y los saduceos, nos lleva a colocar en primer plano nuestra esperanza en la Resurrección. No nacimos para morir sino para vivir.         La resurrección es nuestro destino de gloria, vamos a fijar nuestros ojos en el cielo nuevo y en la tierra nueva que vendrán al final de los tiempos, en el pleno y definitivo encuentro con Jesús.

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, los que ellos atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente al Reino de Dios, lo consideraban ideas “liberacionistas”, para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran los privilegiados; por eso, no había que esperar otra.
A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los jefes de las familias aristocráticas y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiosos, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. “Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios”. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo con las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas. En respuesta a la pregunta capciosa de los saduceos sobre el destino de la mujer que ha tenido siete maridos en la tierra, Jesús reafirma sobre todo el hecho de la resurrección, corrigiendo, a la vez, la representación materialista y caricaturesca que se hacen de ella los saduceos.

Jesús ha sido siempre muy sencillo al hablar de la vida nueva después de la resurrección. Sin embargo, cuando este grupo de aristócratas saduceos trata de ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, Jesús reacciona elevando la cuestión a su verdadero nivel y haciendo dos afirmaciones básicas.
Antes que nada, Jesús rechaza la idea de los saduceos que imaginan la vida de los resucitados como prolongación de esta vida que ahora conocemos. Es un error representarnos la vida resucitada por Dios a partir de nuestras experiencias actuales. Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrestre y esa vida plena, sustentada directamente por el amor de Dios después de la muerte. Esa Vida es absolutamente "nueva". Por eso, la podemos esperar, pero nunca describir o explicar.
Las primeras generaciones cristianas mantuvieron esa actitud humilde y honesta ante el misterio de la "vida eterna". Pablo les dice a los creyentes de Corinto que se trata de algo que "el ojo nunca vio ni el oído oyó ni hombre alguno ha imaginado, algo que Dios ha preparado a los que lo aman".

Estas palabras nos sirven de advertencia sana y de orientación gozosa. Por una parte, el cielo es una "novedad" que está más allá de cualquier experiencia terrestre, pero, por otra, es una vida "preparada" por Dios para el cumplimiento pleno de nuestras aspiraciones más hondas. Lo propio de la fe no es satisfacer ingenuamente la curiosidad, sino alimentar el deseo, la expectación y la esperanza confiada en Dios.
Esto es, precisamente, lo que busca Jesús apelando con toda sencillez a un hecho aceptado por los saduceos: a Dios se le llama en la tradición bíblica «Dios de Abrahán, Isaac y Jacob». A pesar de que estos patriarcas han muerto, Dios sigue siendo su Dios, su protector, su amigo. La muerte no ha podido destruir el amor y la fidelidad de Dios hacia ellos.
Jesús saca su propia conclusión haciendo una afirmación decisiva para nuestra fe: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos». Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e hijas queridos. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.
La unión de Dios con sus hijos no puede ser destruida por la muerte. Su amor es más fuerte que nuestra extinción biológica. Por eso, con fe humilde nos atrevemos a invocarlo: "Dios mío, en Ti confío. No quede yo defraudado" (salmo 25,1-2).

La resurrección es nuestro destino de gloria, no es una simple transposición de nuestras condiciones de vida actuales: es un verdadero y completo nacimiento a la vida gracias a la obra amorosa del Dios de la vida. En esta fe se alienta nuestra esperanza, encontramos fuerza a la hora de la tribulación y sentimos impulso para hacer todo lo posible de manera que la vida actual vaya en esa dirección.

La base de toda reflexión sobre al más allá está en la resurrección de Cristo. La experiencia que de ella tuvieron los discípulos es que, en Jesús, Dios realizó plenamente la salvación del ser humano. Jesús sigue vivo con una Vida que ya tenía cuando estaba con ellos, pero que no descubrieron hasta que murió. En él, la última palabra no la tuvo la muerte sino la Vida. Esta es la principal aportación del texto de hoy: “serán como Ángeles, serán hijos de Dios”.

 “La Muerte y Resurrección de Cristo son el corazón de nuestra fe.
“Es la resurrección de Cristo la que nos abre a una esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado, la muerte pueden ser vencidos. Y esto nos lleva a vivir con más confianza la realidad cotidiana, a afrontarla con coraje y compromiso. La resurrección de Cristo es nuestra fuerza.”
Papa Francisco

“Sepultados con él en el bautismo, hemos resucitado también con él, porque hemos creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos” (Col 2,12; Rom 6,4ss).

La vida nueva en que entonces entramos no es otra cosa que la vida de resucitado (Ef. 2,5s). Esta certeza fundamental rige toda la existencia cristiana, domina la vida que ahora ya se impone al hombre nuevo nacido en Cristo: «Resucitados con Cristo busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3,1 -ss). 
Esta certeza es también la fuente de esperanza. En efecto, si el cristiano aguarda con impaciencia la transformación final de su cuerpo biológico en cuerpo de gloria (Rom 8,22s; Flp 3,10s.20s), es que ya posee la garantía de este estado futuro (Rom 8,23; 2Cor 5,5). Su resurrección final no hará sino manifestar claramente lo que ya es en la realidad secreta del misterio (Col 3,4).
La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor.
                                              Lumen Fidei N.º 4

Santo Espíritu de Dios, mora en mí mora en mí, quiero ser lleno de tu luz, mora en mí.
Si tu bella luz mora en mí, la gloria de Jesús irradiaré, mora en mí, mora en mí,
soy de ti, soy de ti.

¡Jesús misericordioso en vos confío!

      Mi encuentro con Jesús
¡Con la Palabra de cada domingo Jesús se nos revela y sale a nuestro encuentro, para que experimentemos al Dios de la vida!”


“Dios sale a nuestro encuentro”
 (24° domingo)

 “Levántate y vete, tú fe te ha salvado”
“Oración, signo de esperanza viva”
(29° domingo)
“La experiencia gozosa del
perdón de Dios” (30° domingo)

“He venido a salvar lo que estaba perdido” (31° domingo)

Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios. Misioneros Oblatos. J: A: Pagola. Dicc. Bíblico.

Círculo Bíblico San José
“Tu palabra es una lámpara a mis pies 
y una luz en mi camino”
Sal 119

Te esperamos todos los sábados a las 17 hs para compartir y reflexionar el evangelio
de cada semana. 

sábado, 2 de noviembre de 2019

“He venido a salvar lo que estaba perdido”


Trigésimo primero domingo durante el año
Lecturas 3-11-19, Ciclo C

” Ven Espíritu Santo”
Dios mío, envía ahora tu Espíritu sobre mí y que abra mis ojos y mis oídos a tu Palabra, que me guie y asista al meditar tus enseñanzas, para que pueda saborearla y comprenderla, para
que tu Palabra penetre en mi corazón, y me conduzca a la Verdad completa. Amén
               
Libro de la Sabiduría 11,22-26.12,1-2.    
Señor, el mundo entero es delante de ti como un grano de polvo que apenas inclina la balanza, como una gota de rocío matinal que cae sobre la tierra. Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan. Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado. ¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no quisieras? ¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida, porque tu espíritu incorruptible está en todas las cosas. Por eso reprendes poco a poco a los que caen, y los amonestas recordándoles sus pecados, para que se aparten del mal y crean en ti, Señor. Palabra de Dios.   

Salmo 144 ,  R: Bendeciré al Señor siempre y en todo lugar.

Te alabaré, Dios mío, a ti, el único Rey, y bendeciré tu Nombre eternamente día tras día te bendeciré, y alabaré tu Nombre sin cesar. R                            
El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. R                
Que todas tus obras te den gracias, Señor, y tus fieles te bendigan; que anuncien la gloria de tu reino y proclamen tu poder. R          
El Señor es fiel en todas sus palabras y bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que caen y endereza a los que están encorvados. R 

2º Carta a los Tesalonicenses 1,11-.2,-2              
Hermanos, rogamos constantemente por ustedes a fin de que Dios los haga dignos de su llamado, y lleve a término en ustedes, con su poder, todo buen propósito y toda acción inspirada en la fe. Así el nombre del Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.             
Acerca de la Venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, les rogamos, hermanos, que no se dejen perturbar fácilmente ni se alarmen, sea por anuncios proféticos, o por palabras o cartas atribuidas a nosotros, que hacen creer que el Día del Señor ya ha llegado. Palabra de Dios.  


Evangelio según San Lucas 19,1-10.                    
Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.                 
Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: "Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa". Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.                          
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: "Se ha ido a alojar en casa de un pecador".                
Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: "Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más"                  
Y Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido". 
Palabra del Señor.              

Reflexión:

Llegamos casi al final del viaje de Jesús, a Jerusalén nos aproximamos al momento culminante del ministerio de Jesús, el evangelio ofrecido universalmente a publicanos y pecadores toma cuerpo en la historia de la conversión de Zaqueo. Y no solamente a publicanos y pecadores, el evangelio de la salvación se le ofrece a pobres y a ricos. En el episodio inmediatamente anterior, vemos a Jesús en la entrada de la ciudad de Jericó decirle al mendigo-ciego que está en situación de marginalidad: “Ve, tu fe te ha salvado” (Lc. 18,42). Ahora será salvado quien está en el corazón de la ciudad, quien es presentado desde el principio como una persona de autoridad (“jefe”) y poseedor de bienes (“rico”); para él también le dirá: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa.” Jesús, en su camino hacia Jerusalén se presenta como un pastor buscando celosamente a sus ovejas.

Al atravesar la ciudad, Jesús se encuentra con una escena curiosa. Un hombre de pequeña estatura ha subido a una higuera para poder verlo de cerca. No es un desconocido. Se trata de un rico, poderoso jefe de recaudadores. Para la gente de Jericó, un ser despreciable, un recaudador corrupto y sin escrúpulos. Para los sectores religiosos, «un pecador» sin conversión posible, excluido de toda salvación. Sin embargo, Jesús le hace una propuesta sorprendente: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Jesús quiere ser acogido en la casa de un pecador, en el mundo del dinero y del poder de este hombre despreciado por todos. Zaqueo bajó enseguida y lo recibió con alegría. No tiene miedo de dejar entrar en su vida al defensor de los pobres.
Lucas no explica lo que sucedió en aquella casa. Solo dice que el contacto con Jesús transforma radicalmente al rico Zaqueo. Su compromiso es firme. En adelante pensará en los pobres, compartirá con ellos sus bienes. Recordará también a las víctimas de las que ha abusado: les devolverá con creces lo robado. Jesús ha introducido en su vida justicia y amor solidario.

Jesús alerta con frecuencia sobre el riesgo de quedar atrapados por la atracción irresistible del dinero. El deseo insaciable de bienestar material puede echar a perder la vida de una persona. No hace falta ser muy rico. Quien vive esclavo del dinero termina encerrado en sí mismo. Los demás no cuentan. Según Jesús, «donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón».
Esta visión del peligro deshumanizador del dinero no es un recurso del Profeta indignado de Galilea. Diferentes estudios analizan el poder del dinero como una fuerza ligada a pulsiones profundas de autoprotección, búsqueda de seguridad y miedo a la caducidad de nuestra existencia.
Para Jesús, la atracción del dinero no es una especie de enfermedad incurable. Es posible liberarse de su esclavitud y empezar una vida más sana. El rico no es «un caso perdido». Es muy esclarecedor el relato de Lucas sobre el encuentro de Jesús con un hombre rico de Jericó.

El relato concluye con unas palabras admirables de Jesús: «Hoy ha entrado la salvación en esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». También los ricos se pueden convertir. Con Jesús todo es posible. No lo tenemos que olvidar. Él ha venido para buscar y a salvar lo que nosotros podemos estar echando a perder. Para Jesús no hay casos perdidos.

Jesús opta por los pobres, mira la vida desde su óptica, se pone al lado de ellos, y comparte su causa. Evidentemente, no excluye a las personas ricas, y ése es el caso de Zaqueo. Pero Jesús no es neutral en el tema de riqueza-pobreza. Su encuentro con Zaqueo no deja a éste indiferente, Jesús lo desafía a pronunciarse, incluso económicamente. Jesús no excluye a Zaqueo, ni a ninguna otra persona rica, pero “sí excluye el modo de vida de los “ricos” basado en la opresión y la injusticia”, exigiéndoles la justicia y el amor. La opción por los pobres no excluye a ninguna persona ¡al contrario, desearía alcanzar y cambiar a todos los que no asumen la causa! 

La atención, como se ve, está en el uso que hay que hacer de las riquezas. Las riquezas son perversas cuando se acaparan, sustrayéndolas a los más débiles y empleándolas para el propio lujo desenfrenado; dejan de ser injustas cuando son fruto del propio trabajo y se ponen al servicio de los demás y de la comunidad. Dios puede hacer el milagro de convertir y salvar a un rico sin, necesariamente, reducirlo al estado de pobreza.            

Hoy. No dudemos que Jesús nos está llamando también a nosotros a la conversión, nos está invitando a que cambiemos radicalmente nuestra vida. El Señor nos propone unirnos a Él, ser sus discípulos y a ejemplo de Zaqueo ser capaces de despojarnos de todo lo que no nos permite vivir auténticamente como cristianos. Aceptemos la mirada de Jesús, dejemos que Él se tropiece con nosotros en el camino e invitémoslo a nuestra casa para que Él pueda sanar nuestras heridas y reconfortar nuestro corazón.
No tengamos miedo, dejémonos seducir por el Señor, por el maestro, para confesar nuestras culpas, arrepentirnos, expresar nuestra necesidad de ser justos, devolver lo que le hemos quitado al otro. El Señor está con nosotros para que experimentemos su amor. Él ya nos ha perdonado, por eso es posible la conversión.     
    
1 de noviembre:
Conmemoración de todos los Santos
“Esten alegres, porque vuestra recompensa
será grande en el cielo”

El calendario litúrgico recoge un pequeño muestrario de aquellos creyentes que, habiendo testimoniado claramente su fe cristiana, han sido reconocidos oficialmente por la Iglesia: han combatido el buen combate, han concluido su carrera, han guardo la fe y (no nos cabe la menor duda) han recibido la corona de salvación (2 Tm 4,7). Ahora bien, tenemos también la certeza de que es mucho mayor, innumerable, el número de cuantos han escuchado la sentencia final del Hijo

del hombre: vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo (Mt 25,34).
(1). Fray Juan Huarte Osácar

2 de noviembre:
Conmemoración de todos los fieles difuntos
“Dios cumple siempre sus promesas”

En este día de los difuntos, podemos recordar la frase de un buen cristiano: “Dios no cumple siempre nuestros deseos, pero cumple siempre sus promesas”. 
Porque como nos dice San Pablo: “Dios tiene poder para cumplir lo que ha prometido”. A poco que conozcamos a Dios, nos damos cuenta de que todas sus promesas coinciden con los deseos más profundos de los seres humanos. Recordemos, en este día de los difuntos, nuestros deseos que se ven satisfechos por nuestro Padre Dios y su Hijo Jesús.

Uno de nuestros deseos es que nuestros seres queridos no mueran, permanezcan siempre a nuestro lado. El amor pide presencia, pide la presencia continua a nuestro lado de las personas a las que amamos. Pero este deseo nuestro no se cumple en este primer tiempo de nuestra existencia. De ahí nuestro sentimiento de dolor y sufrimiento ante la muerte-ausencia de los que queremos. Pero Dios, que cumple siempre sus promesas, nos asegura que este deseo nuestro se va a ver cumplido con la promesa fuerte de Jesús de Nazaret, nuestro Maestro y Señor: “Yo soy la resurrección y la vida el que cree en mí no morirá para siempre”. Nosotros y nuestros seres queridos vamos a disfrutar en un segundo tiempo de la vida y para toda la eternidad.
(1). Fray Manuel Santos Sánchez
(1) Diminicos.org
                       
"Ojalá Jesús te vaya marcando el camino para encontrarte con quien necesita más.
Tu corazón, cuando te encuentres con aquél que más necesita, se va a empezar a agrandar, agrandar, agrandar, porque el encuentro multiplica la capacidad del amor, agranda el corazón.  





“Dios sale a nuestro encuentro”
 (24° domingo)

 “Levántate y vete, tú fe te ha salvado”
“Oración, signo de esperanza viva”
(29° domingo)
“La experiencia gozosa del
perdón de Dios” (30° domingo)

Aclaración: Se han utilizado para la preparación de las reflexiones: El libro del Pueblo de Dios. Misioneros Oblatos. J: A: Pagola. R Cantalamessa.

Círculo Bíblico San José
“Tu palabra es una lámpara a mis pies 
y una luz en mi camino”
Sal 119

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